Kierkegaard y Yo (II)

Escrituras y sentido

Conocido es en Kierkegaard la publicación de sus escritos bajo diversos seudónimos, entre otras razones expone en primera y última explicación1 que no pretende “hacer una nueva propuesta o un descubrimiento inaudito, o en fundar un nuevo partido y querer avanzar, sino justamente todo lo contrario, en no querer poseer ningún significado, en querer volver a leer solitariamente, y si es posible de una manera más interior, desde la distancia que marca la lejanía de la doble reflexión, la escritura original de las relaciones de la existencia individual, humana, la escritura antigua, conocida y transmitida por los padres” (Adorno, 2006, p.34). El conflicto que mantuvo con la institución eclesiástica no es menor, centró sus réplicas tanto en la banalización del cristianismo bajo lecturas económicas-jurídicas, ya que “sin dinero nada se consigue en este mundo, ni siquiera un certificado para la vida eterna en el otro mundo” (Adorno, 2006, p.52), como en la forma de predicarlo “cuando uno piensa en los gloriosos, en los testigos de la verdad, que todo lo sacrificaron por el cristianismo, no puede llegar sino a esta conclusión: el cristianismo tiene que ser verdad. Cuando uno piensa en el párroco no puede llegar sino a la conclusión de que el cristianismo aún no es la verdad, y la verdad es el provecho” (Ibíd.). La conjunción entre provecho, párroco y dinero son las cuestiones que tomó Kierkegaard para concluir que el cristianismo profesado por la Iglesia no es sino vana palabrería, que lo ascendido a verdad es el provecho a través de la figura del párroco que en vez de sacrificarse obliga a sacrificar económicamente a quienes se encuentren bajo su influencia. El sacrificio económico de los fieles del párroco no es el mismo sacrificio realizado por de los testigos de la verdad, el sacrificio del primero no es (aunque así lo creyeran él y sus fieles) en nombre del cristianismo sino en nombre de la Iglesia. El objeto ‘dinero’ se puede pensar como una metáfora de la objetivización del cristianismo y de la mediación, es decir, la objetivación de cómo llegar a ser cristiano. Hegel, en el prólogo de la fenomenología, toma una moneda para explicar y criticar la concesión binaria de la verdad-falsedad, allí expone: “Lo verdadero y lo falso figuran entre esos pensamientos determinados, que, inmóviles, se consideran como esencias propias, situadas una de cada lado, sin relación alguna entre sí, fijas y aisladas. Por el contrario, debe afirmarse que la verdad no es una moneda acuñada, que pueda entregarse y recibirse sin más, tal y como es.” (Hegel, 2003, p.27). La inscripción de la verdad como lo bueno y la falsedad como lo malo en un objeto que se transmite sin perdida alguna, sin mal entendido, no solo objetiviza, sino que cosifica estas nociones y la relación entre ambas. Indica Adorno en sus estudios que la noción de ‘mediación’ para Kierkegaard2 es: “algo intermedio entre dos extremos” (Adorno, 1974, p.24), es decir, la reconciliación entre lo el sujeto y el objeto, y la identidad entre ambos. En esta primacía de la objetividad que evoca el dinero por sobre la pasión en la religiosidad, para acceder a la vida eterna en el otro mundo, no hay Fe sino transacción y certeza, pues los seguidores del párroco en vez de reflexionar sobre el testimonio de los testigos de la verdad, son seguidores de la mentira del cristianismo, de su provecho como mercancía. Kierkegaard presenta a los testigos de la verdad, como los padres quienes dieron testimonio en las sagradas escrituras del Nuevo Testamento de la verdad de Cristo, la escritura original de las relaciones de la existencia individual. De ahí se desprende el motivo de su solitaria lectura, no es posible una mediación entre la verdad de las escrituras y uno mismo.
En las sagradas escrituras no quedó asentada la simple existencia del existente, de un mero ser-ahí, ya que toda existencia humana es una existencia poseedora de sentido. El sentido original registrado en las sagradas escrituras no es eterno, según nos informa “el ‘amigo anónimo’ de La repetición: “se mete el dedo en la tierra para sentir en que terreno se está. Yo meto el dedo en la existencia y no siento nada’.” (Adorno, 2006, p.90). Freud indica que no hay deseo sin falta, todo deseo está motivado por la falta, la pérdida del sentido existencial original, el vacio sentido por Kierkegaard, es la falta de tal sentido lo que motoriza tal deseo de recuperación. Pero ¿cómo se ha perdido el sentido?

