Durante el 2016, una serie de dibujos expuestos en el ingreso de la Facultad de Humanidades y Artes me hizo llegar sistemáticamente tarde para entrar a cursar.

En esa caminata que atravesaba el enorme hall de calle Corrientes, a menudo encontraba también algunx compañerx que -como yo- había quedado atrapadx cual polilla en unas texturas hipnóticas de grafito. Y el gesto se repetía: narices casi pegadas al vidrio, ojos entrecerrados, y torsos hacia adelante como tratando de desenredar con la mirada el gesto de un lápiz que tejió texturas como telarañas de grafito.

Eran los dibujos de Julián Usandizaga, que tenían ese extraño efecto de tiempo condensado en capa sobre capa de lápiz. Esa sensación física del tiempo que se distorsiona, se amasa y se estira frente a los ojos, no sólo porque nos atrapaba y nos hacía llegar efectivamente tarde a clase, sino porque Julián consigue registrar el tiempo en cada capa de carboncillo. Casi como un geólogo consigue hallar el tiempo capturado en un metro cuadrado de corteza terrestre. Milenios de sedimentación que hablan de ese tiempo transcurrido hasta ser vueltos a significar por su mirada.

Al viejo Usandizaga lo conocí en el 2015, y me permito llamarlo “el viejo” porque así lo nombraba mi tía cada vez que recordaba con ternura a su maestro, en un gesto de alentarme a que también tome clases. “El viejo hablaba y hablaba mientras sacaba punta a las minas de nuestros lápices, y nosotros lo escuchábamos dibujando las dos horas de clase, sin parar”.

Sonia, mi tía, me insistía en la importancia de formarme por fuera de la academia, pero también del café con galletitas para cortar durante las clases que dicta en su casa. Eso generaba Usandizaga, por un lado la impronta minuciosa de la técnica, la constancia de un obsesivo, y por el otro el afecto y el carácter desencajante de su humor ácido, siempre irónico y con cuota de guiño político. El viejo era rigor técnico pero también era quien nos hacía pisar constantemente el palito de la risa.

Terminé asistiendo un año entero a su taller, un altillo que todavía queda en su casa de calle Ayacucho. Te abría la puerta algún alumno, y luego esa escalera vertiginosa que se angostaba cada vez más a medida que ascendías, no sólo por estar atestada de obra sino también por la sensación de entrar en un registro más íntimo de su atelier. Y al llegar arriba, los ventanales, el olor a naftalina que se mezcla con el olor a grafito y alrededor de la mesa enorme donde trabajábamos, los marcos, grabados, dibujos y hasta una prensa. Todas, según él, estampas de una vida entera dedicada metódicamente al dibujo –y la docencia-. El viejo conversa hasta que lo detiene una pregunta -o cada tanto- el teléfono fijo negro que suena con algún exalumno que llama a saludar. El viejo presta libros, anécdotas del maestro Grela, y la historia repetida de su detención durante la época del proceso. Y de sus compañeros desaparecidos, que aparecen en sus dibujos.

A Julián lo conocí retirado de la producción, dice que la mano ya no le dibuja firme; pero siempre que podía metía algún trazo en nuestros dibujos. Y ahí comprendí que el maestro no sólo hipnotiza a quien observa sus obras, él mismo es víctima, vive atrapado en su placer arácnido de tejer formas.

Julián Usandizaga es un artista plástico nacido en Juncal que fue seducido por el dibujo. Se graduó en la facultad de Bellas Artes de la UNR con la especialización en Pintura. Fue alumno de Juan Grela y de Marcelo Dasso. Fue Profesor en la “Escuela Provincial de Artes Visuales de Rosario”, entre 1963 y 1989 y Profesor Titular de Dibujo en la “Escuela de Bellas Artes de la UNR” de 1984 a 1989.

 

 

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