La periferia desde el centro: literatura sin orillas

La periferia desde el centro

¿Periferia o periferización? ¿Centro o centralización?

Hace bastante, más de 30 años, 40 quizás, que esta tensión entre literatura nacional y regional (o “pura naturaleza”) pone de cabeza a investigadores y estudiosos en sesudos debates. No creo que se haya avanzado mucho en aflojar este nudo. Podríamos preguntarnos nuevamente –y ser reiterativos- por el origen de la llamada literatura nacional, ¿cuál es?, ¿nacional es la de Buenos Aires?, ¿por qué?, ¿es la canónica? y ¿dictada por quién?

-Luciana Mellado citando a Graciela Cros. 2014: sp.

-Primer apartado: Canon

Antes de empezar a tratar esta cuestión quisiera hacer un señalamiento de algo que, a mi modo de ver, se reproduce en cantidad considerable dentro de cualquier ámbito de la vida humana que implique consumo (la vida misma). Percibo, de vez en vez, una reducción de pasos, una compresión de momentos previos al acabamiento de cualquier producto. Lo ya dado al mercado se concibe como lo ya dado al mundo; lo que aparece ahí, ahí debe quedarse, independientemente del antes y de sus implicaciones. Por algún motivo, se tiende a desatender el proceso. A mi modo de ver la literatura y sus mayores referentes, tema que nos ocupa en este caso, la entiendo como proceso, no aparición. Elijo ver un proceso canonizador, elijo ver lo que este proceso carga en sus espaldas.

En su artículo “El canon argentino” Tomás Eloy Martínez, refiriéndose al estrecho espacio en el que se posicionan las letras argentinas “importantes”, afirma que “La enseñanza de la literatura se concentra sólo en lxs que escriben o publican en la Pampa Húmeda, como si no hubiera país más allá de esa frontera imprecisa”.  Es que la presencia de un “yugo canonizador porteño” como comenta Bruno di Benedetto, poeta de Puerto Madryn, está presente en cada rincón del país, en cada discurso culturalmente homogeneizador. El canon al que me refiero se presta fácilmente al debate, y aclaro –aunque sea muy obvio– que no simpatizo con él.

La cuestión es que no existe un canon que no implique marginalidad, la cual recae, en este caso y no únicamente, en la región patagónica, sobre la cual referiré en el presente trabajo. En “Economías fundacionales” Beatriz González Stephan concibe a la lengua escrita como “instrumento de construcción de lo nacional”, instrumento que se encarga de modelar los grupos sociales y, en una lógica  de “hacia dentro y hacia afuera” de marginar a quienes no se ajustan a las normas del canon. Acá es donde vuelvo a mencionar a la Patagonia. Esta se ubica en un lugar subalterno: su lejanía a la metrópolis porteña, su baja densidad de población, entre otras cosas, la posicionan en una periferia de la cual se tienen ideas erróneas o simples recortes. Dicho de otro modo: se generan estereotipos, provenientes o sostenidos por el poder hegemónico, por formaciones imperiales y nacionales, por políticas lingüísticas y culturales que se expresan hábilmente en los sistemas educativos (más detalle sobre esto en el segundo apartado).

Ocupa mi interés, como estudiante del Profesorado y la Licenciatura en Letras de la UNR, captar la visión que adopta la academia universitaria acerca de estas cuestiones (en el caso de que exista de su parte una opinión fundada). Lo que encontré en mi camino como estudiante es que, en este ambiente académico universitario, las cartografías discursivas que ubicaron a la Patagonia en la periferia aún persisten. Puedo dar fe, desde mi lugar, de que ninguna compañera ni ningún compañero (y algún que otro docente, por no decir la mayoría) tiene noción de siquiera una autora o autor patagónicos, ni piensan en expandir las fronteras de lo que consideran “Literatura Argentina”. Ni siquiera yo, que tuve la oportunidad de vivir en el sur y estudiar un año de Letras en la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco, siento estar hablando desde la Patagonia (no desde un sentido geográfico literal e inmediato), sino que sigo hablando sobre la Patagonia, desde un lugar de gran ignorancia y sumido en las presiones hegemónicas del canon nacional y occidental.

