Operaciones ideológicas en las políticas del comic

“Decidle a vuestros amigos que ya no tienen que estar asustados o hambrientos, camaradas. Superman ha venido a rescatarlos”

 

Mi relación personal con el comic, o la historieta en general, es particular. Desde muy chico fue la primera lectura a la que me acerqué, hasta volverme con el paso de los años en un gran fan del género. Aquellos estantes de mi pieza, repletos de cientos y cientos (más de mil) comics, hoy los miro con una cierta distancia y extrañamiento. Sucede que en los años más tardíos de mi adolescencia comencé a interesarme por otro tipo de lecturas, un anhelo por llenar algo más que las historietas nunca terminaban de darme del todo, fue aquello que me llevó a estudiar Letras. A pesar de haberme desligado del mundo del noveno arte, la última edición del festival Crack Bang Boom, que se hace todos los años en Rosario (recomendadísimo para los interesados), fue la excusa perfecta para rememorar antañas pasiones y buscar un comic con el que tenía una deuda pendiente. Superman: hijo rojo, escrito por Mark Millar (Civil War, Kick-Ass, Wanted) y publicado en 2003, es una obra que siempre me quedé con ganas de leer debido a la llamativa propuesta de su historia: ¿qué pasaría si la nave en la que llegó Superman de bebé a la tierra hubiese caído, en vez de en Estados Unidos, en la Unión Soviética? Este disparador, sumamente atractivo, hizo que me morfe con deleite una trama bastante bien lograda pero, muy a pesar del ingenuo niño que era, no pude evitar identificar las operaciones ideológicas que lo estructuran y lo convierten en lo que es: un producto mercantil de una gran empresa editorial privada proveniente del Imperio. No se malinterprete lo que digo; no es mi intención realizar una crítica puramente marxista de la obra ni minimizar sus atributos simplemente a partir de su lugar de procedencia. Si bien la teoría marxista será una herramienta de la que me ayude, quizá el haber expresado tan sentenciosa frase haya sido más para causar un impacto y seducir al lector a que se adentre en lo que sigue.

La historia nos introduce en un mundo ucrónico, ambientado en los ’50, en el que los ciudadanos norteamericanos entran en pánico porque su potencia enemiga, en plena guerra fría, hace pública la noticia de poseer un arma más efectiva que cualquier bomba que les pertenezca. El miedo y la paranoia van a constituir la cara que se le va a asignar a Occidente, a perder los valores de la buena sociedad como la conocemos hoy en día. Del otro lado del mapa, una Plaza Roja con multitudes vitoreando a dos figuras que se vislumbran en lo alto del Kremlin, Iósif Stalin y Superman, dispuestos aquellos cuerpos en un mismo plano que nos induce a pensar, en una rápida lectura, la igualación de ambas figuras. He aquí una primera operación. Superman y Stalin son uno, miran desde arriba al pueblo, ambos son “el hombre de acero” que los protege. Pero a continuación (aunque lo sepamos) se nos muestra que no son tan iguales, ya que Superman deja el desfile que estaba dedicado a su honor para irse volando a rescatar gente de un incendio en la otra punta de Rusia; esto dispara en el seno del Partido una disputa que atañe a las formas de manejarse del superhéroe en relación a la disciplina que corresponde a un soldado de la URSS, evidenciando una interna liderada por uno de los “hijos ilegítimos” de Stalin que detenta el poder. Estos celos ante la admiración de todos por Superman y la intención manifiesta de convertirlo en el sucesor en el gobierno, desembocarán en una guerra por aquel puesto cuando Stalin fallece. Se nos muestran, así, las miserias y ansias de poder al interior de un Estado que dice practicar la igualdad entre todos los hombres: segunda operación. Por supuesto, nuestro héroe no puede quedar impregnado de valores tan sucios, por lo que pronuncia un discurso en el que dice: “¿Por qué debería validarme como líder de la república socialista el hecho de haber nacido con privilegios? Lo siento, camaradas, pero esa idea es una contradicción total con todo aquello en lo que nos enseñaron a creer.” Finalmente, ocurre una escena en la que Superman se encuentra en las calles de Moscú con un grupo de indigentes pasando hambre (otra operación), razón que lo hace reflexionar y reconsiderar la propuesta, aceptándola y comprometiéndose a utilizar todas sus habilidades superhumanas para llevar adelante la causa socialista. Desde aquí en adelante comienza el gobierno de Superman, un gobierno que se pretende infinito como él, y que va a transformar al personaje de aquel héroe justo que conocíamos en una especie de Gran Hermano omnipotente sustentado en sus grandes dotes capaces de, entre numerosas cosas, escuchar todo lo que se dice en el mundo. Seguir enumerando las operaciones ideológicas que aparecen ya no tiene sentido porque desde aquí (y eso no quiere decir que antes no suceda) la historia en su totalidad es un núcleo de significación que instala un discurso en el que entran en tensión los valores de la libertad y la seguridad, el libre albedrío y el bien común, la autodetermiación de los individuos y la causa revolucionaria, es decir, la contradicción que es en sí misma la idea del socialismo. Este es el planteo que nos hace el comic. La historia, muy interesante, se sigue desarrollando (suceden purgas y la transformación de disidentes en zombies robots) y cuenta cómo el mundo entero, luego de años, sucumbe ante Superman, quien logra que todos los países del mundo sean socialistas, salvo por los Estados Unidos (el bien siempre va a quedar en pie), que va resistir y ser quien por fin venza al tirano. El responsable directo será Lex Luthor que, villano en las historietas originales y héroe ahora, acabará con el mal sin mediación de la fuerza, simplemente usando la brillantez de su inteligencia, al hacer ver a Superman el daño que había hecho al planeta por sus ansias en controlar todo aspecto de lo humano, justamente él, que no era humano, quedando en un plano de igualación con el villano Brainiac (otro alienígena que quería dominar la tierra).

La operación que realiza el autor al tomar al ícono norteamericano por excelencia (aquel que clava la bandera yanki y propugna la libertad y el american dream) y colocarlo en el escenario alternativo, representando otra serie de valores que son los contrarios, nos muestra la gran habilidad de Millar para crear ficción, a la vez que el ejercicio de reproducción de un sentido común, de una idiosincrasia burguesa que concibe lo que no es norteamericano como atentatorio contra las libertades más puras de todo ser humano, inserto en un sistema de circulación muy particular como lo es el mercado del comic estadounidense que se exporta (con sus lógicas) a todo el mundo. Para sustentar mis palabras (que no dejan de ser un análisis subjetivo, expuesto al equívoco y abierto a discusiones) cabe preguntarse, ¿por qué Superman tenía que terminar siendo el malo? ¿por qué no podía desarrollarse el socialismo en buenos términos y ser, en el final, Luthor quien estaba equivocado? ¿por qué Superman no es el héroe verdadero, como creí antes de leer el comic? Marx me va a ayudar acotando: “las ideas de la clase dominante son, en cada época, las ideas dominantes.” Ésta es la razón por la que el comic en realidad no fue como más me hubiese gustado. Esta historia, con un fuerte tono moralista, muestra al superhéroe que todos amamos (o no tanto) queriendo hacer lo correcto, creyendo él mismo que lo estaba haciendo, pero tuvo la desgracia de caer en el bando del mal.

Por fuera de toda crítica, invito a todos a leer este comic que tiene grandes dotes artísticos, no sólo en la forma de narrar sino también en su dibujo (de Dave Johnson), el que integra una estética hermosa y muy bien trabajada, inspirada en elementos de la propaganda soviética del ’30 al ’50, y con una gran cantidad de guiños a la historia original de Superman que al conocedor harán interesar.

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