Qué quemar: el monte o el sistema

Ayer nomás ardió el pueblo

por la tierra y por el mar,

y la fogata en el valle

no estaba de solo estar.
Armando Tejada Gómez,
Fuego en Animaná.

 

La pregunta del millón es ¿dejamos que el fuego acabe con todo o prendemos fuego nosotrxs lo que corresponde?

Encender una fogata

El incendio al que se refiere la canción folclórica ochentosa que figura en el epígrafe no fue como el de las islas. No quemaba, no se veía de lejos. Sin embargo, trascendió en la historia, porque un poeta popular lo contó, y porque detrás de la chispa estaba el pueblo. Animaná se encendió en 1972, en un gobierno de facto. Ardió, sí, pero las llamas de las que habla fueron en realidad cortes de calle, asambleas, debates y tomas. ¿Tomas? ¿Tipo toma de Facultad? Sí, claro. Sólo que en esta localidad de mil habitantes perdida en los Valles Calchaquíes no había universidad, así que tomaron la comisaría. Y la municipalidad. Y la bodega, que era el origen de los conflictos. Y marcharon a Cafayate para pedir la liberación de dos líderes sindicales, presos por reclamar seis meses de salarios que no se pagaban, no por falta de dinero sino por un desacuerdo entre los ricachones dueños de la empresa.

No hubo fuego en Animaná, ni represión. No hubiera trascendido si uno de nuestros más grandes poetas folclóricos no se hubiera animado, en plena dictadura de Lanusse, a tornarse cronista de una pequeña revolución que no fue obra de intelectuales sino de la gente de a pie, personas como vos y yo que se indignaron un día. 

Me gusta pensar en el “fuego” de Animaná —que no fue fuego— para encontrar el camino sobre qué hacer con estos incendios que sí existen y que están arrasando la poca biodiversidad que queda en nuestro territorio, el Abya Yala, lo que luego occidente denominó América. Muchos ironizan diciendo “¿por qué se quema el humedal y no los campos de soja?” Es muy simple, porque allí hay algo que destruir y es la vida que queda. La vida reside en donde hay diversidad. Los campos de soja, el desierto verde, ya están muertos. No hay nada que quemar allí: el glifosato, el 2-4 D, el endosulfán, las atrazinas están liquidando la porfiada vida que aún intenta asomarse en algún relicto. Todo se está rindiendo a los pies del agronegocio. “Pero es que necesitamos divisas para salir de la crisis”, dirá algún funcionario.

La crisis

¿Cuándo empezó la crisis de la que todo el mundo habla? Mi abuelo era chico y ya se hablaba de ella, es probable que desde 1929 el mundo no deja de andar a los tumbos. Es una verdad a medias: esa es la crisis occidental. La de los pueblos originarios de estas tierras empezó en 1492 y aún no termina, porque su lucha sigue vigente. Su existencia contraría, terca, los deseos del conquistador, aunque también la colonización siga vivita y coleando. El plan fue borrar todo lo que en estas tierras no fuera europeo y chupar, extraer, mamar, sorber, toda la riqueza que encontraran a su paso. Después de 528 años aún quedan restos del banquete: una rica biodiversidad en los sectores no deforestados del Amazonas, culturas originarias andinas, patagónicas, centroamericanas; hay tierra para arrasar, hay personas para explotar, hay mujeres para sostener el sistema.

El extractivismo

¿Qué es el extractivismo? No te rompas la cabeza, la respuesta es simple: todo.

El extractivismo es todo lo que el sistema capitalista, colonial y patriarcal utiliza para sobrevivir, y está en todos los planos. “Tenemos que generar divisas”, y someten a la tierra (que no necesita más que ella misma para producir nuestro alimento) a un modelo de producción claramente insostenible basado en tomar lo máximo de su antigua riqueza mediante venenos y químicos, el “agronegocio”, que en lugar de alimentos produce commodities, mercancías del comercio internacional. ¿Por qué no se puede sostener? Porque tarde o temprano se van a enfermar y morir los que producen, y además el suelo va a decir basta. “Necesitamos energía”, dicen, y como se agota el petróleo deciden inyectar a presión agua con veneno a profundidades inimaginadas para quebrar la roca y poder sorber de ella el negro elixir. Luego suele haber terremotos: daños colaterales del fracking, qué le vas a hacer. “Necesitamos minerales”, y bueno, qué problema tienen en abrir cráteres ciclópeos, digerir con cianuro la roca y listo: ya está el mineral, casi todo para exportar. Pero luego del proceso quedan millones de toneladas residuo tóxico, “barros residuales” los llaman, una especie de caca de la que hay que deshacerse. ¿Qué inodoro hace falta para apretar el botón y que desaparezca? No se va, ¿no? 

