Si Bécquer fumara porro

 

En una ocasión me preguntaste:

—¿Qué es la poesía?

¿Te acuerdas? No sé a qué propósito había yo hablado algunos momentos antes de mi pasión por ella.

—La poesía es…, es… —y, sin concluir la frase, buscaba inútilmente en mi memoria un término de comparación, que no acertaba a encontrar.

Tú habías adelantado un poco tu esponjoso cuerpo para escuchar mejor mis palabras; los colorados pistilos de tu estigma, esos cabellos que bien sabes dejar a su antojo sombrear tus hojas, con manicura artística, bajaban hasta descansar en tus cálices; en tus tricomas, húmedos y blanquecinos como el cielo de día, brillaba un punto de luz, y tus olores se entreabrían ligeramente al impulso de una respiración perfumada y suave.

Mis ojos rojos que, efecto sin duda de la turbación que experimentaba, habían errado un instante sin fijarse en ningún sitio, se volvieron instintivamente hacia los tuyos, y exclamé, al fin:

—¡La poesía…, la poesía eres tú!

 

Gustavo Adolfo Bécquer, poeta español del siglo XIX, sostiene en su pensamiento y su modo romántico de concebir la poesía, que la misma es sentimiento; todos los hombres pueden sentir, por ende, todo el mundo tiene acceso a la poesía. Pero eso no quiere decir que sean todos poetas, solo algunos son capaces de escribir poemas. La diferencia entre los poetas y el resto de las personas estriba en que estos son capaces de guardar el sentimiento y evocarlo, atesorar en su memoria diversas sensaciones y, a partir del recuerdo de ellas y no de la propia sensación, hacer surgir el poema.

Lo interesante (el juego) viene cuando le sacamos al poeta español el valor fundamental de un elemento que no pareciera tan central en un idealista romántico, pero que lo es absolutamente, la razón, y se la trastocamos un poco, arrojándolo con los fumadores de hachís que seguramente cruzó en sus bohemias noches en Madrid, o con los pibes en las contemporáneas calles rosarinas de faso y escabio.

“Cuando siento no escribo.” Bécquer le da gran importancia a la razón por ser ella la que constituye al poeta como tal; el mismo escribe en frío, accede a las sensaciones vividas que quiere plasmar a través de la memoria, perteneciente a la razón. Dicho carácter no solo lo diferencia de los demás hombres sino también de la mujer, quien, para su machismo decimonónico, es incapaz de escribir, pues es puro sentimiento. Si la poesía está en todas las cosas (y en la mujer) y para acceder a ella se necesita de los sentidos para incorporar las impresiones que, a partir de sus huellas, constituirán el poema una vez moldeadas por la razón, ¿cómo funcionaría el proceso si esos sentidos estuvieran alterados?, ¿se accedería a la poesía?, ¿dónde reside la importancia del encuentro entre el poeta y el mundo? Justamente en ese entre; la poesía no es un valor puro de las cosas, sino que se produce en dicho choque que genera sensaciones, entonces poco importaría si la percepción está alterada, pues, por un lado no se reconoce una esencia inmanente en las cosas y, por el otro, no se puede acceder a ella, sino a las limitadas impresiones que nos permiten nuestros sentidos.

Así, lo importante no está en el sentimiento (alterado o no) sino en lo que la inteligencia es capaz de elaborar a partir de sus provocaciones. Si la razón está trastocada, no cumple con el cien por cien de sus capacidades y tendría problemas, tanto para poner en palabras y versos esos sentimientos guardados en su interior, como para evocarlos correctamente; por lo que, a partir de mi rudimentario análisis, podría asegurar que para Bécquer el buen poeta sería aquel que tiene a su disposición todas sus facultades y capacidades para el acto creativo, pues alterar la herramienta que lo constituye es acercar al poeta a la figura de la mujer, que siente pero no moldea.

Curiosamente, el poeta rebelde e inadaptado de una época como la del comienzo de la modernidad, contrario a la sociedad mercantil e industrial y opositor a la ilustración, necesita a ultranza de la lógica y la racionalidad para constituir su arte; no puede ir más allá en esa ambición espiritual que pretende romper los límites y las certezas, pues sería un fumón. Si Bécquer fumara porro no sería poeta, y así tal vez le cantaría menos a la desolación del fracaso amoroso. Pero yo me pregunto, ¿acaso no son “a un tiempo / suspiros y risas, colores y notas”, las fumadas, ese lenguaje íntimo que buscaba Bécquer y que daría cuenta verdaderamente de la poesía?

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