Si hablamos de una ciudad, claro

Escribe: Jeremías Draucer

Fotografía: @diegoelbarba

 

La otra noche dormimos juntos y no tuvimos suerte. Era viernes y nos habíamos encontrado en un bar. Yo estaba con los míos y ella con las suyas. Me gustaría poder decir que nos encontramos de casualidad pero no, Belén va todos los viernes al mismo bar y yo justo tenía que ir ahí para el cumpleaños de un amigo. Ya sabía que nos encontraríamos. Me cuesta desenvolverme un poco más que el resto de la gente en lugares donde hay muchas personas hablando y más cuando se trata de este tipo de encuentros que no son casuales pero sería mejor que lo fueran. Prolongué la ida hacia el bar lo más que pude y fui el último de los invitados en llegar. Aunque no soy poeta se me ocurrieron algunos versos mientras estábamos ahí: 

Nos terminamos sentando

todos en la misma mesa

y escabiamos unas cuantas 

pintas de cerveza. 

Al son de la rima, 

envalentonamos

nuestras cabezas.

No faltó el arrítmico

porro que endereza

y que con su destreza

incita a la pereza.

Después del bar fuimos a un boliche bastante caretón y estuvimos bailando ahí largo rato. Más porros y cervezas. Detalles de la noche que de relatarlos perderían mucho sentido. Prefiero que se queden ahí, en la noche que se fue y no volverá. Cuando todo al fin se terminó, me volví con Belén. No me acuerdo si cogimos cuando llegamos. Creo que sí, y que a la mañana siguiente también. Pero no estoy seguro. Ella tenía puesto el vestido que le regaló su ex. En un momento de la noche recuerdo haberle hecho un chiste sobre eso, le dije que su ex había elegido bien porque el vestido le sentaba perfecto; me respondió que en realidad lo había elegido ella y que él lo había ido a comprar. Qué contradictorio soy: no me interesa en absoluto el detalle pero sé que lo tendré en cuenta para cuando llegue el día en que le regale ropa (es decir cuando tenga plata, es decir que falta mucho todavía). Nunca le regalo nada. Siempre me siento en falta.

No tuvimos suerte. La mañana del sábado me desperté a las ocho y media y no pude volver a conciliar el sueño. Nos habíamos dormido a las seis de la mañana. Dos horas y medias de descanso, nada. Me quedé divagando entre algunos ensueños mientras la abrazaba y le daba algunos besos. Ahora me acuerdo, sí cogimos. Pero no recuerdo el momento del sexo, es decir las poses y todo aquello. En fin… bajé a la farmacia a las diez porque a Belén le dolía mucho la cabeza y compré una tableta de Ibuprofeno. Como la panadería estaba abierta también compré un sanguche de jamón y queso. Cuando subí preparé el mate y fui a despertarla. Se puso tan contenta que le mandó una foto a sus amigas, alardeando mi humilde gesto. Yo, por mi parte, me enorgullecía de mí mismo. Llegó el momento de la despedida. Siempre llega. Nos empezamos a vestir, se colocó el vestido que le regaló su ex, y cuando estaba por ponerse las zapatillas sintió que el pie no le entraba y se escuchó un chillido que provenía, justamente, de la zapatilla. Enseguida empezó a gritar y la revoleó, de inmediato pegué un salto y pisé con toda la fuerza resacosa de mi pierna encima de aquella zapatilla chirriante. Cuando miré, había un murciélago dentro. Claro que era eso y no otra cosa, lo supe ni bien emitió aquel espantoso ruido. Me fui con la zapatilla afuera de la pieza, mientras ella histeriqueaba, y le mostré el murciélago a Ben-ben. Después nos acercamos los dos al balcón y lo tiré para abajo: cayó durante algunos pisos y después desplegó las alas y empezó a volar. Aquél maldito animal no se había muerto. Cuando volví a la pieza, ella estaba horrorizada. No paraba de gritar y llorar. Estaba muy desacatada y me costó calmarla. Finalmente, Belén recogió sus cosas y la acompañé hasta la parada del colectivo. Me dijo que no volvería nunca más. Estuve angustiado, en cama, durante algunos días. Yo quería que volviera, como siempre, a mi casa, y que se sintiera cómoda.

