Pichaçao, últimos capítulos

 

IX

Carta a Doco de Libra

 

Me enorgullece que los amigos respondan. Que nos encontremos en la misma lucha. Lo mismo le escribí a Shion de Aries (ya te vas a dar cuenta quién es, van a trabajar juntos). Me hace muy feliz ver que el apoyo viene de gente amiga y conocidos que hace muchos años no veo, con los cuales hoy la actual coyuntura política y social que estamos viviendo nos vuelve a reunir para enfrentarla con lo mejor de cada uno de nosotros. Si ese no es un motivo de orgullo, si el reencuentro en las convicciones no es motivo de orgullo, si la humildad y el reconocimiento mutuo que nos vuelve a acercar tampoco es motivo de orgullo, entonces, no sé qué es estar orgulloso. Cuando recibí tu última carta me puso muy contento leer que podía contar con vos. Como no sabemos si las cartas serán revisadas antes de llegar a tus manos, de ahora en más te voy a llamar Doco de Libra.

Ahora estamos en un lugar seguro, pero el ejército -aunque no lo logró- nos persiguió con un helicóptero e intentó atraparnos cerca de los cerros a la altura de Temuco. Recuerdo el momento en que escapábamos y todavía puedo sentir la adrenalina mezclada con el terror. Teníamos que seguir a máxima velocidad hasta que la ruta se metiera entre los cerros, en ese punto el helicóptero no podría seguirnos porque la estrechez y la inestabilidad de las laderas dinamitadas –cubiertas de redes que contienen los derrumbes- se lo impedirían. Remontar vuelo sin perdernos de vista, cuando nosotros comenzáramos a entrar en las montañas, también le hubiera sido imposible. Y así fue. Al helicóptero no le quedó otra que retroceder, retroceder bastante para poder atravesar el obstáculo geográfico por arriba, lo cual le llevó el tiempo necesario para que nosotros dejásemos el auto al costado de la ruta y corriéramos a un refugio cercano, entre los espinillos y las rocas punzantes.

El refugio era una cueva formada por varias piedras de gran tamaño. Daba miedo, por lo menos a mí. Para entrar había que meterse entre dos piedras bastante grandes pero que daban toda la sensación de no estar demasiado adheridas al suelo, cómo si la cueva se hubiera formado hacía poco. Estaba completamente equivocado, cuando le conté mi teoría a Eluney, me dijo que la cueva era un refugio mapuche secreto y milenario, que ningún terremoto había afectado su forma, que la fuerza de la pachamama se encargaba de mantenerlo siempre igual, siempre listo, siempre a disposición de los exiliados, de los perseguidos, de quienes necesiten un lugar donde estar a salvo.

En su interior no había mucho más que un par de frazadas y algunas velas. Eluney nos había contado que traer velas era una de las reglas del lugar: “Si sabí de este lugar y necesitai venir, tení que traer velas para ti y para las personas que necesiten venir en otro momento, ¿cachai?”A los diez minutos después de que entramos, comenzamos a sentir el ruido del helicóptero, y nuevamente una voz a través de un megáfono exigía que nos entreguemos, que todos nuestros derechos estarían garantizados; la aclaración me descolocó por un segundo pero no pude reflexionar mucho al respecto porque empezamos a sentir disparos y gritos, mejor dicho, alaridos, de soldados que parecían festejar estar de caza. Avanzaban quebrando los espinillos y disparando al cielo, queriendo amedrentarnos. Nos perseguían por aire y por tierra. En ese momento pensé que me iba a morir.

Gracias al refugio sobrevivimos al rastrillaje. Apagamos las velas y pusimos una madera que estaba ahí para cerrar la cueva cuando fuera necesario. También había una caja de herramientas con martillo, clavos, herramientas de minería, destornilladores, navajas, piedras de afilar, tornillos, tuercas, y pilas seguramente descargadas pero que se pueden cargar al sol.  Pasamos la noche ahí. Al otro día nos levantamos y empezamos a caminar hacia el paraje del que nos había hablado Eluney. Más que un paraje la casa de los Machi -así se nombra a los chamanes en Mapudungún- es una vivienda que alberga a dos ancianos que cumplen un rol milenario y aseguran que su familia habita ese lugar desde los tiempos de La Batalla de los Pillán.