Al imponer una literatura determinada como canónica, como ejemplar, como el centro de lo que debe leerse en Argentina, se forman, como mencioné anteriormente, ideas totalitarias de “lo que es nacional” frente a “lo que no es nacional”. Esto supone que hay rasgos concretos de lo que es producido dentro de Argentina, supone una uniformidad en el discurso literario y en la cultura nacional. Estos estereotipos erróneos invisibilizan las singularidades regionales. Ni siquiera la región patagónica es homogénea en sí, ¿Por qué lo sería el territorio argentino en su totalidad? No existe algo así como características de la “Literatura Nacional”, existen obras canónicas que forman y mandan. Siguiendo a Luciana Mellado adhiero en sobremanera a la idea de que, al tomar las obras canónicas este papel tan central, el de dirigir arbitrariamente lo que debe ser, las singularidades dejan de ser tales para pasar a verse como desviaciones marginales de los estereotipos metropolitanos. Así, el abismo tan extenso de poemas impregnados de viento, matas, mar, pircas o tierra (tanto como las producciones no centrales que escapan a las leyes discursivas limitantes) es tan argentino como el repertorio de poemas porteños estudiados desde los niveles de educación inicial, que sumen en la sombra de la rareza a las producciones regionales. El canon funciona, entonces, con la condición de la periferia, no existe sin ella, debe excluir y no considerar para poder ser, y así lo hizo a lo largo de la historia. No creo casual que hasta mis dieciséis años no haya sabido absolutamente nada cierto de la cultura de la región sur argentina, ni que el sistema educativo me haya mostrado a Borges, a Cortázar, a Saer, a (por entrar en territorio actual y ver que las ideas persisten) Claudia Piñeiro, y no me haya dado a conocer la poesía de Liliana Ancalao. Tampoco me parece casual ni inocente tener que estudiar los mitos griegos sin saber nada del mito de las serpientes Tren Tren y Kai Kai. Y debo decir que, lamentablemente, no sucede lo mismo a la inversa; cualquier estudiante del sur del país conoce o leyó a Borges, a Cortázar o a Bioy. El centro de poder en Argentina fue y sigue siendo, sin duda, la Pampa Húmeda, con su centro mismo en Buenos Aires.

Harold Bloom, célebre catedrático de la Universidad de Yale, menciona en “El canon occidental” que existen rasgos propios de las obras canónicas y que estas deben generar un efecto determinado en quien las lea. Al pronunciar esto, este joven del ayer se contradice más que afirmarse. Es que suponer que una obra debe ser considerada canónica porque produce cierto efecto es afirmar implícitamente que las demás obras no lo producen, y afirmar esto es afirmar, también implícitamente, que la totalidad de las otras obras han sido leídas. Sabemos que estas afirmaciones son falsas. Puede que sea cierto que las obras que considera canónicas produzcan un efecto de extrañamiento, que requieran una relectura, pero no encuentro otra respuesta a ese hecho que el facilismo. Es decir: “Ya tenemos un catálogo de obras que, por razones que no quiero analizar, son imponentes en su calidad, quedémonos con ellas, pues son bastantes y suficientes, no vale la pena seguir buscando, el canon apareció y ahí debe quedarse, puesto que nos sirve”. Creo que una tarea de la academia debe ser expandir cada vez más sus fronteras, no reducirlas ni mantenerlas. Sin oportunidad de mostrarse nadie puede sobresalir.

Lo que Bloom se propuso en “El canon occidental” es producir una lista arbitraria de imprescindibles en la literatura occidental, conociendo su propia influencia dentro de la academia y conociendo, entonces, la repercusión que tendría su lista en el consumo literario occidental. Conociendo así la marginalización o desconsideración que implicaría. Ante esto pregunto:

¿Y si hay una obra casi tan o incluso más “buena” que la del propio Whitman que no ha sido leída ni estudiada por los grandes academicistas? ¿Acaso Bloom se interesó en indagar en las diferencias regionales de la literatura argentina para elegir, por alguna razón, a Borges como el único apto para su lista? O más bien: ¿Se interesó acaso en aplicar ese mismo procedimiento para cada país del que extrajo algún autor o autora?

