Revitalizar las narrativas apocalípticas

En esta cuarentena nos preguntamos qué podemos hacer, le preguntamos a otros qué hacer, les exigimos que nos recomienden películas y series, exigimos algo que llene este vacío, para distraernos, olvidarnos de esta gran catástrofe, del encierro, de la soledad. Buscamos una vía de escape mental a la correspondiente necesidad física, porque sino miramos las noticias y nos angustiamos debido a que sabemos que todo va a estar peor de lo que ya está.

Entonces, como todo está mal y no se nos olvida por más que lo queramos, no neguemos la tragedia que nos tocó atravesar y disfrutemos del vértigo en el que esta situación límite nos pone, porque va a pasar mucho tiempo (espero) hasta que algo parecido, de esta magnitud, rompa la cotidianeidad en la que nos movemos día a día y le agregue un sentido adicional a la mera existencia. Cuando la realidad funciona, cuando la sociedad camina y se desarrollan los procesos históricos, cuando la gente nace, crece, trabaja, tiene hijos y muere, no hay mucho margen para abstraernos de la cotidianidad y mirar al ser humano desde fuera, extrañándose. Esta pandemia, esta crisis global, sólo se nos hubiese ocurrido hace unos meses como algo totalmente surrealista e improbable. Bueno, hoy está aquí, hoy estamos viviendo algo extraordinario, y eso, más que angustiarnos (justificado totalmente), debería entusiasmarnos, excitarnos. Qué aburridas aquellas vidas que no se corrieron un poco de la norma ni que la cuestionaron. Ahora estamos todos corridos, arrancados de la cadena de producción que mueve al mundo; estamos en un momento que marca un punto crucial en la historia moderna y eso debería sernos interesante.

Debemos abrazar la falta de rutina, de orden, y dejarnos llevar, no por la psicosis que propagan los medios de comunicación, sino por nuestro instinto, por lo que realmente nos gusta y dejamos siempre de lado en pos de otras cosas que hacen al mundo social, a lo que los demás esperan de uno.

En este sentido creo que no hay que escaparle a las películas y libros que tratan sobre la muerte y el fin del mundo para no angustiarnos; todo lo contrario, hay que revitalizar las narrativas apocalípticas, volver a aquellas historias que nos han apasionado, y resignificarlas. La próxima vez que volvamos a leer El Eternauta, ya no lo haremos de la misma manera. Es imposible ver a Juan Salvo con su traje atravesando las calles nevadas sin identificarnos y vernos a nosotros mismos cada vez que vamos con barbijo a la farmacia. Imposible no sentir la misma confusión que los personajes de ésta, o cualquier historia, sintieron cuando vieron que las personas morían y no sabían por qué. El terror de ser nosotros “los próximos” surca nuestros rostros como cualquier ficción; los límites se han roto, puede ocurrir cualquier cosa. El peligro está ahí, cerca, y sabemos que la existencia ya no significa lo que antes, porque cobra un sentido de supervivencia que nos une a esos personajes que luchan. Otras personas no luchan, no asimilan la irrupción de ese algo extraño, y son presa del pánico que los lleva a tomar malas decisiones, o ninguna; quedan entregados a lo peor, se resignan a la idea de la extinción y de que no hay salvación. Dichos personajes están siempre presentes, completan el abanico de caracteres psicológicos que se van vinculando de diversos modos con el acontecimiento trágico.

Tal vez la pandemia no tenga las extravagantes características de El fin de los tiempos, no sea un complot para unir a la humanidad como en Watchmen, no suponga la aventura que The Walking Dead, ni la sociedad adquiera la barbarie de Mad Max, pero como nos ha enseñado Children of Men, siempre hay esperanza.

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