Caminamos todo el día y llegamos de noche, pasadas las once. Avanzar en la oscuridad con una linterna para tres personas fue difícil; en varios momentos me pareció imposible, pero llegamos. La casa de los Machi era modesta, calefaccionada con una salamandra, tenían una cantidad de leña que a mí me había llamado la atención. Cuando llegamos sentí como si nos hubieran estado esperando, y según Eluney, él no se había logrado comunicar con ellos. Sin embargo, estaban los dos Machis, Inara y Ayun, sentados en unas sillas de paja afuera de la puerta de entrada de la casa a la luz de la vela, porque no contaban con ningún generador eléctrico, dijeron que al último se lo habían robado los carabineros.

Antes de entrar a la casa Eluney se reunió en un costado con Ayun y charlaron unos minutos, mientras Inara nos daba agua y nos preguntaba cómo había sido el camino, si nos había costado demasiado, yo le dije que sí, que hubo varios momentos en los que no soporté el ritmo de la caminata y la irregularidad del suelo. Algunas piedras se veían a una distancia inalcanzable, titilando en un fondo absolutamente negro. El ruido del viento de cierta manera nos hacía sentir acompañados. La mayor parte de las piedras no se veían, te las chocabas, te cortabas, te levantabas y seguías, no quedaba otra. De todos modos, lo peor fue cuando tuvimos que cruzar el arroyo. El caudal era bajo, el agua nos llegaba como máximo a la cintura, pero era helada. Eluney dijo que había que meterse de cuerpo entero, darse un pequeño baño, rápido, sin pensarlo, “que purifica, que es buenísimo para la salud”, decía. Lo hice, y me cagué de frío, pero estuvo bueno. Era de día y no tardamos en secarnos. La fugaz zambullida me alivió la pesadez que había comenzado a sentir en las piernas hacía ya un buen rato.

Basta de digresiones. Vamos a lo que importa. Ya le escribí a Shion de Aries para que se encuentren en el monumento, le dije que vos vas a llevar una remera con la foto de un tigre, una toalla, lo que sea que tenga un tigre, y él va a llevar una hoja impresa con la imagen del primer animé de Saint-Seiya. Se tienen que encontrar cerca de los cañones. Nuestro primer objetivo será pichaçear una parte del Monumento Nacional a la Bandera.

Para pintar el monumento necesitamos: un auto, sogas de treinta metros, cien aerosoles, quinientos litros de pintura, y diez o más personas. Vos vas a estar a cargo, junto con Shion, de reunir a las personas y explicarles cómo van a pichaçear. Los objetivos son simples. Hay que subir al mirador cerca de la hora de cierre, esperar a que se vayan todos, y dormir al guardia con formol (previamente tienen que tirarle gas pimienta para poder ponerle el pañuelo con el somnífero sin que presente demasiada resistencia). Una vez que se lo duerme, se lo baja por el ascensor y se les avisa a las dos personas que esperarán abajo por Avenida Belgrano con un auto para alejar al guardia del monumento, con que lo dejen dormido en la barrancas cerca de las torres está bien. Confío en que van a saber reunir personas de confianza. No deben olvidarse que ustedes no pueden ser ninguna de las personas que pichaçéen, ustedes tienen que proteger a los pichaístas. La pintura y los aerosoles la tiene que ir a buscar a Uriburu al 2028, ya está hablado el encargado del local, es pichaísta, yo ya arreglé con él; sólo tienen que ir a buscar la mercadería. Guarden algunas latas y algunos aerosoles, los cien aerosoles y los quinientos litros de pintura nos tienen que durar para tres intervenciones. En la torre desde el mirador hay que, primero, abrir las latas, inclinarlas apoyándolas contra la pared externa y dejar que el látex negro se deslice lo máximo posible, una o dos latas de cada lado, y después tienen que atarlas latas a las sogas, las sogas a la reja y empujar las latas para que revoten contra las paredes de la torre y así vayan salpicando y manchando la superficie de la misma. En la base se tienen que quedar la mayoría de los pichaístas pichaçeando con la tipología que les adjunto al final de la carta, un verso, uno de los más celebres versos de Paco Urondo: “Empuñé un arma porque busco la palabra justa”.

Después que se encuentren con Shion de Aries esperen un mes, vayan por la pinturas y los aerosoles y recién entonces escríbanme una carta notificándome si consiguieron las cosas necesarias para llevar a cabo la misión. Como dije al principio de esta carta sólo tengo palabras de agradecimiento. Espero que pronto nos reunamos y celebremos nuestro triunfo. Me olvidé de decirle a Shion de Aries cuál va a ser mi nombre de ahora en más, te pido que por favor se lo digas, y que también le digas que pedí que manden una carta firmada por los dos, avisando que ya están listos, no hace falta que manden una carta cada uno, podría dificultar la comunicación. ¡Desenmascaremos al escuadrón anti-pichaçao! Mi nombre de ahora en más es Seiya de Pegaso.