Respondiendo a la primer pregunta del párrafo anterior, debo decir que sí, que existen muchas obras de tales características (no necesito autorización para responderla); obras, autores y autoras que cayeron en el olvido. En el ensayo “Poesía y regiones: Patagonia”, Juan Carlos Moisés realiza, con profundidad y detalle, un mapa histórico de la poesía de su región. Este ensayo se deja ver como un grito de orgullo que espera ser oído por el espectro de la Literatura Nacional (sobre el cual volveré), a modo de ampliar sus fronteras. También se deja ver un reclamo, más que justo, referente al olvido. Es que si admitimos que el canon no existe sin periferia, que lo importante no existe sin lo marginal, admitimos, entonces, que el renombre de un autor o autora es al mismo tiempo el olvido de narradores, narradoras y poetas. Tal es así que Moisés comenta la imposibilidad de ciertos y ciertas poetas de haber publicado siquiera algo, además de la imposibilidad del reconocimiento por fuera de sus respectivas provincias. Así leemos a Juan Carlos Moisés, refiriéndose a Omar Terraza, poeta comodorense de muerte prematura:

Algunos poemas de Omar Terraza sólo se encuentran reunidos en la obra de Uranga. Debería darnos vergüenza que los organismos oficiales de cultura hayan tenido 35 años para reparar el olvido y no lo han hecho.

La elección subjetiva de un Canon Nacional Argentino (esto aplicable tanto a la literatura como a la música, por ejemplo) generó una importante división de lo geográficamente “lejano” y “apartado” y lo producido en el “centro”. Lo primero olvidado, lo segundo glorificado. Basta con haber vivido y estudiado en la Argentina para apreciar que tanto el ojo literario del mercado como el académico (no sé en qué orden) se fijaron principalmente (por no decir únicamente) en las producciones del centro para marginar o desconsiderar las regionales, especialmente las patagónicas (Lo que es una pena, considerando la calidad de la poesía patagónica). Y basta con haber nacido alrededor de la Pampa húmeda argentina para ver cuán ignorantes somos con respecto a la cultura sur del país.

La refutación del canon está en la calle, está en los lectores, en el ambiente de los lugares donde se vive. Todo el mundo sabe que -los autores- no son solamente los que se publican, los que se venden en las librerías (Conversaciones con Raúl Artola)

 

 

-Segundo apartado: Literatura Nacional

Ernesto Livon-Grosman hace hincapié, en “Geografías imaginarias”, en la importancia del discurso fundador que se encuentra en las obras literarias fundacionales pre-nacionales, argumentando que estas crean imágenes erróneas o simples recortes que se reelaboran a lo largo del tiempo. Así el archivo de la región se inicia sin ofrecer una imagen completa de esta. Las primeras literaturas provenientes de los centros de poder hegemónicos antes mencionados (Europa y Buenos Aires) colaboraron en la creación de una imagen literaria y política de la Patagonia. Livon-Grosman diferencia tres períodos en ese proceso:

  1. Las expediciones inaugurales de españoles y británicos.
  2. La “Conquista del desierto” y la apropiación simbólica y legal de la Patagonia narrada por distintos viajeros  argentinos.
  3. El período de la “Metaforización del territorio patagónico” (todavía vigente)

La imagen de la Patagonia configurada por estos documentos sigue influyendo en el tiempo. Describen con recortes tierras que los imperialistas ambicionan, funcionan, según Livon-Grosman, como “Documentos que invitan a la colonización, a la inversión económica o a la ocupación militar.”

Adolfo Prieto, en “Los viajeros ingleses y la emergencia de la literatura argentina (1820-1850”) menciona que los documentos de los viajeros europeos que recorrieron la Argentina influenciaron en las representaciones del espacio nacional que impregnaron la literatura nacional posterior. Marca la relación de los escritos de los viajeros a textos como La Cautiva, El Matadero y Facundo.

Vemos que, desde un inicio, la imagen construida de la región fue moldeada por grupos ajenos a la región misma, los cuales no se caracterizaron por la confraternidad. La imagen de la Patagonia que se distribuyó por todo el país carece de la voz misma de la Patagonia. No es difícil comprender por qué es errónea.

Retomando “Patagonia se dice en plural” leemos a Luciana Mellado:

Las novelas asocian la región (Patagónica) a los significados de periferia, marginalidad, otredad y vacío en coyunturas diferenciales y específicas que se ligan con los espacios sociales que emergen en el siglo XIX del colonialismo y en el siglo XX del nacionalismo. El centro y lo idéntico y completo en sí mismo se ubica en Europa y en Buenos Aires, espacios distantes de la Patagonia desde donde se construye la versión de su lejanía, incomensurabilidad e indecibilidad.

