Escribe: Yanin Gulam

 

 

Una vez él había dicho que estaba bien, que obvio, que ser mujer no implicaba tener naturalmente que ser madre. ¿Así había dicho? Mariana hurgó en su memoria y se volvió a encontrar ahí: una copa de vino en sus manos, los dos tirados en el sillón, él acariciándole la pierna en un gesto más tierno que sensual. Fue cuando recién se conocían. De eso hacía cinco años.
Lavando los platos
—tarea que siempre la calmabavolvió a pensar y se esmeró en no maquillar el recuerdo. No. No había dicho que estaba bien. Había dicho como que estaba bien que las mujeres lo pensaran a conciencia, y no como algo impuesto. Mariana entonces no sabía si eso era una mentira, porque era lo ella quería escuchar, porque él quería conquistarla y subir al cuarto de una vez, o si era de verdad. No importa por qué. Ya no importaba, porque esa charla había pasado y ahora estaban juntos.
Las primeras citas siempre son una ficción y todos muestran las verdades a la mitad. Ellos jugaron esa vez a los rebeldes sin causa. Miraron una peli sobre un hippie que se iba a vivir a las montañas y dijeron que eso sería genial, al menos por un tiempo. Años más tarde hicieron algo así. Recorrieron Perú por un mes, con sus mochilas y una carpa, y decidieron en adelante ser hippies una vez al año y sólo por quince días. Cuando volvieron al departamento después de ese viaje, Pablo dijo que estaban creciendo y Mariana se enojó, mientras se reconfortaba al ver las medias blancas girando en el lavarropas, como por primera vez. Se tatuó un globo aerostático en la cintura y buscó un trabajo de oficina. Lo consiguió. Al tiempo llegaron los sobrinos y los dos
jugando con un bebé prestado al doctor que curaba muñecasdijeron a la vez: yo también quiero, como quien mira en los ojos de un niño ya no su infancia, sino la que vendrá, y la desea.
Él aceptaba su manera a veces radical, muchas otras combatientede pensar el mundo, y ella lo mismo con él. Tenía el poder de hacerla reír lo cual era tan difícil, y además Pablo era para Mariana como una dosis alta de Rivotril. Quiero decir, que la calmaba. Y así, sedados como drogadictos en un limbo de flores, fueron pasando las postas: mudarse juntos, esos viajes, trabajo estable. Ya casi llegaban a la meta. De qué sirven las carreras si no tienen fin, pensaba Mariana, pero por qué será que se agitan los atletas antes de llegar al objetivo. ¿Y si no quieren llegar? No estás sola en esto. Todos corren. Es así. Por lo menos mientras tanto te van dando agua.
Ver la lluvia de gotas caer sobre los platos sucios y limpiarlos con meticulosa obsesión se había convertido en una tarea vital para ella. Mientras tanto, pensaba en esa primera cita, y se acordaba de lo tímida que había estado, de lo lindo que se veía él con esa remera roja, del miedo que había tenido porque sentía que lo iba a amar y que por él iba a querer darlo todo. No se puede querer a medias. Las medias en el lavarropas. Girando. La vida que le daba vueltas. Había que hacerlo.
Pablo llegó del club. Como todos los miércoles, jugaba al fútbol con los amigos y cuando volvía, Mariana lo esperaba con la cena del delivery. Y ella pensó, esa noche, en lo hermoso que se veía incluso transpirado y cansado, y  comprendió que después de cinco años, los ojos ven hermosas las cosas que se quieren, y no al revés. El punto de vista del amor. Igual había que hacerlo.
Lo hizo así. Después de cenar wok oriental, la comida preferida de ella
porque llegaba rápido y era tan barata y ricalo miró a los ojos. La frase que había practicado era clara y concisa, pero no le salió. Habló como para ella misma, como continuando una discusión que venía teniendo con su Pablo imaginario, que siempre era más fácil de llevar.
¿Pero si no quiero? Quiero decir, ¿si nunca quiero…? Lo que quiero decirte no es eso. Es esto. Si yo no quiero, ¿vos me vas a dejar?
Mariana sabía que la respuesta de Pablo ya no estaría en sus contestaciones de siempre: en unos días lo charlamos más tranquilos. No puedo pensar en esto ahora. Te amo mi amor, y queremos un hijo, en el fondo vos también lo querés.