 


X

Carta de Shion de Aries y Doco de Libra a Seiya de Pegaso

 

Nos encontramos con facilidad en el monumento. Ya reunimos las personas indicadas, el auto, las sogas, y fuimos a buscar las pinturas y los aerosoles. Esperamos tu confirmación para ejecutar el plan. Pichaístas, ¡venceremos!


 

XI

Carta de Seiya de Pegaso a Shion de Aries y Doco de Libra

 

Confirmado. Inicien la misión. Pichaístas, ¡venceremos!


 

XII

Epílogo

 

Shion de Aries y Doco de Libra fueron a buscar los aerosoles y la pintura que alcanzaba no sólo para tres intervenciones, como había dicho Seiya, sino para pintar todo el centro de Rosario. Lo único que les impidió picheçear el centro fue la todavía escasa cantidad de pichaístas. Pichaçaron una buena parte del monumento, personas absolutamente comprometidas con la causa, de las cuales cinco dejaron la vida en la pichaçao, como pocos; personas que no se merecen el anonimato porque fueron asesinadas sin piedad en esa noche eterna que el escuadrón anti-pichaçáo se encargó de ocultar hasta el día de hoy.

Yanina Díaz, empleada bancaria, madre de dos hijos, Juliana Muñoz, empelada doméstica, madre de un bebé, Víctor López, repositor en una cadena de supermercados de la ciudad, padre de dos hijos, Gonzalo Vecerra, profesor de historia, Federico Calazo, técnico matriculado en colocación de equipos de GNC, padre de tres hijos. Estos cinco héroes cívicos fueron asesinados sanguinariamente, con total impunidad, obviando el estado de derecho que parece no regir en la Argentina de los narcos, los políticos (que en varias ocasiones son lo mismo), las grandes empresas, el clero, y el escuadrón anti-pichaçao, fiel representante de todos ellos.  Los sobrevivientes fueron aprehendidos, y hoy en día, tres meses después de este asesinato impune, todos siguen privados de su libertad y sufriendo enjuiciamientos absolutamente irregulares. La Queen, militante de los derechos del colectivo LGTB, Jonatan Benítez, estudiante secundario, Julián Moragues, desocupado, padre de tres niños, Marcela Smith, docente, Quique Niebla, productor de seguros, ex corredor inmobiliario, padre de cuatro hijos, Agustina Maraschini, licenciada en educación física. Pedimos justicia por los pichaístas asesinados y exigimos la inmediata liberación de los pichaístas irregularmente encarcelados y enjuiciados.

Un jueves por la tarde, Federico y Yanina subieron al mirador del monumento, esperaron que el sol bajara, que la gente se vaya, y cuando el guardia hizo su recorrido final para cerrar, Yanina se acercó, le tiró gas pimienta y Federico le trabó los brazos con una llave de Kick Boxing mientras lo dormía apoyándole, con ahínco, en sus fosas nasales, un pañuelo empapado en formol. Afuera, cerca de las escalinatas que dan al codo de la curva que dibuja el río Marcela, Víctor, y Julián revisaban sus teléfonos de modo cuasi paranoide, atentos al aviso que Yanina y Federico dieron una vez que lograron bajar el cuerpo del guardia dormido en un ascensor de los cincuenta. Cuando Yanina se asomó a la puerta del hall que da hacia Avenida Belgrano -vio que Marcela y Julián se acercaban a ella, respondiendo a la llamada. Se dio vuelta y fue hasta donde estaba Federico custodiando al guardia dormido. Entre los dos le sacaron la campera y la guardaron en la cartera de Yanina. Marcela y Julián llevaban dos mochilas con dos latas de 20 litros cada uno. Atrás de ellos iba Víctor con una bolso de viaje lo suficientemente grande como para guardar dos sogas de treinta metros de largo, ya que cómo había explicado Seiya de Pegaso no era recomendable una soga que cubriese los setenta metros de altura de la torre del monumento, porque en caso de tener que escapar tardarían mucho para sacarlas y no había que dejar ninguna evidencia más que la pichaçao.