Matar un murciélago, en España, te puede llevar a tener problemas con la justicia. A mí me dan ganas de matarlos cuando me despiertan. Al principio decía que gritaban, pero estaba equivocado, no gritan, chillan. Generalmente me despiertan entre las cuatro y las cinco de la madrugada. El otro día me pasó que me tenía que levantar a las seis y, -por ciertos asuntos que no vale la pena traer a cuento en estos momentos-, me acosté a las cuatro. Pasaron cinco minutos desde que me había acostado cuando los escuché chillar. Hacían un ruido insoportable que no me dejaba concentrarme para dormir. Así que me levanté, putié un poco, arranqué el acolchado y me lo llevé junto con la almohada hasta el sillón del living. Me tiré a dormir ahí, a cara de perro. Afuera había murciélagos. Chillaban levemente, alejados del taparollo -lugar predilecto de estos marsupiales, si hablamos de una ciudad, claro- y me sentí a salvo. Nunca habían entrado por ahí. Es fastidioso tener que dormir en el sillón. Pero a veces me canso de escucharlos, o de tener que levantarme para observarlos -por que sé que están ahí, como metidos dentro de una pecera estrecha, y me da pánico que estén tan cerca y no saber lo que están haciendo- hasta que se van o hasta que me harto y decido dormir en el living. Lo que pasa es que la persiana se rompió en la parte superior, se le salieron dos de esas partes de plástico que componen las persianas, es decir ese tipo de persianas que puede llegar a tener cualquier clase de departamento a los que uno asiste, si estamos hablando de una ciudad, claro. La cuestión es que yo prendo la luz y me siento en el borde de la cama para observarlos. Son chiquitos. Tienen alas que parecen débiles, flácidas. Se caen en el espacio que queda entre la persiana y el vidrio de la ventana. Les cuesta salir, van trepando como pueden, hasta que logran huir por el mismo agujero por el que entraron. Es curioso porque en ese momento no chillan, quizás debido a la luz (pero ¿la luz no tendría que producir el efecto contrario, puesto que, como a los vampiros de las películas, les afecta y altera?). Simplemente escalan hasta poder escapar. A mí no me da asco verlos, aunque sean horribles. Hoy al mediodía fui a comprar veneno para murciélagos. Le pregunté a Ben-ben donde podía conseguirlo y le conté que nunca había ido a comprar veneno. Me dijo que a dos cuadras había un lugar de limpieza, que lo atendían dos venezolanas, o colombianas, muy simpáticas y predispuestas. Fui hasta ahí y comprobé que Ben-ben tenía razón. 

-Venden veneno… -les dije, y me quedé un poco colgado.

-¿Para suegras? -me contestó la que me parecía más bonita de las dos.

-No, por ahora no, capaz dentro de un par de meses -le dije y nos reímos los tres- para murciélagos.

-Veneno no… tenemos un líquido que los ahuyenta -me dijo la otra y recién ahí me acordé que no se puede matarlos, que una ley lo prohíbe, como en España- lo colocas durante cinco o seis días en el lugar donde deambulan y después de sentir el olor por un par de días se van a hacer nidos a otra parte. No los mata, hace que se vayan.

-Ah, bueno, perfecto. Porque vos sabés que vivo en un edificio, acá a la vuelta, y los murciélagos se meten en el taparollo de mi pieza. Siempre me despiertan chillando a la noche, hacen un ruido horrible.

Después de comprar ese líquido, llamado AIMT -y que en el costado de su envase dice lo mismo que me dijo la venezolana, o colombiana, del local-, fui a la librería de la esquina y compré una cinta de embalar, después pasé por unos containers en busca de una caja de cartón. Encontré una grande que me vino bien. Llegué al departamento y fui hasta la parte del balcón que me corresponde, donde está la persiana, el taparollo, los murciélagos y el ventanal de mi pieza. Agarré una tijera y corté la caja en diferentes tamaños, después fui pegando los pedazos con la cinta de embalar hasta tapar todo el agujero que mediaba entre la persiana y el cemento de la parte de arriba del ventanal, lugar donde está ubicado el taparollo. Intenté ver, hasta donde podía, hacia el interior. No había nada a la vista. Desee que no se haya quedado ninguno durmiendo dentro, porque en ese caso seguramente se quedaría atrapado y chillaría durante la noche, o se caería en la estrecha pecera, sin posibilidades de salir. Cuando me acosté a dormir, los sentí revolotear a lo lejos. Con los ojos cerrados los vi yéndose a otro lado, como me dijo la vendedora, a otro taparollo, a otra zapatilla, y la imagen de la huida me reconfortó y pude dormir bien después de haber pasado tantas noches angustiado. Supe que ahora ella volvería y estaría orgullosa de mí, de que haya podido, al fin, salir de la cama.

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