En este atardecer rosarino es siempre todavía, y yo me dirijo con paso tranquilo hacia el centro con la certeza de que el tiempo no corre y todo lo que tengo que hacer lo voy a hacer. A pesar de la obvia carga que implican los recados, sé que no hay otra salida, así que elijo una resignación camuflada en serenidad. Siempre me molestaron los trámites, por sobre todo pagar. ¿Cómo puede ser posible que tengamos que padecer en una infinita cola para pagar un impuesto que nos supone otro padecimiento? Es un doble castigo que nos imponen para hacernos sentir una mierda. Pero elijo no pensarlo y hacerlo; de qué vale un escandalo si a quien le doy el dinero no tiene nada que ver. Es una linda chica. Lo veo apenas abro la puerta. Una linda chica a la que le tengo que pagar para poder seguir recibiendo un derecho que se me debería dar gratis como lo es el agua o el gas. Lo necesito para vivir. Sin ello muero. Y debo pagarlo. No sólo eso, debo destinar un gran porcentaje de mi sueldo para pagarlo. Ojalá ella fuera quien se quedara con el dinero; pero no, se lo quedan gordos feos que se secan la grasa de la cara con dólares. Y nosotros acá, en la cola. Cagados de calor y rezando para que el reloj no llegue a las en punto y nos cierren la ventanilla en la cara.

Pasa el tiempo, se achica la cola y, a dos minutos de la hora de cierre, es mi turno. Me acerco al vidrio, entrego mis facturas y saco del bolsillo mi billetera. En ese mismo momento alguien grita: ­—¡Acá estás hija de puta! —Veo parado en la entrada a un tipo totalmente fuera de sus cabales y con un arma en la mano. Desquicio. Todo el mundo gritando (las pocas personas que quedábamos). Se acerca rápidamente hasta donde estaba yo y me pega un culatazo casi sin mirarme. Caigo redondo al suelo. Él comienza a golpear fuertemente la ventanilla: —¡Salí de ahí que te reviento hija de puta! —La muchacha se aparta asustada y comienza a llorar. —¡Salí te dije carajo! —Ella sale muy lentamente por la puerta de acceso a la caja y se aproxima al tipo para abrazarlo o tomarlo de los hombros cuando rápidamente él la agarra de los pelos y le apunta con el arma a la garganta. ­ —¡Con mi mejor amigo gila de mierda! ¡Con mi mejor amigo! ¿Te creíste que no me iba a enterar? Ahora sos boleta. ¡¿Me escuchaste?! ¡Todos son boleta por tu culpa! De acá no sale nadie caminando. ¡Ni yo!

La puta que me parió y la re puta que los re parió al cornudo éste, a la mina, al amigo, a la cola, al calor, a los impuestos y al gobierno. Estoy tirado en el suelo, con un dolor horrible en la cabeza, todo transpirado y tratando de comprender el desmadre que está sucediendo un metro y medio arriba mío.

—Por favor, no hagas nada, te lo ruego, perdoname, perdoname, no hagas nada, vamos a casa…

—¡Ya dije que acá nadie se va a la casa! —Grita más para nosotros que para ella, como si nos anunciara que ya hay una decisión tomada desde antes de llegar al lugar, como si nuestra muerte se hubiese firmado mientras nosotros estábamos en la cola pensando en la plata, en lo que iríamos a comer por la noche o en las pocas ganas de asistir al casamiento del pariente al que no bancamos.

