Esa delgada línea entre el señalamiento y el oportunismo

¿Cuán complejo es separar el hecho de convertirnos en señaladorxs de quiénes están deconstruyéndose como pueden (absolutamente todxs, porque siempre hay algo no copado nuestro que aún no podemos develar) y notar que hay personas que hacen uso de consignas del feminismo bajo slogans vacíos de contenido para lucrar pasando por encima de otrxs? Complejísimo, pero necesario.

Creo que posicionarnos desde un escalón superior de moralidad, atacando a quienes piensan o accionan diferente a lo que consideramos correcto, no suma demasiado. Léase: la dificultad para comprender a otrxs y sus contextos. En los últimos años noté un par de ejemplos que creo que se vinculan con esta postura y que paso a enumerar.

Primero: ¿por qué negar que alguien pueda elegir ser trabajadorx sexual? ¿No sería mejor contentarnos con que esa persona pueda acceder a derechos laborales básicos como el resto de lxs trabajadorxs? ¿Por qué no se arma el mismo bardo con el empleo doméstico, cuándo casi el 100% de quienes lo llevan adelante son mujeres y, gran cantidad de ellas, se encuentran precarizadas? ¿Acaso resulta imposible que, dentro de las posibilidades laborales que se tengan, alguien pueda elegir el trabajo sexual como su forma de generar ingresos?

Segundo: ¿por qué negarse a tener cualquier vínculo con quienes dicen “defender la vida”? Si bien su pedido atenta contra la libertad de las personas gestantes, seguramente muchxs de ellxs realmente consideran que abortar equivale a matar. Con esto no digo que hay que abandonar el debate ni la lucha por el aborto legal, seguro y gratuito. Tampoco digo que no debemos condenar a quienes egoístamente obstaculizan interrupciones de embarazos, particularmente sobre cuerpos de niñas pequeñas que han accedido a la ILE, cuya integridad física y psicológica peligra, ni tenemos que tolerar atropellos de ningún tipo. Eso no quita que no podamos tratar de comprender que del otro lado puede haber auténticas convicciones.

Tercero, lo más visibilizado en los últimos tiempos, la cuestión de la cancelación. La decisión acerca de quiénes entran o no en el listado de aceptables para ser queridos o machirulos sin retorno. ¿Con la misma vara medimos a Baby Etchecopar y a Facundo Arana? ¿A Sofovich y a Andy Kustnetzoff? ¿Si todo es igual de grave, qué es lo realmente imperdonable y qué es aquello que con el tiempo puede modificarse para bien? ¿Es lo mismo ver desde el aquí y el ahora el humor de Francella, de Coco Sily y de Olmedo?

Hay algo que creo que es diferente, pero que de alguna forma se vincula con todo esto anteriormente descrito. Y es hacer uso del feminismo de forma totalmente interesada para ocupar espacios de privilegio sin tener en cuenta a lxs demás. Y no solo eso. Acusar de poco sorora o de no deconstruídx a quien haga cualquier mínimo comentario al respecto.

¿Por qué nos haría malxs feministas cuestionar que en determinados espacios se priorice lo físico por sobre otras cosas en las mujeres y no ocurra lo mismo con los hombres? ¿Por qué sigue siendo un requisito de ingreso a determinados ámbitos laborales tener un cuerpo hegemónico si se es mujer? ¿Qué pasa con quiénes se embanderan detrás del amor propio invisibilizando activistas de la disidencia corporal, que desde hace muchísimo pelean por la visibilización de la diversidad de cuerpos? ¿Visibilizar la disidencia se concreta a través de la invisibilización de la misma? ¿Qué hacen quiénes no forman parte de la hegemonía? ¿Se aman a sí mismxs? ¿Se callan y se la bancan? ¿De dónde viene ese tipo de disciplinamiento que dice que tenemos que tolerar sin chistar aquello que nos hace ruido para que otrx no se ofenda? ¿Y qué pasa cuando ese otrx es quién justamente, a través de un feminismo que va de la boca para afuera, forma parte del mecanismo de invisibilización, exclusión y disciplinamiento hacia quienes no cumplen con determinados estándares de belleza? ¿Esta persona es víctima o victimaria? La verdad es que no lo sé. Tal vez un poco de ambas. Pero que no pretenda que el resto no cuestione lo establecido.

“Si todo es feminismo, nada lo es” vengo leyendo ya hace bastante y coincido. Porque el feminismo, como cualquier movimiento, está plagado de disputas y desacuerdos. No tiene por qué ser algo homogéneo, lo cual es fantástico. Si fuese así, seguiríamos las mismas lógicas patriarcales de otros espacios en donde hay que guardar silencio ante las injusticias en pos de algo que parece estar por arriba nuestro y no de forma transversal.

¿Poniéndonos críticxs con quienes dicen ser feministas en la teoría, pero en la práctica sus acciones dejan mucho que desear no es lo mismo que señalar a quienes piensan y actúan de forma diferente a la que creemos correcta? Yo creo que no. Hacer un señalamiento de una situación no es lo mismo que señalar a alguien. En los tres primeros casos puede llegar a existir una observación de cuestiones con las que no se concuerdan, pero cuidando evitar caer en el ataque hacia la persona y tratando de comprender los diferentes contextos desde los que se habla.

Pudiendo comprender los contextos, se puede pensar que en esos tres casos existe una coherencia. Elegir un trabajo o militar una causa entran dentro del orden de lo coherente. Lo otro es cotillón y no es sincero. Es hacerse pasar por progresista para obtener beneficios personales. Aclaro que creo que tampoco es comparable con cuestionar a quienes dentro del feminismo tratamos de ejercitar la deconstrucción día a día. Hay una intención de reflexionar e ir modificando aquello que creemos que debemos cambiar, es un ejercicio cotidiano. Y por sobre todas las cosas, no es careta. Se banca la contradicción de la propia existencia que nos hace humanxs.

Ahora viene lo más tremendo de todo. Muchas veces pude percibir como aquellas personas, que bajo el pretexto del feminismo oprimen a otrxs ocupando lugares de poder, son lxs primeros en vigilantear a quienes no están deconstruidxs o están en proceso de hacerlo. Es decir, volvemos a los primeros puntos ya harto mencionados. El dedito señalador hacia quienes no están en la misma sintonía, el ataque desmedido a quienes no piensan lo mismo. Será que la imposibilidad de ponerse en el lugar del otrx les impide no solo hacer autocrítica acerca de la hipocresía con la cual se manejan, sino bajarse del pony de la policía de la moral. ¡En qué loop nos hemos metido! Cuesta desenredar, pero hay que meterle. Y seguir haciéndonos preguntas. ¿En qué tramo de la línea estaremos?

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