Pichaçao VIII

Escribe: Franco Bedetti

 

 

Carta a Shion de Aries

 

En esta carta evito nombrarte porque no confiamos en nadie y no sabemos qué destino real tendrá, ni si te llegará a tiempo, en cambio, sí doy nombres de ciudades y lugares porque hacerlo no implica un riesgo. Después de lo último que pasó -y que ahora te voy a contar- el conflicto tomó y seguirá tomando mucha más dimensión pública, en este sentido, que se enteren a través de esta carta cuáles serán las ciudades-objetivos es casi un gesto romántico. Al principio pensamos en decirles a todos los que nos apoyan que no usen celulares y esas cosas, pero después analizando nuestra experiencia con el escuadrón anti-pichaçao llegamos a la conclusión de que es inútil extremar los cuidados con los dispositivos digitales porque tarde o temprano, más temprano que tarde, los intervienen. Nosotros varias veces logramos que no los intervengan, y ellos después vuelven a intervenirlos, es como el cuento de la buena pipa, entonces, quizás sea mejor cuidar los nombres, ya que en esta pueden jugarnos una mala pasada, sólo eso, los nombres; las ciudades, los métodos y los objetivos, ya se los imaginan. Todos los que participamos en esta resistencia tenemos nombres claves, el tuyo es: Shion de Aries.  

Como ya sabés hace un tiempo que no es seguro comunicarse por las redes sociales, y por eso te estoy escribiendo esta carta. Cuando le pedí a Sayen que me diera los nombres de los que habían escrito cartas de puño y letra, él los enumeró y en ese momento de desesperación escuchar tu nombre me alegró muchísimo, enterarme que íbamos a poder contar con vos, me dio fuerza para seguir. Hay algo que tenés que saber para entender bien esta carta. Cuando decidimos pasarnos a la clandestinidad, fue porque venían por nosotros. Descubrimos a través de Eluney –un ingeniero en sistemas de la comunidad de Lautaro- que nos habían vuelto a hackear nuestras cuentas y nuestros dispositivos, todos: tablets, teléfonos, computadoras, etcétera. Pero no sólo pudimos ver que estábamos intervenidos, sino que –gracias a una aplicación que funciona como radar- pudimos ver que sobre la ruta venían en dirección a nuestro refugio tres camiones del ejército chileno, que como la mayoría o todas las fuerzas de nuestros países responden al escuadrón anti-pichaçáo. 

Nosotros estábamos en una pequeña casa en un campo cerca de Temuco. De la casa al camino rural -por el que debían llegar los tres camiones del ejercito- había unos dos kilómetros. La pequeña casa, o puestito, pertenece a la comunidad Aliwen. Esa distancia nos permitió escapar a tiempo. Teníamos que ser muy precisos, era determinante escapar lo más rápido posible. La huida fue el momento de mayor tensión que pasé desde que me exilié, lo recuerdo y todavía tiemblo como si mis piernas guardaran una exacta memoria física de aquel día, como si lo reprodujeran. La idea fue mantener encendida la aplicación que hacía de radar hasta ver si los camiones tomaban el camino rural que llevaba a nuestra ubicación, o si por el contrario, los camiones nunca se bajaban de la ruta y todo resultaba una falsa alarma. Por las dudas, mientras esperábamos el desenlace aprovechamos para guardar las pocas cosas necesarias para poder escapar con rapidez. Olvidé una copia impresa -en una hoja A4 de mala calidad- de la foto que desespera a Frigietti. No fue una provocación, me la olvidé porque estaba doblada a la mitad junto a otros papeles que no eran necesarios, recortes de diarios, revistas viejas, etcétera, cosas que usábamos para prender el fuego. De todos modos, ellos saben que esa foto y la gran cantidad de material probatorio lo tenemos repartido en diferentes servidores que ellos todavía no pudieron identificar en su totalidad. 

Tomando el camino de tierra que desemboca en la comunidad, para llegar a la altura de nuestra pequeña casa-refugio hay que recorrer unos cinco kilómetros, los cuales sumados a los dos kilómetros que tienen que hacer desde la tranquera hasta llegar a la casa, suma unos siete kilómetros de ventaja. Nunca consideramos la posibilidad de que esa ventaja sea ilusoria hasta el momento en que sentimos el ruido de las hélices de un helicóptero militar que a través de megáfonos nos pedía que nos entreguemos de manera inmediata. Recuerdo que Eluney cerró la notebook, se paró de un solo movimiento y gritó: “¡Los camiones doblaron!”, después me miró y me dijo: “¿Sabes disparar?”. Me quedé mirándolo sin responderle nada. Eluney fue hasta la habitación de al lado, volvió con un fusil, me lo dio y me dijo: “ahora salimos corriendo hasta el auto de Lautaro, vas a tener que manejar, nosotros intentaremos defendernos del helicóptero, tenemos que cruzar el cerro lo más rápido posible, así dejamos el helicóptero detrás nuestro, no podrán remontar tanta altura si nosotros llegamos al cerro rápido, ¿cachai?; después dejamos el auto, y empezamos a caminar por adentro del cerro, hasta un paraje dónde tengo unos amigos”. Yo nunca había tenido un arma en mis manos, y mucho menos había disparado una. Estaba y estoy en contra de las armas. Pero en ese momento no tuve opción, agarré el fusil y salí corriendo. Desde el helicóptero reiteraban la voz de alto; nosotros teníamos que atravesar unos quinientos metros para llegar al galpón donde Lautaro había guardado el auto, después de que corrimos unos doscientos metros, comenzaron a dispararnos nuevamente, las balas me rodeaban, caían una detrás de otra a mis dos costados, como marcando un surco, pero era exactamente el surco en el que yo estaba caminando; no me animaba a girar la cabeza, el ruido del helicóptero era cada vez mas grave, se estaban acercando, me pregunté si estaban errando los disparos a propósito, si disparaba uno, si disparaban dos o quizás más; me estaba preguntando si lo mejor no era parar de correr y levantar los brazos en señal de rendición, cuando Eluney me dijo que disparara para arriba, al aire y que siga corriendo, que no pare de correr, que ya estábamos cerca del auto. Agarré el fusil con la dos manos y empecé a disparar para arriba mientras corría con desesperación en dirección al galpón, el fusil se movía para los costados, yo tenía que hacer mucha fuerza para superar los culatazos que daba con cada disparo.  

