Tomar mate como un acto de resistencia

 

Hace ya algún tiempo leí una frase de un poeta, escritor y periodista bonaerense al cual admiro mucho, Leandro Gabilondo, y que movió mis pensamientos con cada palabra suya a la que tuve acceso. Fue esta frase la que hizo de aquello tan rutinario, internalizado, automatizado e inconsciente sea visto por mi, otra vez como si fuera la primera. La frase decía así: “Tomar mate como un acto de resistencia”.

Automáticamente pensé en que la resistencia puede ser tomada en dos sentidos si se la considera como la dificultad que se opone a un circuito, en este caso, al tiempo. Con el mate nos podemos resistir al paso del tiempo, buscando que éste se paralice o bien resistirnos a la lentitud del tiempo, buscando acelerarlo, diluirlo.

El tiempo se hace estático en aquel momento que el ritual comienza con el objeto cóncavo en nuestras manos que transfiere su calor a nosotros, calentando lentamente nuestros dedos que se han acomodado en forma de canasta para concentrar la temperatura y buscar encapsularla indeterminadamente. Observamos ese hilo de humo difuso que flota de manera suave y que rápidamente se pierde en el aire revelando la temperatura justa, ni fría, ni hervida. Ese agua verde que ha decantado hace apenas un rato nos llama la atención y definimos si es un sabor amargo el que vale la pena disfrutar o no (la aguja del tiempo depende de la flotabilidad de los yuyos).

Como en cámara lenta, apoyamos la bombilla en los labios y el frío de la misma marca el contraste con las extremidades recientemente entibiecidas, absorbemos pausadamente y hacemos correr por el cilindro la infusión. Los labios sienten la temperatura transmitida del agua al hierro, y del hierro a la piel; una sensación de magia, paz, y parálisis inundan la boca y el cuerpo en el mismo instante. Todo lo que se dice allí, en esa fracción diminuta de tiempo, se transforma en anécdota, las palabras comienzan a formar parte del aura del mate, se absorbe con el líquido lo que se dice y lo dicho pasa a formar parte de nuestro cuerpo. Una porción de ese tiempo queda paralizada en la palabra succionada, al igual que las partículas de polvo de yerba que se quitan al agitar el mate, se hacen visibles al volar frente al rayo de sol que se atreve a entrar tímido por el ventiluz.

Y la situación se altera en el cambio de manos, de cebador. Éste inexperto en el arte, éste que sólo está haciendo tiempo por estar esperando el bondi un domingo a la tarde y la aplicación marca unos 25 minutos de demora. Tiempo suficiente para rellenarlo con un mate pero no suficiente para hacerlo magia. Está de paso y moja todos los yuyos trazando un círculo, creando una canaleta nueva hacia los bordes del recipiente y desdibujando el meticuloso pozo que anteriormente había, donde antes decantaba el agua. Se ha formado una pileta tibia porque se le ha anexado el agua que se enfrió, y como si no hubiera sido suficiente se lo endulza y se lo revuelve con la bombilla, funcionando ésta como una cucharita de café.

Eso que generaba una tensión estimulante en el ambiente, empezó a palidecerse y a ser murmullo, el aura se desdibuja con cada palo que hace la plancha en aquella agua estancada. Ya no se sabe de qué hablar, ni de qué se habla, ya no se corporizan ni se internalizan las palabras, se traga agua sucia dulce cada vez con mayor rapidez, las manos se enfrían, los labios también. El ritual se bañó y la felicidad se ahogó.

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