Mariana ya sabía de esos ojos tristes que se iban para abajo de una, mirando al suelo, hundiéndose. Era lo que hacía para evitar las charlas que nunca quería tener. Para Pablo, todo se resolvía con un mañana. Eso la reventaba. Era como la película
cómo odió esa películade ese padre terrible que le decía al hijo antes de dormir: mañana te voy a pegar. Irse a la cama sin saber y con miedo. Lo sentía como una venganza de un novio cagón, o cínico, o las dos.
Pero Mariana esperó por esas palabras y por esos ojos bajos. Supo esperar porque era lo que siempre hacía. Después Pablo salía, pero si era de noche se iba a dormir. Así era cuando discutían.
Ella esperó un poco más. En la cocina, agarró la taza de las florcitas, prendió la jarra eléctrica y esperó, mirándola, a que calentara el agua. Parada frente a esa especie de cuervo- robot-pava moderna- sentía que volaba. Ya está, pensó, siempre cura la verdad, había escuchado decir alguna vez y en su mente se sintió tentada a encerrar aquella frase entre signos de pregunta. No le salía
¿no quería?decir palabras propias. La verdad, al menos ahora, la hacía flotar.
El agua caliente empezó a llenar la taza. Entonces Mariana le puso un saquito de té verde y se fue al sillón. No pudo evitar pensar en cómo la miraría su vecina la malcontenta
le gustaba llamarla así a la vieja metida del 5to Dcuando se cruzaran al otro día en el ascensor, después de esa charla y con la ventana abierta.
Algunos nunca lo entenderán. Las cosas estaban cambiando. En unos años va a ser más normal. Todo eso pensó. Mientras tanto, se sentía como una enferma.
Quiso tatuar en Pablo un nuevo deseo, un nuevo proyecto, una imagen que no se le iba: los dos viejitos y mirándose con amor. Un perro, un gato, viajes, trabajos, familia, amigos, ellos. Ellos sin reproches. Los dos queriendo lo mismo. Queriéndose.
Tomó su agenda y leyó lo que siempre leía. Eso que ya se acordaba pero necesitaba ver. Quería tocar ese poema, y que la abrace.
Y por dentro llorábamos,
aunque nadie nos dijo que se podía
llorar sin ninguna lágrima.
Quisiera decirlo
y que entonces digas:
no temas.
El té se le enfrió en las manos. Miró el líquido color cobre esperando ser tomado. Lloró. Lloró con la taza entre las manos y con un ruido adentro que hizo crack. Por primera vez lloraba con honestidad. Lloraba de lo que tendría que haber llorado cuando su mamá le dijo: se los ve tan felices, o cuando Pablo no secó los platos esa noche y ella empezó a gritarle cosas que nada que ver, o cuando en la oficina le festejaron sus treinta y tres y ella lagrimeó, pero de la emoción, como había dicho.
Se acordó de las frases motivacionales idiotas del local de enfrente. “Lo que crees, creas”, “el tiempo cura todo”. Las pensó en tono burlón y sonrió porque se imaginó rompiendo todos losputos cuadritos con sus manos.
Las decisiones no se curan, se atraviesan. Lo sabía, y eso le rompía las pelotas.

Ahora sí, fue al cuarto sin prender la luz. Pablo se hacía el que dormía, acurrucado en un rincón. Lo supo porque el celular todavía tenía la luz encendida, porque Pablo, seguramente, habría estado jugando al Tetris cuando la escuchó llegar. La intimidad es eso. A veces. No poder fingir siquiera estar dormido.
Mariana se desvistió despacio, queriendo esperar un poco más. Se puso un short y la remera de los Beatles de él, que ahora era su pijama. Se acurrucó en su rincón mirando la espalda de Pablo. Lo rodeó con los brazos y esperó, pero pronto supo que nada la abrazaría. Esa noche estaría sola, sola de él, que era la peor de las soledades. Se durmió en un silencio de sueños putrefactos. La tacita de té en la mesa de luz.

Posted by:Milagros De La Horra

Colaboradora en Camalote. Nacida un viernes 13 a medianoche, bruja feminista. Colaboro en el proyecto de Laura Remis, La ciudad de las mujeres. Escribo poesía y sobre la poesía.

One thought on “ Un té para Mariana ”

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