La razón de la experiencia importa menos que la experiencia misma.

ALDOUS HUXLEY.

 

La primera vez que escuché hablar del ácido lisérgico tenía apenas catorce años; fue por boca de mi mejor amigo, que siempre estuvo un paso más adelante que yo en la vida. Íbamos caminando, con un porro de por medio, y él empezó a decirme de qué se trataba todo aquello. Hace algunos años se había mudado a Buenos Aires y su vida (digámosle míster L) había empezado a rodar velozmente.

    Me contó que había probado el ácido y lo describió de una manera que hasta el día de hoy recuerdo perfectamente. Éramos un montón, en la casa de un amigo. Todos habíamos “colado”. En un momento me senté, solo, sin darle bola a los demás, y centré la vista en un punto fijo. Veía todo muy bien, con una calidad tremenda. De pronto el punto fijo se empieza a abrir un poco y de ahí dentro, como de un agujero, empiezan a brotar colores. No eran colores normales como los que vemos todos los días. Eran distintos. No podría explicártelo. Parecían tener textura. Y salían de ahí como si fuesen jirones de tela, como cuando un mago saca muchos pañuelos atados, todos de diferentes tonalidades. Me quedé impresionado, pensé que eso era casi mágico, y me detuve un poco en el concepto de “droga” que la gente me había inculcado, pensé que a lo mejor hablaban de otras drogas. Luego lo olvidé. No me interesaba probar el ácido pero tampoco parecía algo maligno. Sin embargo seguía teniendo curiosidad, así que le pregunté a míster L cómo se ingería aquello. Tontamente relacionaba el concepto de LSD con el de LCD. Es un cartón chiquito. Está mojado con una gota (o varias) de LSD. Tiene el tamaño de una moneda de diez centavos pero cuadrado. Generalmente se corta en cuatro. Entonces quedan cuatro cuartitos. Puede colarse por la boca o por el ojo. Por el ojo pega más, dicen, yo no probé todavía. A mí con un cuartito me alcanza, aunque algunos ácidos son malos y pueden no hacerte efecto. Pero este que probé era fantástico. Me pasaron cosas de otro mundo. Vos sabes que, en un momento, estábamos todos en el living de la casa, sentados en sillones, y un amigo empieza a gritarme a mí y a otro. Pensaba que el otro era su padre y yo su madre. Se desesperó tanto ante la confusión que empezó a correr para todos lados y se chocó contra una pared. Los demás nos descostillábamos de la risa. La cuestión de que el ácido te aumenta las ganas de reírte lo sabría mucho después, casi antes de consumirlo por primera vez. Hay que tener cuidado de no quedarse solo o de no dejar solo a alguien cuando  toma ácido. Puede llegar a ser peligroso. Más aun cuando la droga te produce un efecto visual. Desde una caída hasta chocarte contra una pared… O mirarte en el espejo por mucho tiempo, dicen que eso puede llevarte a la locura. Con el ácido no se jode. Igual, es hermoso. Si tenés la mente clara y estas tranquilo, te produce un efecto muy placentero. Los sentidos se abren. Ves y oles con una profundidad exquisita. Ah, y si fumas porrito… El efecto se acentúa. Eso también me parece increíble. Cuando te está entrando el bajón del ácido basta fumarse un porro para activarlo de nuevo. Es como que volves a sentirlo en el cuerpo y en la mente. Funciona como reactivador. Las cosas que me había contado en torno a esta nueva droga volverían a mí de manera frecuente.

    Nunca tuve alucinaciones ni sufrí efectos visuales que alteraran la forma de ver lo que me rodea. El ácido pega diferente cada vez que se consume. No ha habido nunca una noche igual. Todos los ácidos y todas las noches son diferentes. Hablo de ácidos que no son puros, que seguramente están mezclados con otras sustancias, pero que no son LSD puro (es muy importante que quede clara esta cuestión). Nunca pude conseguir uno de esos. Sin embargo me considero una persona sumamente perceptiva tanto física como mentalmente. Lo cual siento que es un potencial a la hora de consumir cualquier tipo de sustancia y por lo cual me siento capacitado para poder reflexionar un poco acerca de ciertas cuestiones.

    El boom de esta droga sintética tuvo lugar casi veinte años después de haber sido descubierta. En la década de los 60 los jóvenes la usaban, como en la actualidad, de manera recreativa. Con la diferencia de que antes era legal, la vendían en las calles de Estados Unidos, puesta en circulación en 1947 para fines medicinales, cuatro años después de que Albert Hoffman, un científico suizo, descubriera la síntesis psicodélica, la mágica síntesis que daría lugar al ácido lisérgico, en su laboratorio, y se largara a andar en bici totalmente loco sin saber que había probando una de las drogas más interesantes del mundo. El movimiento hippie, dado en Estados Unidos, estuvo muy influenciado por el uso de esta sustancia, así como también las generaciones de música rock de la época: The Doors, The Beatles, Pink Floyd, Jimi Hendrix, entre otros. Son nombres conocidos, que nos acechan, que están plagados de mitos en torno al consumo de esta droga. Actualmente la ingesta de ácido sigue siendo tan popular como entonces. Con la diferencia de que ahora no hay tal boom, ya que hace años se conoce la existencia de esta droga.