Entramos al galpón sin que ninguno de los tres recibiera ni un solo balazo. Lautaro y yo nos subimos al auto, mientras Eluney con una mano nos abría el portón y con la otra le disparaba al helicóptero que no paraba de agujerear la chapa del galpón con una lluvia de plomo. Cuando abrió el portón lo suficiente como para que salga el auto, Eluney corrió hacia el fondo del galpón -dónde nosotros con Lautaro habíamos corrido el auto para salir de la mira del helicóptero- se subió, yo aceleré y salimos del galpón. Cruzamos el portón y las balas como pequeñas y plomizas abejas suicidas se incrustaban en el capot del auto, una tras otra, pero ninguna en el parabrisas, no nos querían matar, nos querían rendidos; Frigietti nos quería vivos porque evidentemente no podía conseguir la totalidad de las pruebas sin nosotros. Para ir al cerro usamos un camino alternativo que me iba indicando Lautaro. El helicóptero nos seguía detrás y continuaba disparándonos. Lautaro y Eluney respondían desde la luneta del auto, el auto era un colador, literal como en las películas, no exagero; supongo que la orden era que no nos mataran pero si la fortuna nos jugaba una mala pasada, esa posibilidad desafortunada estaba contemplada, sino no se entiende cómo se atrevieron a dispararnos tanto. 

Cuando estábamos a unos quinientos metros de la base del cerro el helicóptero comenzó a desacelerar, a alejarse de nosotros. Eluney tuvo razón: si el helicóptero nos seguía a vuelo rasante en dirección al cerro, cuando nosotros llegáramos a la base del mismo, el helicóptero se iba a ver obligado a desacelerar y retroceder porque al estar tan abajo, tan cerca del suelo, le iba a ser imposible cruzar el cerro de manera inmediata. Fue tal cual: el helicóptero no pudo seguirnos y nosotros logramos llegar al pie del cerro, dejar el auto al costado del camino y caminar en dirección al paraje donde se encontraban los amigos de Eluney. Pero voy a detener la historia en este punto. Quiero que nos concentremos en lo que verdaderamente importa ahora: organizarnos. 

Estoy de acuerdo con que el movimiento pichaísta sea un movimiento armado, no con fusiles y bombas, sino con aerosoles, como nació, sin embargo, no voy a negar la necesidad de defendernos que tuvimos y el légitimo derecho que nos corresponde para hacerlo. Podrán perseguirnos por siempre, pero no iremos a la guerra que ellos quieren librar, la de la sangre, la iniquidad de medios, la mentira, el odio, la discriminación orgullosa, el nacionalismo, los oportunismos, la defensa de los intereses de unos pocos por encima del bienestar de la mayoría; el continente se cansó, las sociedades se están despertando, y la pichaçao no es más que la expresión artística y combativa de ese despertar. Lo primero que necesitamos hacer en Rosario es juntar por lo menos unos mil aerosoles, y unos quinientos litros de pintura. Si todo sale bien, y lees esta carta, andá todos los días a las dos de la tarde al monumento a buscar a Doco de Libra, él te va a ayudar, ¿cómo lo vas a reconocer?, le voy a decir que lleve la imagen de un tigre, en una toalla, en una remera, o impresa en una cartulina, y que te espere cerca de los cañones. Vos llevá una hoja impresa con la imagen del primer animé de Saint-Seiya. Hoy mismo también le envío una carta a Doco. Esperaré un mes por si la carta se demora, una vez cumplido los treinta días te voy a mandar a vos y a Doco de Libra una nueva carta requiriendo una respuesta. Dentro de un mes vamos a estar cerca de algún poblado dónde ustedes puedan mandar correo sin problemas, corremos con la ventaja de poder ir a retirar los paquetes a los transportes sin declarar nuestro domicilio, pero, eso sí, siempre manden a otra persona a hacer el envío. Volveremos a revisar todos estos detalles dentro de un mes cuando les vuelva a escribir. 

Shion de Aries, me despido y vuelvo a agradecerte tu participación en el movimiento pichaçao de Rosario, es de vital importancia contar con personas como vos, con la que tenemos la confianza necesaria para llevar a cabo la resistencia y la visibilización de la actitud criminal del escuadrón anti-pichaçao.

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