Sigo en el suelo. No me quiero levantar, y no lo voy a hacer a menos que el tarado éste me lo indique. No me quiero morir. O por lo menos no hoy, ni acá, ni así. A pesar de que la muerte nunca fue algo demasiado recurrente en mis pensamientos, imaginaba la mía siendo viejo, ya habiendo realizado todo lo que podía. Me faltan tantas cosas por hacer, aún tengo muchos libros por leer y películas por ver. Quizás un par de viajes, aunque con la economía del país y el sueldo de miseria que tengo… Pero puedo continuar disfrutando de las cosas simples de la vida como seguir trabajando y terminar mis años de aporte, después jubilarme y luego…

Afuera se escuchan sirenas, cada vez más fuertes, hasta que un gran brillo azul entra por las ventanas que dan a la calle. —No te lo puedo creer no te lo puedo creer ¡no te lo puedo creer! ¡Esto va a ser más rápido de lo que pensaba! — Vociferaba, a la vez que escupía y apuntaba el arma a todos nosotros. Desde el exterior la voz de un megáfono —Entréguese y salga con las manos en alto. —Allá deben de estar muy cómodos los policías con sus chalecos antibalas, sus rifles y su autoridad, pero acá está todo el mundo llorando, sumamente nervioso, cagados de calor y rezando para que el reloj no llegue a las en punto y nos peguen un tiro en la cara.

Cada vez era más la gente que rezaba en voz baja, sobre todo gente mayor. Eso me ponía aún más tenso. Jamás fui alguien religioso; me la pasé buscando el sentido de todo en los libros de metafísica, pero lo único que encontré fue una exquisita literatura fantástica. A veces sentía el profundo deseo de creer en Dios, pero no podía, como si hubiese nacido con esa discapacidad. Creía que todo sería más fácil con aquella respuesta absoluta, que sería feliz, que me sentiría pleno. Lo mismo creí con el amor, pero fueron efímeros estadios de tranquilidad. Nunca conocí la plena felicidad que tanto te venden en las publicidades. Y ahora, que ha llegado mi hora final, no dudo de que todo eso es una farsa. Que se nos impone un ideal universal de felicidad, de espiritualidad y belleza que lejos están de la sufriente y vacía vida que llevamos todos los días. Vida que arrastramos en nuestras espaldas para seguir adelante hacia ¿dónde? ¿Hacia la muerte? ¿Trabajamos para qué, para morir? ¿Para llenar una caja jubilatoria de la que usaremos apenas un cuarto? Si el sentido de la vida está en cagarse de infeliz para llenar el bolsillo de los demás entonces no quiero saber nada con vivir. De qué vida hablamos si el que no tiene un peso partido al medio no puede comer, ni morir. Si hasta para morir hay que pagar, el cajón, la sala velatoria, la mensualidad al cementerio. Mientras tanto la luz, el gas, el agua. Y las colas para pagar. Las putas colas que lo único que me trajeron es la muerte. Muerte que sucederá ahora, como pudo haber sido en otro momento, pero justo quedé yo en la ventanilla y no fui el otro pibe que estaba delante de mí y seguro ahora está en su casa completamente ignorante de lo que acá ocurre. También pude haber venido otro día, o haber ido a otro local, o la chica podría haberse descompuesto y faltado a trabajar, pudo no haberse enterado el novio, o el novio pudo haber sido alguien con un poco más de seso y haber tomado la situación de una manera racional. Pero así se encadenaron los infinitos sucesos que desembocaron en éste. No fue el azar, ni el destino. Ésas son meras palabras vacías. Ningún Dios ni fuerza cósmica definió tan particular y absurda causalidad. Puedo entender, en el final de mi vida y de mi acceso a todo, luego de tanto tiempo aferrado a esta mentira, que no hay nada. Sólo un gran absurdo. Y por eso ahora estoy agradecido de morir de la manera más absurda posible, siendo boleta en donde se supone que las iba a pagar, fusilado por el amor de un loco que nada comparte conmigo, sólo el espacio-tiempo.

Me levanto del suelo poco a poco, recuperándome del mareo producido por la herida, dispuesto a decirle con toda seguridad al tipo que termine con todo y me ponga rápidamente una bala en el cerebro para liberarme de esta realidad. Abro los ojos, pero lo que encuentro es al loco en la calle con las manos en alto, siendo esposado y tirado al asfalto. Acá dentro, la gente está más tranquila y algunos están a punto de salir, mientras un par me llevan para que los médicos me revisen.

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