    Tengo una personalidad que, como tantas, media entre lo extrovertido y lo introvertido, sin punto medio, y que me lleva a tomar siempre una de las dos posiciones (no es que tome esa posición conscientemente, sino que simplemente sucede). Cuando tomo ácido o alcohol exagero, llevo al extremo, la posición del momento. Y es extraño que pueda pasar de una posición a otra en un instante. En el siguiente recuerdo van a poder ver eso: como el salir y volver a entrar en el bar se transforma en un pasaje que va desde mi posición extrovertida (afuera) hasta mi posición introvertida (adentro).

    Voy atravesando el bar, entre medio de la gente, siento que me deslizo como un animal, suavemente. Mi cuerpo se afloja. Si tuviese que decir cómo me siento diría que como un conejo o como una serpiente. Ahí están mis amigos, en ronda, bailando. No tengo ganas de unirme a ellos, no quiero conversar ni bailar ahora. Hay un DJ pasando música. Escucho todo perfectamente. Parece que ya estuve acá antes, aunque sé que es la primera vez que vengo. Tengo un poco de ansiedad así que salgo a fumar un pucho. No va que me encuentro con una compañera de la facultad y nos ponemos a hablar de literatura inglesa (Stevenson, Chesterton, De Quincey). Hablo mucho, de más, siento que la aturdo, me detengo. Empieza a hablar ella, con todo, diciéndome mil cosas a la vez, enciendo un segundo cigarrillo a pesar de haber terminado el otro hace menos de cuarenta y cinco segundos. Hay mucha gente fumando al lado de nosotros. Estoy aturdido, ya no escucho a mi compañera. Se va. Me apoyo en una baranda, mirando hacia la calle. Las cosas me parecen mucho más lindas que cuando recién había llegado. Lo malo es que hay mucha gente y necesito más espacio. Me quedo así, fumando en silencio. Vienen dos amigos y se ponen al lado mío, también con un cigarrillo en la boca cada uno. No sé qué dicen que nos empezamos a reír a las carcajadas, casi gritando, golpeándonos las gambas con las manos abiertas como unos gorilas imbéciles. La gente nos mira pero no nos importa. Entramos juntos al bar y me pierdo nuevamente, solitario y feliz. Soy un conejo y mi mente es una laguna apacible, donde los pájaros saben que el agua está fresca y limpia, esperando a ser bebida.

    El efecto del LSD depende principalmente de dos factores: situación emocional y entorno. A la hora de consumir se ponen en juego las emociones actuales y el lugar en el que se consumirá la dosis, con qué personas, haciendo qué, etcétera. Si por alguna u otra razón las cosas se complican, es muy probable entrar en unmambo negro”. Puede pasar que nos sintamos mal emocionalmente y consumamos ácido (para nada recomendable, por cierto) o que la situación en la que nos encontramos se nos vaya de las manos, ya sea por acción propia o porque el momento así lo amerita. Por suerte nunca tuve un mambo negro peligroso para mi cuerpo ni dañino para mi mente. Paso a relatarles un recuerdo, más que nada para ilustrar un poco todo esto.

