Lo que pasó anoche

Rosario, Santa Fe.

Ayer, domingo 23 de febrero del 2020, un joven intentó suicidarse alrededor de las 21:40. Se tiró de un sexto piso.

Llegué a mi casa alrededor de las 21, después de haber pasado toda la tarde trabajando, y pasé largo rato sentado en el sofá, sin hacer absolutamente nada, concentrándome en qué tenía ganas de comer y en dónde podría conseguirlo. Pensé en las pizzas del pool, que son muy buenas, pero pedir una para mí solo era demasiado. Al ser domingo, los supermercados estaban cerrados. Finalmente me decidí por ir al kiosco que está por Mitre entre San Luis y San Juan, comprar unas supremas ahí y luego buscar algo de pan en Los Confiteros -por 3 de febrero antes de llegar a Mitre. El kiosquero estaba escuchando Últimos Cartuchos -el programa de radio conducido por Martín Garabal y Migue Granados- y le comenté que a mí también me gustaba, así que nos quedamos hablando un rato sobre eso. “A veces va una sexóloga que me re calienta” me confesó. Sentí asco y me fui. Había cola en Los Confiteros y habré demorado diez minutos ahí adentro. Volvía por Mitre, en descenso, y cuando estaba llegando a San Juan vi que una camioneta de la policía cortaba la calle -por la cual tenía que seguir caminando para llegar a mi casa. Lo primero que pensé fue que habían entrado a robar al kiosco. Pero me pareció desmedido que cortaran la calle por eso. Cuando llegué a la esquina, me encontré con una familia y un pibe sentado arriba de su bicicleta. Les pregunté qué había pasado. “Se tiró un chico del sexto piso, y cayó en el balcón del primero” -el balcón del primer piso es más largo que los demás, como suele suceder en algunos edificios- “había gente que le gritaba que no se tiré. El chico de la remera rayada le gritaba desde en frente que no lo haga” -el chico de la remera rayada era el kisoquero- “pero se tiró igual”. Se me puso la piel de gallina. Me quedé unos minutos mirando, con el grupo de gente, hacia el primer piso y el sexto (que tenía la luz apagada). Llegó un tipo, preguntó qué pasó, la familia -que había visto cómo el joven se tiraba- le explicó el suceso, y enseguida acotó, descaradamente, “¿Lo filmaron?”. La respuesta fue negativa. Sentí asco, por segunda vez en media hora, y, esta vez, también odio y repudio. No solo hacia la persona que había hecho esa pregunta, sino también hacia la constante visibilización de ciertos hechos que a los morbosos les resulta placentero consumir en internet. Llegó un camión de bomberos, se bajaron cuatro y subieron al primer piso acompañados por algunos policías. Salió un hombre de una de las casas de la esquina, se puso al tanto de la situación, y después dijo “se escuchó, fue un ruido seco, por eso salí”. Me quedé un momento más, en silencio, nadie hablaba, parecía que de alguna manera, por el solo hecho de estar ahí parados, hacíamos duelo por alguien que no conocíamos, y luego seguí mi camino. El edificio queda exactamente arriba del kiosco. Cuando pasé vi que ya estaban los policías y los bomberos en el largo balcón. Las luces del departamento estaban prendidas, había gente cuando el cuerpo cayó. Los arbustos y las rejas no permitían distinguir el suelo, y la luz que iluminaba las siluetas de los agentes era débil y provenía entrecortada desde adentro. Llegué a la esquina de mi casa y encontré a un vecino que estaba paseando a su perro. Una ambulancia entró a toda velocidad por Mitre, viniendo por San Luis. Le comenté la situación al tipo y me dijo que él lo conocía, que una vez ya había intentado suicidarse pero no lo hizo, habló sin hacer ningún gesto de compasión o tristeza. Yo tenía los ojos llenos de lágrimas y me temblaban las manos. Subí a mi departamento y la llamé a M. para contarle. Hablamos cinco minutos y al finalizar me invitó a comer pizzas a su casa. Me dijo que trajera algunas cervezas. Guardé las supremas en el freezer, dejé el pan en la alacena, y me fui a cambiar. Habré demorado quince minutos en volver a salir de mi casa. Inevitablemente, tuve que pasar por el edificio. Me abstuve, naturalmente, de comprar los porrones en el kiosco. El camión de bomberos y la ambulancia ya se habían ido. Ahora eran menos las personas que observaban. Eché una breve mirada hacia el balcón del primer piso. Los policías permanecían allí. Imaginé sangre desparramada por el piso, y me dolió el pecho tanto por el joven como por la familia que había sufrido el suceso en primera persona. Anhelé que no hubiera chicos en esa casa. Seguí caminando y no pude pensar en otra cosa el resto de la noche.

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