Diarios de cuarentena

Fotografía: Diegoelbarba

 

Domingo 15 de marzo, 2020.

Me echaron del trabajo. Ayer volaba de fiebre y avisé que no podía ir. Con todo esto del coronavirus, encima, la preocupación que tengo va en aumento. Me comuniqué con la madre de A, que es médica, para preguntarle si podía verme -tengo placas en la garganta y una fiebre que hace cinco días que no cesa, pero ningún médico me vio; el tratamiento de antibióticos que me dieron fue virtual (le mandé una foto de mi garganta por Whatsapp a un profesional)-, porque me daba miedo tener coronavirus. Me dijo que primero llamara al 107 para asegurarme de no que no tenía nada. Llamé y, luego de un breve interrogatorio, me dijeron que no tenía coronavirus. Por la falta de tos. La madre de A también me dijo que consiguiera un termómetro para saber cuánta fiebre tenía cuando me subía la temperatura. Llamé a la farmacia más cercana para averiguar el precio de un termómetro (electrónico) -los de vidrio no vienen más, dijo la voz del otro lado, por el mercurio-: ochocientos pesos. Solo tenía quinientos en la billetera. Le pregunté a F, que vive cerca de casa, si de casualidad no tenía uno para prestarme. Me dijo que no, pero que quizás podía conseguir alguno y facilitármelo a buen precio. A la hora ya estaba acá. Le pagué cien pesos cuando vino. Me dio un termómetro de los que, según la farmacéutica, no se venden más, por el mercurio. Subió y tomamos mates. Yo ya me sentía mejor. A la noche vinieron dos amigos más y comimos pizzas. A diferencia de lo que pensaba, mi garganta cedió. Hicimos chistes sobre el coronavirus todo el rato que estuvimos. Hasta escuchamos la cumbia.

 

Lunes 16 de marzo, 2020.

Después de seis días encerrado, por culpa de mi deteriorado estado físico, salí a la calle totalmente recuperado. Primero pasé por la facultad -desierta, como nunca: para prevenir la pandemia solo se puede ir a la institución si tenés que rendir- a sacarle fotos a los horarios de la cátedra de Pedagogía. Habré demorado tres minutos. Después salí, me tomé el colectivo, y me fui al consultorio de C, mi psicóloga. Por la calle había montones de gente circulando, como siempre. La única medida preventiva adoptada, hasta el momento, al menos esa era la información que yo tenía, era la suspensión de eventos que superaran la capacidad de doscientas personas. A las 19hs. habló Alberto. Anunció el cese de las actividades educativas. Ahora estoy por cocinar algo y después me voy a dormir.

 

Martes 17 de marzo, 2020.

Llovió torrencialmente durante todo el día. No salí de casa. Nada interesante pasó hoy, excepto la visita de algunos amigos durante la noche. Así y todo, me acosté temprano. Fue un buen día. La lluvia me pone de buen humor. No sé si anduvo gente por las calles, no me asomé ni al balcón. 

Todo el día con ganas de comer tortas fritas, qué lo parió. Si mañana diluvia, hago.

 

Miércoles 18 de marzo, 2020.

Después de los seis días que estuve postrado delirando de fiebre y sin poder tragar siquiera mi propia saliva, empecé a cuidarme del coronavirus. Tengo asma y eso me vuelve factor de riesgo. Sin embargo, esta mañana salí a comprar algunas cosas. Ni bien me desperté, vi en mi celular un mensaje de A. ¿Almorzamos juntos? Le dije que sí, y después de tomar algunos mates salí a hacer los mandados. Fui hasta una fábrica de pastas, a unas siete cuadras de mi casa, porque me moría de ganas de comer ravioles con crema y champiñones. Llegando al lugar, me topé con una librería bastante simpática. Miré hacia el interior: había un gato gris enorme, gordo. Y cuando digo gordo es porque era gordo gordo. No me quedó otra que entrar. El que atendía era un hipster de aquéllos. Para qué me puse a hablar de lo pésima que es la editorial Octaedro no sé; la librería estaba repleta de ejemplares editados por la misma. Cuestión que me compré El sonido y la furia de Faulkner, ya pensando en la cuarentena. Volví a casa, cociné y A me cagó a pedos por no lavarme las manos después de haber bajado a abrirle. Durante el resto del día: siesta en el sillón y lecturas varias. A la noche habló Alberto, nuevamente, y anunció, ahora sí, las medidas preventivas. Que no salgamos de nuestras casas. Cuarentena obligatoria.

