No verás la misma película

Escribe: Santiago Mayola

 

 

 

Hay películas que valen por diez libros de filosofía

Incluso imágenes

A veces, una sola imagen.

J.P. Feinmann

 

El conocido aforismo del antiguo sabio griego Heráclito, más conocido como el Oscuro de Éfeso, de que uno nunca se baña en el mismo río dos veces, ya que ni el agua del río ni nosotros somos el mismo, no solo vale para el río, vale realmente para todo, por ello se puede aplicar de idéntica manera a cualquier reproducción digital. Parece un escándalo decir que cuando uno vuelve a ver una película, en realidad no está viendo la misma película. Se podría decir, por ejemplo, que ya sabemos, debido a que ya la vimos, que en el final de la película “The Truman Show”, cuando el protagonista encuentra la puerta de salida del estudio de televisión, Christof le dice un montón de boludeces para que Truman no se vaya de su show, pero Truman decide salir de allí. Quién sabe qué se le estaría pasando por la cabeza cuando decidió irse. Pero, diciendo ya algo relacionado con el prometedor título de este artículo, creo que no hay ejemplo más trillado para hablar de la relación entre filosofía y cine, y filosofía y cine sobre todo en relación a la archiconocida alegoría de la caverna de Platón, que la ya nombrada “The Truman Show”. Entonces, me imagino que muchos se estarán preguntado por qué elegí está película que ya todos han visto más de una vez a lo largo de su vida, ya sea en la escuelita a modo de dispositivo didáctico, una aburrida noche por internet, y seguramente en un domingo suicida tipo 19:00hs por algún canal de TV (donde encima te la ponen doblada). Pues es precisamente por ello, porque ya nos hemos aburrido de verla que podemos reflexionar sobre ella y hacer diferentes interpretaciones cada vez que la vemos de tal manera que podemos dudar de que hasta sea la misma película.

Muchas veces lo que buscamos no es, aunque así lo preconcebimos, algo vanguardista y original nunca antes visto, sino que, como quien busca sus lentes, está en nuestros ojos. Y aunque lo último dicho no necesita demostración, vamos a demostrarlo mirando ‘el mismo final de la misma película que es el Show de Truman’ como si fuéramos tres filósofos distintos: Platón, Nietzsche y Feinmann (el bueno, Juan Pablo).

Tomando como punto de partida la alegoría de la caverna de Platón, se puede exponer este concepto a partir de un paralelismo en la película “The Truman Show”, dado que la división entre el adentro y el afuera de la caverna, que simboliza la división del mundo sensible (falso) y el mundo inteligible (verdadero), se puede interpretar que en el escenario donde se desarrolla la aventura de Truman es precisamente, como se muestra en la escena final de la película, un escenario absolutamente ficticio, salvo por la propia vida de nuestro protagonista. Un escenario que, si bien para nuestro protagonista es verdadero desde el momento de su nacimiento, quienes se encuentran fuera de allí, en la vida real, verdadera, saben perfectamente que se trata de un montaje. Otros interesantes paralelismos que se pueden observar pueden ser la actuación de los personajes que pueblan la ciudad de Seahaven y las sombras de los objetos proyectadas en la pared, sobras de los objetos sensibles que son tomadas como reales tanto por Truman como por los encadenados en la caverna; y entre el fuego que origina dichas sombras y Christof, el creador y director del Show, que da vida a la ficción.

Otra exposición, e interpretación, de otro concepto que puede surgir de dicha escena, es el de verdad en tanto ficción útil de Nietzsche. En Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, el filósofo señala la ficción como producto del intelecto para la conservación del individuo frente a los otros, y que en el tratado de paz firmado, necesario para la vida en sociedad, se fija lo que desde entonces debe ser “verdad”. Esto entra en conflicto con lo dicho anteriormente, pues si para Nietzsche toda verdad no es sino ficción social uniformemente valida y obligatoria, no hay diferencia óntica entre la verdad que cree Truman es la sociedad de Seahaven hasta el momento en que se da cuenta que es engañado y decide salir de allí e ir a, según él cree que es, la verdadera sociedad, la sociedad real y no la ficción que le han obligado a vivir sin su consentimiento. Pero según la óptica nietzscheana, ninguna de las dos sociedades es la “verdadera” dado que la “verdad” no es sino el producto ficcional de toda relación humana.

Otra interpretación, en sintonía con lo pretérito, es el juego de la compleja relación entre libertad y certidumbre según lo expuesto por Feinmann en Siempre nos quedará Paris: cine y condición humana, donde el filósofo y novelista lee de forma distinta este paralelismo entre adentro/afuera del escenario. Feinmann señala que el rechazo del protagonista a una vida dentro del escenario, es el rechazo a una vida esclava en virtud de “total certidumbre”, y la elección de ser libre, la elección de vivir fuera del set, de vivir en la libertad que es, según JPF, “la incertidumbre total”, queda representada en la densa obscuridad que se deja entrever tras la puerta de salida.

Muchas veces lo que buscamos no es, aunque así lo preconcebimos, algo vanguardista y original nunca antes visto, sino que, como quien busca sus lentes, está en nuestros ojos que quizá ya no sean los mismos.

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