    Pedimos empandas, mientras tomábamos algunas latas de cerveza, en el departamento de un amigo. Éramos cuatro. Uno saca un ácido y lo corta en cuartitos. Nos colamos un cuartito cada uno. Son buenos, dijo, así que con esto vamos a andar. Bebimos mirando televisión, encerrados. De pronto llegaron las empandas (por suerte el efecto todavía no) y comimos antes de que se nos subiera el ácido a la cabeza. Después, todo oscuro, menos la pantalla que no paraba de hablar. Por dentro maldecía un poco porque me parecía estúpido estar mirando la televisión cuando tranquilamente podríamos estar al aire libre. Pusieron una serie norteamericana sobre unos tipos que están dementes y hacen cosas supuestamente graciosas, que en realidad pasan de lo cómico a lo trágico y violento. En fin, estábamos viendo eso cuando empecé a sentir la subida del ácido. Las cosas que mostraban trasladaron inmediatamente mi cabeza a otro lado, realmente eran buenos, y hacían que conectase aquello con reminiscencias que poco tenían que ver. En la tele un tipo le pega con un guante de boxeo a otro, tomándolo de sorpresa. Y entonces me acuerdo que a los siete años mi padre me llevaba a ver boxeo con él y que un tipo vendía maní al lado del ring, e inmediatamente recuerdo cuando mi padre, en un recital, mencionó al ácido como “pepa” riéndose de un tipo que estaba patéticamente drogado. La ilación de los recuerdos carecía de sentido alguno.  Después me rescato y en la pantalla están pasando otra cosa. Es raro porque estuve mirando todo el tiempo sin darme cuenta del cambio. Un tipo arriba de una lancha con un pez enorme en los brazos le pega a su compañero con el animal y después lo devuelve al agua, luego agarra un anzuelo y empieza a clavárselo en el cachete, como si él mismo fuese un pescado. Empiezo a sentir un dolor en la cara, me imagino clavándome a mí mismo un anzuelo de semejante tamaño, la oscuridad y la pantalla empiezan a borronearse y me doy cuenta que se me está bajando la presión; salgo a tomar aire, cierro los ojos, me recupero. Vuelvo a entrar. Les digo que por favor pongan otra cosa o me voy a mi casa. Se empiezan a reír de mí. Yo me puse pálido y asustado, o al menos así lo creí en aquel momento. Me terminé yendo a mi casa porque no quisieron poner otra cosa.

    Algo malo del ácido es la electricidad que te genera en el cuerpo. Puede ser porque muchas veces lo mezclan con anfetamina. La cuestión es que esa electricidad se transforma en ansiedad  y eso se canaliza, en los fumadores, a través del consumo de cigarrillos. Una sobredosis de ácido lisérgico puede llegar a ser mortal, más por lo mental que por lo físico (aunque, como en toda circunstancia, se puede sufrir un accidente). Si no estás equilibrado emocionalmente, podés quedarte loco. Con el ácido no se jode, dijo míster L. Y con mucha razón. El consumo de alcohol y LSD es un vaivén que oscila entre estar decaído y eufórico constantemente. Se juntan dos variables diferentes en una sola. Es un viaje raro. Para disfrutar a pleno del ácido, a veces es mejor dejar la botella de lado.

    Esa noche habíamos ido a ver una banda con dos amigos y me tomé un ácido entero y un cuartito. Circularon varias botellas de vino tinto durante el recital y algunas otras de cerveza durante la previa. Al final del trip, como a las cinco de la madrugada, volvimos al departamento en el que yo vivía con N. Nos pusimos a escuchar música y a tomar algunos tragos. Todo estaba bien, me sentía en perfecto estado. Quería seguir así. Aunque claramente estaba borracho y en ácido, altanero, cantando, sin remera, creyéndome eterno y libre.  Pero de un momento para el otro, sin explicación alguna, me desperté en mi pieza. En calzoncillos, como de costumbre, tapado, bien, con mucha resaca. No tenía idea de cómo había llegado a la cama. Recordé vagamente las veces que me quedaba dormido, cuando era chico, mirando la televisión, y mi madre me llevaba en brazos a la pieza. Había pasado de estar sentado en el living a despertarme. Me levanté forzosamente, mientras le contaba a N, que ya estaba despierto, lo que me pasó. Me dijo que a él le sucedió lo mismo. Que no se acuerda de haberse acostado. Voy a la cocina e increíblemente veo que el piso está mojado, con un poco de barro. Una silla está arriba de la mancha marrón, caída. Parece que fue deslizada porque dos líneas se marcan a lo largo de las baldosas. Se me parte la cabeza. Voy hasta el baño y siento un olor a podrido tremendo. La pileta está vomitada hasta el tope. Lo llamó a N. Nos quedamos asombrados, no sabemos cuál de los dos fue. Tocan el timbre. Mi  amigo se fija por la ventana y nota que la persona que toco el timbre es su madre, que venía a pasar el domingo en la ciudad. Tenemos que limpiar enseguida, me dice. Nos ponemos a juntar el vómito y a pasar el trapo por la cocina, a las apuradas, brutos de resaca. Una vez que dejamos todo limpio, N. baja a abrirle a su madre. Miro la hora: las diez de la mañana. Antes de acostarme de nuevo voy a tirar un atado de cigarrillos vacío al basurero y cuando lo veo de cerca noto que tiene un agujero, enorme y preciso, en uno de sus costados, un agujero de quemadura, el plástico está derretido y seco. Nunca supimos lo que pasó realmente.

Posted by:Jeremías Draucer

Nació en Chajarí, Entre Ríos, en el 95. Después de terminar la secundaria se fue a estudiar periodismo a Buenos Aires, hasta que se dio cuenta de que era "in-institucionalizable" y dejó la carrera. Escribe crónicas y ensayos. Es noctámbulo.

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