 

Jueves 19 de marzo, 2020.

Me descargué el Counter Strike 1.6 para jugar con mis amigos en línea. Me retrotraigo a la adolescencia. El tiempo, así, pasa más rápido, aunque me re caguen a tiros porque ya le perdí un poco la mano. Para lo único que salí fue para ir a los chinos. Todos los empleados usan barbijos y guantes. Por suerte B también está en el departamento, así que vamos a pasar la cuarentena juntos. Fuimos al supermercado, había unas diez personas contando a los empleados, y cada uno se compró sus alimentos. Lo único que compramos a medias fue una botella de whisky, papel higiénico y jabones. No conseguimos alcohol en gel. A pesar de lo que esperaba, hoy abrieron algunos negocios y anduvo cierta cantidad de gente. Sin embargo, fue notable cómo se redujo al mínimo el caudal de personas que habitualmente circulan por las calles del centro. 

 

Viernes 20 de marzo, 2020.

Yendo del sillón a la computadora. Lectura, Counter Strike, mates, galletitas, conversaciones con B, tabaco, actualización del feed, memes. A veces estamos los dos tan aburridos que nos preguntamos entre nosotros qué mierda podemos hacer ahora. A la noche miramos películas. Ayer vimos American psycho y hoy The world’s end. Nos amparamos en el arte, en el hecho de que ahora podemos producirlo y consumirlo sin culpa; sin dedicarle tiempo a las cosas que están por fuera de casa: el trabajo, la facultad, las relaciones sociales. El arte siempre se produjo puertas para adentro y en solitario ¿no? y con la alacena llena de comida y las mesas repletas de atados de puchos y botellas de alcohol. La cultura se encargó de formarnos esa imagen y de decirnos así son los artistas. Agradezco la posibilidad de poder moverme dentro de mi departamento con esa libertad. Igual, cuando me canso de trabajar con los textos juego unas cuantas horas al Counter Strike. Los artistas también necesitan momentos vacíos de acontecimientos para estar al pedo. Hace un rato fuimos a los chinos a comprar algunas cosas. En la calle, ni un alma. En todo el día no hubo nadie circulando. Solo colectivos vacíos, patrulleros alertando que no debemos salir a la calle y algún que otro hombre que se pasea solitario. Si hay grupos de personas, no son más de dos. 

Y mañana ¿qué vamos a hacer? Esperar otra vez. Por suerte mis emociones están bajo control y puedo permanecer quieto sin perder la cabeza.

 

Sábado 21 de marzo, 2020.

El aburrimiento comienza a tornarse insoportable. Es decir, empieza a sentirse con todo su caudal de intensidad. Los momentos de productividad son más acotados -desde que me despierto hasta que almuerzo- , aunque las lecturas se extiendan hasta entrada la noche. Hoy no pude jugar al C.S. Dudo de que pueda volver a hacerlo. La notebook se me tildó como cinco veces, con los disparos sonando en loop, y tuve que sacarle la batería en todas las ocasiones para que volviese a funcionar. Ya desinstalé el juego. Me la paso comiendo bullshit. Lo cual es bueno, por un lado, debido a que la fiebre anterior a la cuarentena me había dejado delgado como pinocho; pero malo, por el otro, puesto que hay momentos en los que como por pura gula. De aburrido nomás, diría mi madre. Probablemente tenga razón. Sucede que no salir de casa supone un cierto ahorro de dinero, y lo que antes se iba en pintas de cervezas, ahora se va en galletitas, helado y chocolate. 

