¿Cuál es el límite entre el insomnio y el sueño? ¿Y entre la escritura y las dos anteriores? Freud en un célebre ensayo suyo acercaba a la actividad creadora del poeta (dígase también narrador, ensayista por qué no) a la fantasía diurna, al soñar con los ojos abiertos, a una vuelta al juego infantil. Tal como lx niñx se compromete en el mundo que crea con sus juguetes así es la entrega del escritor con el mundo que traza en la hoja desnuda. En la narrativa todo vale si está bien ejecutado. En el juego lo mismo: no puede haber un policía que sea ladrón al mismo tiempo, no pueden esconderse todxs, alguien tiene que encontrar. Sin una buena ejecución no hay placer. “Eso no vale, es trampa” expresa de esta manera unx niñx sin rostro su descontento cuando no se siguen las reglas. Algo parecido sucede en la escritura. No necesariamente se habla de “hacer trampa” pero el placer de una buena lectura, se aplica cuando se siente que el escritor hizo las cosas bien ¿Qué es hacer las cosas bien? Es una pregunta que somete a quien se atreva a responderla en un terreno marcado por la subjetividad y la tensión colectiva entre diferentes, como bien dice Ricardo Piglia, mafias de lecturas, es decir, peleas de cánones que buscan imponer un modo de leer y comprender la literatura. Para muchxs “hacer las cosas bien” se relaciona con la coherencia del mundo que se nos quiere presentar en la ficción;  para otrxs es la semejanza con aquello que intentamos llamar realidad. Pero luego nos encontramos fascinadxs ante el absurdo de los personajes de Beckett, o el placer trágico que se esconde entre las exhaustivas descripciones de Balzac. Al fin de cuentas, es mejor ser un perverso polimorfo a lo que al texto se refiere.

Volviendo a nuestro amigazo psicoanalista, lxs niñxs en el derrotero hacia la adultez suprimen la antítesis entre juego y realidad, al menos en la superficie porque, dixit, “(…) quienes conocen la vida anímica del hombre saben muy bien que nada le es tan difícil como la renuncia a un placer que ha saboreado una vez”. ¿Pero con qué otra cosa sustituye el placer del juego “el hombre” sin contar con el ya mencionado oficio poético? Propongo pensar la noche como un juego colectivo. Es en ella donde los roles se pronuncian y se diferencian. El recreo para quienes no optan por el descanso y van en búsqueda de algo más que una vuelta fuera de casa. Personas de todas las identidades buscando el placer que necesitan, vanidosxs desplegando su mejor pavoneo y en un rincón más sórdido, adictxs, homeless queriendo dormir, buscas roña, libertinxs, prostitución, entre otras. Todxs desempeñando un rol con el que jugar. Como el juego, la noche tiene un objetivo en concreto por menos sustancial o trascendental que sea. El vals de la vida nocturna alcanza a todos los días de semana y se distribuye por zonas muy disimiles entre sí. Su único parecido es que ningún lugar termina siendo el mismo cuando el sol vuelve a repuntar. También las personas generan dobles según qué estrella esté comandando arriba en el cielo. Es aquí donde la vida nocturna se emparenta con el sueño. Cuando soñamos también podemos llegar a mostrarnos de otra manera. El héroe se convierte en villano. El púdico se inunda de libido y el discreto se deforma hasta no reconocerse. Si pensamos al sueño como un trance ¿Qué lo diferencia de la inercia que empuja a millones a correr en sus ruedas de hámster personales en busca de un antro? La voluntad que se tiene ante la tan pronunciada caravana es puro presente, como el efecto de la cocaína, no hay mucho lugar para la abstracción salvo que estés quieto, en un lugar. Pero la noche no invita a la quietud. Tampoco el sueño. El sueño que se recuerda puede ser de inmovilidad, pero nunca de espera o un recorte silencioso de lo cotidiano. Siempre algo pasa que nos lleva a la acción. A la toma de decisiones. A la excitación de una brevedad que interrumpe el devenir de las obligaciones y de los días que inevitablemente van como flecha directo a quebrantar nuestro ser.