Había que, en primer lugar, abrir las latas y apoyarlas contra la pared para hacer que el látex negro se deslice al ritmo de la gravedad, después sí atar las latas a las sogas y las sogas a la reja que cierra el mirador, la cual, según dice una inscripción hecha en un barrote, fue colocada en el setenta y cuatro, por seguridad y para evitar suicidios. La inauguración del monumento tuvo lugar diecisiete años antes en mil novecientos cincuenta y siete durante el gobierno de facto de Aramburu, no obstante, el proyecto de construcción data desde mucho antes. Una vez que estaba todo listo, tenían que soltar ni tan fuerte ni tan despacio la soga con la lata atada para que esta revote varias veces pintando, manchando, el monumento. Y así hicieron, pero antes sacaron entre todos al guardia dormido, simulando que era un tío borracho que había venido a pasar el fin de semana a Rosario. Por si alguien o algo los vigilaba, salieron riendo a carcajadas y a los gritos. Marcela gritaba y se reía: “Mirá como lo llevan, qué borracho, tío, me rio para no matarte, ¿¡cuánto tomaste después del asado!?. ¿No te parece que ya sos lo suficientemente grande para hacer estas cosas? Y Víctor le respondía continuando la ficción: “…el tío es lo suficientemente… borracho.” Y se reían y gesticulaban, e intentaban disimular el secuestro del guardia.

Una vez que llegaron al auto, Víctor y Marcela llevaron al guardia hasta la barranca en frente de las torres y volvieron lo más rápido que pudieron al monumento, donde mientras Yanina y Federico lanzaban las latas, abajo, en la base, cerca de los cañones, Milagros, Agustina, Juliana, Quique, Jonatan, y Gonzalo, escribían siguiendo el alfabeto que Seiya de Pegaso les había mandado a Shion de Aries y a Doco de Libra. Lograron pichaçear toda la base de la torre, y gran parte de los primero metros, con un ya célebre verso de Paco Urondo que según Seiya es el indicado para desenmascarar al escuadrón anti-pichaçao y para que Frigietti entienda (parece que todavía no lo hizo) cuales serán las próximas medidas a tomar: “Empuñé un arma porque busco la palabra justa”.

La pichaçao como arma es peligrosísima porque excepto en Brasil, en el resto del continente la mayoría de los habitantes desconoce su existencia. Incluso en Brasil persisten los debates en torno a su estatus. ¿Pichaçao: arte o vandalismo? En Brasil las opiniones se dividen claramente y cualquiera puede constatar navegando en internet la existencia de ambas posturas: la que considera a la pichaçao vandalismo y la que considera a la pichaçao una intervención artística. Una de las intervenciones más famosas se dio durante la 28a Bienal Internacional de Arte de São Paulo, cuando cuarenta jóvenes pichadores aparecieron el 26 de octubre de 2008, y comenzaron a pichaçear en las paredes del segundo piso del edificio del pabellón, donde se desarrollaba la Bienal, una de las más grandes muestras de arte contemporáneo del continente y el mundo, en la cual se exponen las obras más destacadas por el mercado y la crítica (que en varias ocasiones son lo mismo). Uno de los jóvenes escribió Abajo la dictadura criticando al arte contemporáneo mainstream, haciendo clara referencia a gran parte de las obras que allí se exponían. Una joven llamada Caroline Pivetta da Mota de 23 años, estuvo presa durante más de cincuenta días por haber participado en los incidentes. El hecho generó varias manifestaciones y reactivó la polémica sobre el acceso a la justicia social, así como sobre el valor artístico de la pichação en el contexto del arte contemporáneo.

En YouTube hay muchos documentales realizados por la televisión brasilera, también por medios de habla inglesa, no obstante, resulta necesario destacar que hoy en día -diez años después de la intervención en la 28a Bienal Internacional de Arte de São Paulo– el material en español disponible en YouTube y en internet es muy escaso. Según sostiene Seiya de Pegaso, la escasez de material en español responde al implacable trabajo del escuadrón anti-pichaçao en los países de habla hispana. Aunque, para ser más exactos, debemos tener en cuenta el hecho de que en la península ibérica parece que el escuadrón anti-pichaçao se está debilitando cada vez más, ya que en internet el poco material fotográfico y textual que se puede conseguir en español proviene de Salamanca. Obviamente, hay excepciones, como por ejemplo, una muy buena entrevista en Joue Magazine –revista chilena- a un fotógrafo que sigue la pichaçao hace años, sin embargo, la realidad es que no abunda el material en español, y claramente urge la necesidad de generar un corpus con el cual se pueda comenzar a trabajar la problemática en y desde esta lengua, ya que en y desde esta lengua la pichaçao también existe.