Me agota lo rápido que se acaba el divertimento. Los primeros días, además de la inevitable paranoia, diría que hasta obtuve un goce total al quedarme en casa. Ahora empiezo a notar la dificultad de no poder salir, de estar encerrado, de no poder abrazarme con alguien. Una suerte de cárcel cómoda, domiciliaria, conectada con el mundo. Pero bueno, a mí me consuela que estemos todos en la misma, dice B. Entonces una cárcel universal. Impuesta por obligación, por orden nacional, la cárcel, en este caso, nos protege. Es una cárcel-refugio-universal. Que no todos pueden pagar. El precio de mantenerse a salvo es, hoy, el de perder la libertad. O te quedás en el molde, quietito, o te la jugás con caer enfermo y, además, correr el riesgo de contagiar a los que te rodean. 

A las 21:00 salí al balcón para aplaudir junto con mis vecinos por los profesionales de la salud que se las ven cara a cara contra la pandemia. 

 

Domingo 22 de marzo, 2020.

Hoy casi no hablé con B. Cada uno hizo la suya. El aburrimiento acabó por volverse insoportable. Encima la computadora se me estropeó, a cada rato se tilda y la tengo que reiniciar, así que dejé a un lado los videojuegos y las series de Netflix. 

Recién ahora, después de una semana encerrado, empiezo a darle vueltas al asunto posicionado desde el pesimismo. A la siesta leí una frase de El sonido y la furia que me descolocó. Yo ya no podía oler los árboles y me eché a llorar. A partir de esa lectura, no pude hacer otra cosa que estar conmovido durante el resto del día y pasármela mirando el cielo por la ventana, pensando en lo irresistible que se vuelven las cosas que más te gustan cuando las perdés y no podés volver a tocarlas, no porque no puedas físicamente sino porque sabés que si las tocas podés salir lastimado, porque sabés que estar lejos de esas cosas, a veces, como ahora, es lo mejor para vos.

Lanzaron una nueva medida preventiva en Rosario: en el hospital Provincial va a haber un ingreso especial para los casos de dificultad respiratoria sospechosos de Covid-19. En este momento hay 24 pacientes a la espera de un diagnóstico. 

Anoche nos terminamos la botella de whisky. Hace un rato salimos a la calle -la primer y única salida del día, la permitida- para comprar dos porrones, pero no había ningún kiosco abierto. Y eso que fuimos al que no falla nunca. Las calles, desiertas. Colectivos vacíos. Rappitenderos, con barbijos algunos. Algún que otro transeúnte solitario, volviendo de algún lado, o llegando de, o desistiendo de.

 

Lunes 23 de marzo, 2020.

Esta mañana la secretaría de Salud de Rosario confirmó que hay trece casos de coronavirus en la provincia de Santa Fe. Ocho son de Rosario. La mayoría tiene antecedentes de viajes, según informó el secretario Leonardo Cuarana en la conferencia que tuvo lugar hoy por la mañana, a España, Paraguay, Estado Unidos, Colombia y México. El secretario también informó que el Cemar está reforzando la detección precoz del caso sospechoso, la vigilancia epidemiológica y el distanciamiento social. El aumento de la detección de casos positivos se debe a que el Cemar haya comenzado a realizar los test. Además, Cuarana señaló que están por llegar las vacunas anti-gripales y que, en este momento, están realizando la logística de su distribución en hospitales y centros de salud. Van a comenzar con los trabajadores de la salud y, luego, en la semana, irán detallando la información precisa para los grupos de riesgo, para adelantar cómo se realiza la vacunación. El Cemar como centro de diagnóstico y la vacunación anti-gripal son dos noticias que generan satisfacción y calman un poco las aguas. De todos modos, tanto los profesionales de la salud como la población en cuarentena tenemos que seguir trabajando y cooperando con las medidas preventivas.

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