Noche, sueño, juego. Bajo estas claves invito a entregarse a Nadie sabe adónde va la noche (2007) de Beatriz Vignoli y quizás a otras de sus novelas como DAF (1999), o Reality (2004) pero en diferente medida. En primer lugar, Nadie sabe adónde… tiene como marco argumental a la noche en la mayor parte de sus páginas. Ricardo Rojas es un profesor de Literatura inglesa y norteamericana de la Universidad Nazi-onal de Atopía. Su vida diurna consiste en dar clases, en ser admirado por sus alumnas y en padecer, lo que el mismo llama, analfabetismo afectivo, lo que lo llevó a un reciente divorcio. Antes de conocerlo como personaje y narrador principal somos advertidos de dos cosas: de su misoginia y de su personalidad seductora. De esta manera se nos propone a entender al personaje. Ya dentro del texto podemos ver más su personalidad producto de una masculinidad frustrada, víctima de su propia idealización ante la vida y ante la realidad en sí. Rojas todo el tiempo ve el mundo a través de la literatura que enseña. Compone versos mientras habla con otros personajes, entiende el mundo a través de tópicos literarios. Afuera de ellos no puede ser nada, como si estuviera a un paso de ser consciente de su propia existencia literaria a lo Hamlet. Pero no. Todo el tiempo Vignoli lo enfrenta con los recuerdos frustrados con su ex mujer, pone al plato a su hijo, y sobretodo, breve pero omnisciente, Rojas padece su propia novela familiar con la figura del padre y la madre apareciendo al principio y al final del texto.

Como dijimos anteriormente, la novela ocurre en su totalidad en la noche. La noche de Atopía más precisamente donde “la droga es gratis y el sexo es pago”. Rojas se dispone a encontrar algo que no sabe muy bien qué es. Quizás el cuerpo de una mujer, quizás un poco de la realidad que tanto evade. Este mundo creado por Vignoli con claras referencias a lugares de Rosario, se nos presenta desde un punto de vista hermoso y decadente al mismo tiempo. Desde mujeres ancianas festejando cincuenta años de amistad, pasamos a una florista que fue estudiante de letras en otra vida, por otro lado mujeres atractivas y jóvenes con modas incomprensibles para nuestro narrador. La noche de Rojas es de mujeres. Mujeres que buscan jugar dignamente al papel que les decanta el azar y otras que resisten al paso del tiempo con el mayor honor y gracia posible. Es importante destacar la independencia de cada mujer con respecto al juicio de un personaje que todo el tiempo está pensando en su pija. En Nadie sabe adónde… la fuerza de los personajes femeninos supera al juicio de nuestro protagonista desecho que juega bajo las luces de los boliches y prostíbulos al ser un galán de novela francesa. Sus diálogos, sus acciones, sus gestos, dejan marcas que traspasan al parecer y llegan directo al lector que sostiene el libro.

Los hombres, por su parte, son casi protectores, compinches en el vicio o guardias de los restos de masculinidad que quedan en Rojas. Casi son sombras de bondad, de la dignidad y la buena fe de la que nuestro profesor carece. Entre ellos hay otro exalumno, un joven barman que le invita unas líneas de merca: una evidencia más de que nadie puede escapar por completo del día por más que se entregue al juego de la noche. Ni siquiera a una tan irreal como la que nos plantea esta novela. La noche de nuestro protagonista es densa como un sueño, a lo Eyes Wide Shut de Kubrick, se cuenta con una prosa breve pero condensada que recuerda a un sueño largo, lúcido, que parece nunca terminar hasta que termina. Noche, juego, sueño. Rojas es un soñador que no puede terminar de despertar ¿Qué tal si todo esto nunca pasó en Atopía realmente y solo se nos está narrando una fantasía perversa? Invito a leer en esta clave a Vignoli, quien recrea una fantasía universal en un espejo distorsionado tan complejo como apasionante que, quizás, un reflejo de nuestro propio ser se cuele por Atopía.

Posted by:Felix Leonel Peralta

1994, Rosario. Poeta y Cronista. Cofundador de Camalote. En 2015 y 2016 creó y coordinó el ciclo Voces Subterráneas. Ha publicado poemas en diferentes revistas de la ciudad. Trabaja para no morir.

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