Cuando Marcela y Víctor volvieron al monumento, los objetivos a pichaçear estaban ya casi todos logrados, el verso de Paco Urondo -en una tipografía realmente confusa para quién no está familiarizado con la pichaçao- se reiteraba por toda la base del monumento y en los primeros metros de la torre central. Víctor preguntó por Federico y Yanina, y Julián le respondió que seguían arriba de la torre; los fue a buscar y cuando los tres volvían a la base, el resto del grupo con Shion de Aries y Doco de Libra a la cabeza ya estaba reunido cerca de los cañones. Se acercaron. Shion de Aries y Doco de Libra estaban felicitando y agradeciéndole al grupo por el trabajo que habían realizado. La Queen interrumpió para señalar que en una ventana de un viejo edificio que da hacia el monumento había visto a una señora que había corrido la cortina y estaba mirándolos con un teléfono en la mano. Agustina dijo que ella también la había visto pero fue interrumpida por el ruido de los balazos que, en primera instancia, según ella misma me contó cuando la entrevisté: “no se podía saber desde dónde venían porque al principio era sólo balas y balas, todavía no habían aparecido las tres trafics con las fuerzas de choque del escuadrón anti-pichaçao.”

Mucho tiempo después se supo que la primera balacera que describió Agustina provenía de la terraza de unos de los edificios que dan hacia el monumento, en el cual vive un integrante del escuadrón anti-pichaçao que alertó a los demás y tomó la iniciativa de comenzar la masacre, porque eso es lo que fue, un fusilamiento a sangre fría, las y los masacraron con la impunidad que sólo el poder tiene. Yanina, Víctor, y Federico fueron ejecutados por el tirador de la terraza, quien le disparó un balazo en la cabeza a cada uno. El nombre del asesino es Leopoldo Lurdes-Ledaismou, o Tripe Ele cómo dicen que se lo conocía en la aduana. Leopoldo Lurdes-Ledaismou es un asesino y criminal respaldado por una parte del Imperio de los Ledaismou, los dueños del norte y de gran parte de Argentina. Las malas lenguas dicen que siempre fue la oveja descarriada de la familia, y que por eso lo mandaron hace ya más de treinta años a manejar los negocios más turbios y bajos de los que la familia forma parte. Leopoldo se encarga de mantener “sanas” las relaciones con ciertos grupos narco-judiciales a los cuales la familia debe rendirle pequeños tributos para garantizar la no intromisión en sus tierras, en las cuales se siembra azúcar, legumbres, se cocina cocaína y se oculta la trata de personas y la explotación laboral. Leopoldo al estilo de los mafiosos italianos de las películas de Scorsese es un gorila pro washington, por ese motivo y por ningún otro se metió en el escuadrón anti-pichaçao, no fue por imposición familiar, ni presión narco, fue por la dura y peligrosa convicción del facho liberal argento. Estuvo detenido dos semanas, y fue puesto en prisión domiciliaria. Su juicio no avanza. Los medios no lo nombran. No fue tapa de Clarín, ni de ningún medio, tampoco fue tema de discusión en los programas de panelistas.

