El hilo se corta y el barrilete da unos giros atemporales. El tiempo avanza o retrocede en caída libre y tengo los ojos hinchados. Yo quería que ese barrilete cayera en mi patio sobre las ramas de la higuera y que fuera muy difícil recuperarlo para que el olvido también sea difícil. Te acordás milonguita vos eras aquel del vuelo sobrio y elegante y ahora te me quedás atascado entre las ramas lechosas. Mi vecina advierte la caída. Es una mujer también atemporal que gira en torno a mí como una serpiente, pero yo la respeto, usa un rodete que merece respeto y tiene buena memoria. Se acuerda por ejemplo del día en que yo me caí de la bicicleta. Yo venía haciendo eses, es verdad, y levanté una mano para saludarla, la mano equivocada, y ella no supo si reírse, devolverme el saludo o auxiliarme. Ahora, cada vez que me ve, dice cosas como “yo no sabía qué hacer, cuánto lo siento”. Ahora tampoco sabe qué hacer. Me mira desde la ventana de su casa arruinada y señala hacia las ramas de la higuera. Yo hago bocina con las manos y le digo déjelo vieja sorda. Y ella se ríe porque cree que le dije ¿vio? otra caída. Como si nuestros encuentros fueran solo por caídas, ¿vio? las cosas se caen, señora, todo cae y caerá al suelo, usted también, no lo olvide, y ella se ríe, es un amor de primavera y le crecen flores en la oreja, pero le quedan bien, ¡son pensamientos, señora! Vuelvo a gritar y ella se desarma por mi dulzura, soy como el agua de su dulzura y es un momento tan tierno, tan lleno de sorna y de rivalidades que a mí me dan ganas de treparme a la higuera y desde allá, más cerca de su casa, gritarle otra vez que ya deje de mirarme, que me deje en paz, que no necesito que nadie me vigile ni me hable del principio de realidad. Yo inventé ese barrilete, señora, es producto de mi imaginación, cuando usted lo toque, desaparecerá, ya deje en paz mi imaginación y si la cola tocó su patio comprenda lo agraciados que somos de tener por fin algo en común además del cerco y la medianera. Pero ella ahora señala no solo el barrilete atravesado por las ramas sino también la cola. Son trapos atados señora, su huerta no los notará, no podemos seguir demorándonos en esta cuestión por unas zanahorias que nadie sabe si crecerán. Pronto pasará el tren y conviene estar atentos. A la hora del tren todos en el vecindario nos vestimos con lo mejor que tenemos y el Jefe de la Estación aparece con una bandeja llena de canapés y con la otra mano se alisa el bigote. Es un poco asqueroso, ya sé, porque uno no sabe con qué mano hizo los canapés, si con la que sostiene la bandeja o con la que va y viene por el bigote. Sin embargo, hay que ver lo ricos que le salen y cuántos van a cenar a la estación y repiten y dicen gracias gracias ¿no le quedaron esos que tienen salmón? Los de salmón son como labios sobre la espuma. La espuma, creo, es una pasta de aceitunas y clara de huevo. Mamá denomina a la situación “ritual de poca monta”, como si ignorara las sorpresas. Y se queda en casa mirando su programa favorito. Sin embargo, hay que detenerse en las sorpresas. Ágata (que no es Christie, ni la novia de Gaturro) vino el otro día con cabeza de plumero. Nada sofisticado: se ató con una cinta que le pasaba debajo de las tetas un plumero en la espalda y sobre ese peinado de cera que siempre usa, aparecían esas plumas. Qué hubiera dado yo por ser tan creativo, qué hubiera dado por merecer tanta atención y ser la comidilla, porque el hilo le levantaba las tetas de una manera que los pezones apuntaban al cielo. Y esa cabeza emplumada y esos labios que de rojos parecían tomates recién maduros. Ágata, yo también me reclino como hizo el doctor Alfonso Prat Gay. Solo que no te hubiera besado los pies como hizo él, porque sé, de manera fehaciente, que no olés nada bien. Y por qué lo sé: alívienme de las declaraciones y los desarreglos. Todos sabemos que Ágata y yo, en fin, a veces nos besamos los pies. Ella hace la vertical, hay que verlo y decir: sí, no sé, acrobacias de los chicos. Vaya a saber cómo huelen mis pies, a pesar de que suelo pasarme el dedo índice y olérmelos. Los olores propios son santos si uno se quiere un poco y los olores del verano son mejores que los propios si uno ama la vida y hace este tipo de declamaciones absurdas. Verticales eran las de antes, dice mamá. Ahora, con tanta gente sentada, no podemos comparar. Y tiene razón. Por las dudas, esta noche, me pondré el saco de pana azul de mi amigo Ressio. Fue un saco muy famoso. Martín Cardozo se acordará y, si no se acuerda, que vuelva a su juventud y se hunda en ella como en la pesadilla que fue. El pasado es una pesadilla, Carmelo, el pasado es como un elefante que te pisa el juanete, yo te lo dije ayer y vos pensabas que te hablaba de podología y así nos va. También te dije que era fácil medir la velocidad de un insecto, pero vos no me creíste y ahora te desespera la ignorancia, basta de culpas, basta de ponerme grilletes en el cerebro y de hablar en lenguas después.

@olacachorra (Instagram)
Posted by:Fernando Belottini

Nación en 1962, en San Jorge. Es contador, desde el año 2000 reside en Concordia, Entre Ríos. Editó varios libros de relatos “Astucias que por sutiles se aniquilan a sí mismas” (1990), "Textos sin destino" (2010) Obra ganadora del Premio Fray Mocho 2008, máxima distinción de las letras entrerrianas. Entre otros premios y publicaciones.

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