Escribe: Santiago Montorfano

 

 

El pasado 27 de noviembre, mediante Netflix, se estrenó mundialmente The Irishman, la última película de Martin Scorsese. Además de la presencia de Scorsese detrás de las cámaras, y como si eso ya no fuera suficiente como para captar nuestra atención, está protagonizada por Robert De Niro, Al Pacino y Joe Pesci, acompañados por un elenco de lujo que incluye nombres como el de Anna Paquin, Ray Romano, Bobby Cannavale y Harvey Keitel.

Frank “el irlandés” Sheeran (Robert De Niro) es un veterano de la Segunda Guerra Mundial y un miembro de la mafia. Ya retirado y en el ocaso de su vida, da una mirada hacia atrás y recuerda sus vivencias, las decisiones que lo definieron y, en particular, su relación con el misteriosamente desaparecido Jimmy Hoffa (Al Pacino), uno de los más importantes sindicalistas de Estados Unidos y una de las personas más cercanas a Frank.

The Irishman es una película que tiene muchísimo para destilar. Tal vez lo primero que hay que destacar es que las 3 horas y media que dura se pasan como un suspiro. La historia se “divide” en varias líneas temporales, saltando entre pasado y presente permanentemente, pero con un montaje (a cargo de Thelma Schoonmaker) y un guión (a cargo de Steven Zaillian) tan preciso que los saltos temporales fluyen de forma natural y perfecta. Y, por supuesto, esto no sería posible sin la labor de Scorsese detrás de cámara, que opera con la precisión quirúrgica de un cirujano mezclada con la sensibilidad propia de un artista con su recorrido, lo que nos da una obra única y una experiencia completamente inmersiva, humana y emocionante. Si tienen la posibilidad, véanla en cines antes de que salga de cartelera, ya que vale completamente la pena hacerlo y es una oportunidad que, en mi opinión, no hay que desaprovechar.

Creo que es interesante volver a remarcar el hecho de la sensibilidad que hay puesta en esta película; es una cinta en la que la violencia no es tan “espectacular” como en lo que hizo Scorsese anteriormente (Goodfellas, por poner un ejemplo) pero que al mismo tiempo, y por esa misma razón, es más cruda y real. Así, lejos está de repetirse o de ser un “greatest hits” de lo que hizo el director en su carrera, sino que es más bien una reflexión doble: sobre su propia obra y sobre la compleja y desgarradora condición humana. A lo largo de toda la historia, Scorsese se preocupa más por Frank como persona y por cómo lidia con las decisiones que toma y cómo éstas lo afectan, enfocándose en el aspecto más “espiritual”, hasta filosófico me atrevería a decir, del personaje. En este sentido, creo que es una película increíblemente personal y hecha por un amor puro al cine y al arte; la reunión de Scorsese – DeNiro – Pacino – Pesci parece ser una especie de función despedida, como una banda que llega al final de su carrera y poco a poco comienza a decir adiós de los escenarios. Y lo hacen de forma perfecta, dando absolutamente todo en esta nueva película sobre la mafia, género que no sería el mismo sin estas cuatro personas, por no decir leyendas.

En relación con esto, no hay que dejar de alabar las actuaciones del trío protagonista; cada uno de ellos entrega una interpretación que parece salida de sus propias entrañas, llena de humanidad y corazón. La nostalgia de De Niro está a la par de los ataques del iracundo Hoffa que nos entrega Pacino pero, personalmente, creo que es Pesci el que destaca (por poco, pero lo hace), con una sutileza en sus gestos y en sus maneras que es fabulosa. En sintonía con la cuestión de las actuaciones, creo necesario hacer un comentario en relación con una “polémica” que suscitó The Irishman. Una de las críticas que se le hace es el poco diálogo que tiene Peggy Sheeran, la hija de Frank, interpretada por Anna Paquin. Creo que la razón de sus silencios está plasmada perfectamente en la película; simboliza la brecha cada vez mayor entre padre e hija, de la que no hay vuelta atrás. A veces, no siempre, pero a veces, los silencios son más elocuentes que las palabras, y éste es uno de esos casos.

Para finalizar, creo que en la era de los spoilers, en esta película eso no importa. Ya sabemos qué es lo que va a pasar. Lo importante, sin embargo, es el cómo. Y el cómo lo vemos en una obra teñida con el aroma del paso del tiempo y de la nostalgia, con diálogos que nuclean muchísimos sentimientos y que trata sobre la lealtad, las decisiones que tomamos y que nos convierten en lo que somos, y que, para bien o para mal, no podemos deshacerlas, sino que tenemos que vivir con el peso de las mismas. Incluso, podemos encontrar una fuerte crítica socio-política y económica a la administración estadounidense de la época y que tiene muchísimos lazos con el contexto actual (“Ift here’s one person you can’t trust in this life, it’s millionaires kids” dice Pacino con toda la razón del mundo). Así, es una obra profundamente filosófica, personal, introspectiva y, vuelvo a recalcar, sensible, cuyo último plano lo demuestra de forma que no puedo poner en palabras. Y digo obra porque The Irishman no es una película. Es una poesía, de esas que no abundan.

Posted by:Felipe Hourcade

Nació en Concordia, Entre Ríos, pero vive y estudia Letras en Rosario, Santa Fe. Es narrador y tiene veinte años. Fue jurado del concurso chileno de microcuentos "Lebu en pocas palabras" en 2017 y 2020.

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