  1. Se aclara que exceptuando las citas correspondientes al Concepto de Angustia (se encuentra indicado en la citación), todas las citas correspondientes a las obras de Kierkegaard son extraídas de Adorno, Theodor W. (2006). Kierkegaard: construcción de lo estético. Madrid: Akal.
  2. En el mismo párrafo no deja de señalar Adorno la mala interpretación, según él, que Kierkegaard hace de la mediación. A su vez cabe señalar que para Kierkegaard no hay un intervalo entre un sujeto y un objeto, sino que hay un abismo.

 

 

El Maelström y el enciframiento de las sagradas escrituras

Adorno indica que “Como adversario de la doctrina hegeliana del espíritu objetivo, Kierkegaard no desarrollo ninguna filosofía de la historia” (Adorno, 2006, p.44). El hecho de que no haya desarrollado ninguna filosofía de la historia no significa que no se detuvo a reflexionar sobre la misma, no constituye ninguna evasión al respecto.
La concepción hegeliana sistemática, es una concepción para la cual la relación en términos confrontativos entre: la historia entendida como sucesión lógica de momentos necesarios para su autorrealización en totalidad homogenizante, para su autoconocimiento, y los sujetos como meros momentos de la no-identidad, antítesis previa del aufgehoben. Esta concepción es positivizante dado la supremacía que ejerce la identidad sobre los sujetos implica para los mismos la imposibilidad de la elección, de producir efectos sobre la realidad en la que se sitúan en tiempo y espacio, es decir, cada acción no es sino acción necesaria y determinada por la evolución histórica. Esto trae como consecuencias tanto la impracticabilidad de la libertad como el cancelamiento de toda verdadera implicación subjetiva. Frente a esta concepción positiva de la historia vista como el desarrollo en el tiempo del espíritu objetivo, Kierkegaard tomó una posición agonista ante la cual alegó que toda fuerza ejercida por la historia es una fuerza totalmente negativa y devastadora de todo sentido, se podría decir que es la primacía de las antítesis. A través de un estudio que realizó el autor con motivo del concepto de persona y pecado, se puede apreciar las secuelas que la marea histórica produjo en la concepción de lenguaje.
Kierkegaard informa en el Ejercicio del cristianismo: “Podrá una generación aprender muchas cosas de otra, pero lo propiamente humano ninguna generación lo aprende de la anterior” (Adorno, 2006, p.39). Si bien el pecado es enmarcado como constituyente de lo humano y maléfico a su vez1, su significado original parece perderse en su pase generacional. Tal deterioro no parece ser provocado por la insuficiente capacidad de aprendizaje de las distintas generaciones en su transmisión en el tiempo, sino más bien el problema del pase del concepto radica en que el mismo se realiza históricamente. Es en el plano terrenal concreto donde la relación entre historia y lenguaje se torna paradojal para todo sujeto.

  1. En El concepto de la Angustia, capitulo 1, apartado II: indica Kierkegaard que la historia de la pecaminosidad de la especie “sólo avanza en determinaciones cuantitativas, mientras que el individuo participa de ella con el salto de cualidad” (Kierkegaard, 1982, p.51). Esto pone de manifiesto como condición necesaria para la participación del individuo en la especie humana que este de un salto, no un salto en sentido en el espacio, sino que es la experimentación de un cambio en su condición misma de individuo.

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