Midsommar: El terror no espera la noche

Escribe: Santiago Montorfano

Instagram con sus reseñas de películas, series y más: Quemadura de cigarrillo

Cinco meses después de su estreno internacional, y tras una larga espera, finalmente llegó Midsommar a las salas de cine de nuestro país. La película dirigida por Ari Aster (director de Hereditary), nos cuenta la historia de Dani (Florence Pugh), una joven que luego de una tragedia familiar, viaja junto a su novio Christian (Jack Reynor) y un grupo de estudiantes de antropología a una pequeña comunidad de Suecia. Algunos de ellos van con el objetivo de estudiar una festividad que ocurre una vez cada 90 años, durante el solsticio de verano, mientras que el resto espera tener unas tranquilas vacaciones. No obstante, pronto descubrirían que tras las caras sonrientes de la gente de la comunidad y la luz del sol se esconde un secreto mucho más oscuro y terrible.

Con una influencia marcada por películas como The Wicker Man (1973), Midsommar no es solo una cinta de “folk horror” sino que es de las películas de terror más particulares de los últimos años, por varias razones. Primero que nada, no es una película que “dé miedo”, al menos en los sentidos convencionales. No van a encontrar “jump scares” ni recursos similares cuyo único propósito es sobresaltarnos, sino que todo  lo contrario: la historia se va construyendo de forma paciente, con un principio profundamente angustiante y demoledor, provocándonos angustia y siendo profundamente perturbadora por (muchos) momentos. Así, es una historia de terror que exige que prestemos atención a cada segundo, a cada detalle, y que, más que asustarnos de vez en cuando, se ocupa de crearnos una sensación de incomodidad y angustia que se nos mete por debajo de la piel y se queda con nosotros mucho tiempo incluso después de haber terminado la película.

Otra de las razones por las cuales esta película es tan particular dentro del género es porque sucede casi enteramente a la luz del día. Al estar situada en Suecia durante la época del solsticio de verano, las horas de oscuridad son casi nulas. En éste sentido Midsommar vuelve a sorprendernos; lograr crear una historia tan perturbadora, tan incómoda, a plena luz del sol es un mérito que, creo yo, hay que resaltar. Gran parte de este mérito se debe, sin ninguna duda, al aspecto visual de la película. No solo tiene una fotografía hermosa (y es extraño usar este término para una película de terror) sino que también utiliza ciertos efectos visuales que van deformando el paisaje mientras los protagonistas van perdiendo la percepción con la realidad. Sumado a un gran manejo de la cámara, Ari Aster creó una experiencia completamente inmersiva, original e innovadora.

Midsommar trata una gran cantidad y variedad de temas: lo preocupante que es el hecho de no tomar con seriedad a las enfermedades mentales, las diferencias culturales a la hora de pensar la vida en sí misma o las dificultades en las relaciones amorosas cuando una parte pierde el interés en ella. Pero, en mi opinión, la película trata sobre la familia; qué es una familia, la diferencia entre las distintas formas de pensar esta institución que hay respecto a la comunidad o la pérdida de esta y la búsqueda de una nueva. En este sentido, creo que debajo de todo el aspecto de culto pagano que tiene la comunidad (y omitiendo ciertos actos que hacen, por supuesto), Midsommar nos invita a reflexionar sobre las diferencias culturales y a pensar que existen otras formas de ver el mundo, la vida y la muerte más allá de la “occidental” y que cuestiona incluso la institución más básica de nuestra sociedad: la familia.

Personalmente, se ha convertido en una de mis películas favoritas del 2019 y recomiendo fuertemente verla en el cine, ya que es una experiencia increíble y que vale la pena cada segundo. Y háganlo rápido, no vaya ser cosa de que las festividades comiencen y ustedes no estén advertides.

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