Cuando llegaron las tres trafics blancas del escuadrón anti-pichaçao, Leopoldo seguía disparando. Se bajaron unos cinco tipos de cada una, con pasamontañas, trajes blancos -como el de los trabajadores de los frigoríficos- y metralletas Ak-47. Sólo se bajó uno de los conductores que, según me dijo Marcela cuando la fui a entrevistar al penal, “parecía ser alguien con un rango más o menos alto dentro del escuadrón, porque fue él el que habló y ordenó disparar, era el único que tenía una nueve milímetros. Lo primero que hizo fue tirar un tiro al aire y gritarle al que disparaba desde la terraza que parara. Le hizo caso.” El conductor se dirigió a los pichaístas con una voz que, según cuenta Marcela, daba mucho miedo “no sólo por lo que decía, o el tono, sino por la tranquilidad marcial que emanaba; era una voz de alguien que está trabajando y que no está apurado pero quiere terminar de trabajar e irse a su casa. Quizás sea la voz de un asesino profesional. Se diferenciaba de los demás en que era más panzón y tenía una careta de un payaso con pelo verde. La careta era una de esas de plástico berreta, pero abajo tenía el pasamontañas como todos. Yo supongo que la careta era justamente para diferenciarse entre ellos; no sé si habrá sido el miedo pero en ese momento sentí que el resto de los tipos lo seguían como hipnotizados, o controlados a través de alguna droga o algún tipo de tecnología, no puedo explicar por qué pero sentí eso, pero lo sentí. El conductor con esa careta de cotillón horrenda, dijo que iba a decirnos unas palabras antes de matarnos. Pero en ese momento desde la parte del monumento que da a la calle Buenos Aires dónde está el palacio municipal y la catedral, comenzaron a disparar y derribaron a cuatro hombres del escuadrón, el resto se metió en las trafics. El conductor y evidente jefe de esa brigada, arrancó su vehículo y las otras dos lo siguieron detrás, no lo podíamos creer: se habían ido. La alegría no duró. Corrimos hacía la Plaza Veinticinco de Mayo subiendo esa barranca infernal que hace de oasis montañoso en la llanura, y cuando llegamos arriba vimos que las trafics habían ido en busca de las balas que Shion de Aries y Doco de Libra les acababan de tirar en nuestra defensa. Ahora que repaso la secuencia de los hechos, me doy cuenta que estuvimos bien en subir por Santa Fe porque si lo hubiéramos hecho por Córdoba hubiéramos quedado en medio del enfrentamiento. Llegamos a la plaza por el lado de la municipalidad, ahí fue cuando Juliana dijo que iba a ir a ayudar a Shion de Aries y a Doco de Libra, así desarmada, Gonzalo la acompañó, los mataron a los dos unos pocos metros antes de que llegaran a la esquina en la que Shion y Doco había hecho una especie de barricada con unos tachos y un banco de cemento. Nadie entendía lo que estaba viendo. Shion y Doco les gritaban que no avancen. Vi el cuerpo de Gonzalo moverse una vez hacia cada lado y desplomarse en el suelo, y el de Juliana caer de frente al piso de un solo golpe, de un solo balazo. Jonatan gritó desesperado al ver la escena, los del escuadrón nos detectaron y empezaron a dispararnos a nosotros también, Shion y Doco gritaban que huyamos, que nos vayamos, ellos se encargarían. Marcela era la que sabía dónde estaba el auto -porque había ido con Víctor a dejar al guardia cerca de las torres- pero no hablaba. Estaba en shock. La escena de Juliana y Gonzalo nos había dejado a todos paralizados. En un segundo de lucidez o impulso de supervivencia le grité para que reaccionara, se paró y dijo que la sigamos, bajamos la barranca por Buenos Aires corriendo, mientras las balas nos rozaban los talones, cuando llegamos a Avenida Belgrano nos subimos al auto cómo pudimos (éramos seis) y nos fuimos en dirección sur. Manejaba Quique. A la altura de Pellegrini nos interceptaron cuatro camionetas y tres autos de la policía, nos hicieron bajar y nos arrestaron. Y acá estamos, privados de nuestra libertad y enjuiciados irregularmente, en manos de las influencias del escuadrón anti-pichaçao.”

Agustina fue la que más y mejor contó en la entrevista el momento del ataque del escuadrón, los asesinatos, y el papel de la policía, por eso elegí su respuesta para ponerla en el libro. Lo que pasó después de lo que me contó Agustina, lo supe por una persona que vive en las cercanías de la Plaza Veinticinco de Mayo, y que me pidió que por favor no revele su identidad por cuestiones obvias. Según este testigo, a Shion y a Doco los cargaron mal heridos en una de las trafics, y a los veinte minutos pudo ver cómo otras cuatro trafics llegaban a la base del monumento. Otro testigo que también pidió mantener el anonimato dijo que cuando salió a hacer running a las siete de la mañana como todos los días vio que en el monumento estaban haciendo una limpieza, pero cuando le pregunté si había visto manchas en la torre o en la base dijo que no, que parecía que ya estaban terminando con el trabajo “como si hubieran trabajado durante la noche, quizás sea por una cuestión de los productos que le echan, viste. Tengo entendido que cada tanto lo lavan con hidrolavadoras y después le pasan una especie de impermeabilizante, como un barniz, supongo que no deben poder pasarle esos productos cuando hay sol.”

Según el runner, a las ocho de la mañana cuando volvía de hacer su ejercicio diario, el personal de limpieza ya se había ido y el monumento brillaba como barnizado.

 

Saori Kido

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