Es que la marginalización de la Patagonia en función de los centros de poder es de fuerza mayor. Desde el momento de los textos fundacionales se implantó en el imaginario social la idea de que la región no pertenece al campo familiar, sino al campo de lo otro. La identidad en Argentina se construye en relación a la distancia relativa de lo que está cerca y de lo que está lejos. Estar ahí es estar lejos, y leer algo de ahí es leer algo exótico, simbólicamente apartado de lo nacional. Es acá donde surge un problema interesante, antes mencionado: ¿Qué es lo nacional? y ¿qué es la literatura nacional? Siguiendo a Mellado decimos: es una literatura que toma un rol primordial en la construcción de una identidad nacional, así como en la de los espacios de la nación.

La construcción de “lo nacional”, que ata a cierto grupo social amplio a una línea temporal con determinada memoria y devenir histórico y a límites territoriales socio-espaciales marcados, construye lo denominado “Identidad nacional”, con la cual cada individuo debe identificarse y, aún más, sentirse orgulloso. Esta identidad nacional conlleva en sí una fuerza unificante que cohesiona la cultura para significar y delimitar lo nacional por sobre las diferencias regionales. La nación es, entonces, un factor unificante, y como tal no puede emanar una diversidad cultural amplia, por lo que ciertos sectores quedan callados. La Literatura Nacional, apadrinada por la definición academicista de Canon Literario, es un agente similar. La identidad de la Literatura Patagónica no es considerada, sino estereotipada y sumida bajo la identidad de la Literatura Argentina, dentro de la cual le cuesta obtener renombre y visibilidad. Podemos atender a ciertos ejemplos, distribuidos en tiempo, que nos dejan ver con claridad la posición histórica que tuvo y tiene la producción patagónica dentro del espectro de la Literatura Argentina:

Ya en 1824, Ramón Díaz se limitaba a poetas de Buenos Aires en su colección poética  “Lira Argentina”.

Como segundo ejemplo a nombrar: Juan Carlos Moisés cita una crítica de Santiago Sylvester al libro Breve historia de la literatura argentina (2006) de Martín Prieto, la cual reproduzco:

Un rápido repaso trae la conclusión de que, para el autor, la poesía de la Patagonia directamente no existe; tampoco existe la de Cuyo; la del Noroeste ha dejado de existir hace casi medio siglo; y podría verse lo mismo en cualquier zona del país, salvo la considerada central. Es atendible que, como en todo libro de opinión, mande el gusto del autor y la idea general acerca de lo tratado, pero aún así queda la pregunta si estamos ante una opinión fundada o ante el viejo y repetido ‘desdeña cuanto ignora’ de Machado

Pero la marginalización no sólo se da en compilaciones de ciertos estudiosos; como tercer ejemplo, de distinta naturaleza, me remito a la “Colección Juan Gelman”, lanzada por el Ministerio de educación de Argentina en 2014, el cual tuvo la finalidad de incluir a la poesía en las bibliotecas escolares. La introducción de esta colección se da el lujo de argüir que reconoce “la importancia de la distribución nacional de textos de autores de diversas regiones de nuestro país y del mundo” para seguidamente insertar una lista de 83 (ochenta y tres) autores y autoras pertenecientes en su mayoría a las zonas centrales del país. Aparecen algunos nombres extranjeros y unos tres nombres de provincias de centro o norte ajenas a la pampa húmeda. En las 114 páginas de la colección la palabra Patagonia no aparece siquiera como rastro: sigue siendo la máxima periferia.

Quizás lo apropiado sea, como indica el título del libro de Raúl Artola, entender la periferia como un centro, como su centro, y luchar desde ese centro contra la fuerza de poder canonizadora de Buenos Aires y Europa: dejar de imaginar a la Patagonia en relación a su distancia e independizarla política o simbólicamente.

BIBLIOGRAFÍA:

  • Artola, Raúl O.: “La periferia es nuestro centro”. Rada Tilly, Espacio Hudson, 2011
  • Bloom, Harold: “El canon occidental. La escuela y los libros de todas las épocas”. Barcelona, Anagrama.
  • González Stephan, Beatriz: “Economías fundacionales. Diseño del cuerpo ciudadano”, en González Stephan, B. (comp.) “Cultura y tercer mundo”, Venezuela, Nueva Sociedad. 1996.
  • Livon-Grosman, Ernesto: “Geografías imaginarias. El relato de viaje y la construcción del espacio patagónico”. Rosario, Beatriz Viterbo Editora, 2003.
  • Mellado, Luciana: “Patagonia se dice en plural” – 1a ed. – Comodoro Rivadavia: El autor, 2015.
  • Prieto, Adolfo: “Los viajeros ingleses y la emergencia de la literatura argentina 1820- 1850”. Buenos Aires, FCE, 2003.

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