Pero si vamos a hablar de extraer, falta lo mejor. El sistema funciona de modo inteligente: en el planeta hay muchas cosas para sacarles el jugo pero la mayoría no tiene reemplazo, corre el riesgo de agotarse y, de hecho, es lo que está sucediendo.  Pero hay un “bien” (en la mirada del capitalismo) que no se agota jamás, al contrario, se reproduce y con los años cada vez más: el ser humano. Por eso, el extractivismo se verifica también en cada persona asalariada; es la plusvalía que descubrió Marx, algo así como una entrega cotidiana de energía vital de un individuo para que la acumule otro. Está en las fábricas, en la invisibilizada explotación que viven les chiques de repartos en bici (1), en el escándalo mundial de las maquiladoras de México (2). También lo vamos a encontrar en las relaciones de poder que creó el patriarcado en su desventurada empresa dominadora: el capital originario con el cual los varones europeos fueron capaces de convertirse en la primer burguesía proviene en gran medida de extraer hasta la última gota de energía y trabajo a las mujeres que les engendraron y criaron a los hijos que los sucederían en un ciclo que, creyeron, no tenía fin. Solo que no tuvieron en cuenta que ellas los iban a parar. La movilización de las mujeres fue lo mejor de lo que va del siglo: poniendo el cuerpo, creciendo en número, tomando las calles. Sólo se le podía oponer algo atroz, determinante, algo más fuerte que un toque de queda, y apareció el virus. O el relato del virus.

Dos, tres, muchos Napalpí

Es en este año, y no en otro, que la tierra sufre el avance del agronegocio. Nunca antes hubo tal ensañamiento con lo que resta de tierra virgen y biodiversidad, y es evidente que la impunidad lo está permitiendo. Lo que preservó la Ley de Bosques (desde las plantas y fauna hasta las comunidades originarias que los habitan) ahora se rinde a los bidones con nafta. Hace 96 años hubo una masacre en Napalpí, Formosa: una comunidad con integrantes qom y moqoit que fue despojada de sus tierras fue destruida por el Estado. Los habían amontonado en una “reducción” de unas pocas hectáreas luego de quitarles miles para entregárselas a estancieros. Los encerraron en lugar tan pequeño que no podían cazar y recolectar, sólo cultivaban algodón (un cultivo ajeno a la zona que había impuesto EEUU a latinoamérica dos años antes) y trabajaban en obrajes madereros. Cuando se manifestaron para que no les quiten un porcentaje del algodón producido, decidieron eliminarlos. El brazo armado del Estado, la policía, fusiló a más de doscientas personas. Mujeres, hombres, niñes, ancianes murieron y luego se los quemó y mutiló. Está claro que el algodón fue la excusa: lo que querían era eliminar la memoria. 

Lo que pretende el sistema hoy no es diferente a lo que sucedió allí: que ya nadie guardiane los montes, que la tierra pueda ser arrasada sin límites por este amo voraz.

El sistema

Cuando decimos “sistema”, ¿a qué nos estamos refiriendo? Es una larga historia, pero para resumir, es una forma de organización de la vida en la que todo se ha transformado en una mercancía: tanto el trabajo de las personas como lo necesario para que subsistan se compra y se vende. Y para vender, la publicidad tiene que llegar a tus ojos (4), porque en el consumo está la clave de todo. El sistema es un gigante con pies de barro. O mejor, se sostiene sobre columnas hechas de una mezcla de arena con un adhesivo invisible e intocable. Lo que hace que se sostenga el sistema somos nosotres. Somos los granos de arena de ese concreto ficticio y el adhesivo es la costumbre. Cada persona que ejerce el acto de comprar decide, en ese momento, sostenerlo. Por eso el título plantea la alternativa ¿Quemamos el monte o quemamos el sistema?, porque, sin quererlo, cuando consumimos ayudamos a quemar el humedal y el monte. Cada vez que consumimos jarabe de maíz de alta fructosa (5) (adictivo y destructor del hígado) estamos sosteniendo la depredación del agronegocio, cada vez que comemos carne de feed-lot, también, porque incorporamos maltrato animal. Harinas procesadas, menos monte y menos humedal. Lecitina de soja, menos monte y menos humedal.

La buena noticia sos vos

Lo mejor de esta historia es cómo se acaba con ella. Porque podemos decidir salirnos de los circuitos de consumo, cualesquiera que estos sean. Desde la energía hasta el alimento, desde la vestimenta a la vivienda, todo tiene una alternativa que no alimenta al monstruo. Circuitos de comercio justo, como el que nuclea la Cooperativa Mercado Solidario; alimentos agroecológicos, presentes en las ferias de las Plazas San Martín, López y Alberdi (y muchos lugares más) (6), cosmética natural (7), bioconstrucción (8). Hay otra forma de nacer, no comercial: averiguá quiénes son Casilda Rodrigáñez y Michel Odent. Hay otra forma de curarnos, fuera del pensamiento colonial occidental: grupos que hoy se curan a partir de la sabiduría de los comechingones de Córdoba y los chaná de acá, de la isla enfrente de Rosario. Una tienda y casa de comidas, Poroto Santto, sigue esa línea de alimentación y cura, pero hay muchos más lugares. Hay otra forma de usar la energía (9), es cuestión de cambiar el “chip”. Seguramente, alguna de estas cosas la estás haciendo naturalmente, casi en forma inconsciente. Es imprescindible seguir ese curso, no es en vano. Trae alguna incomodidad y muchos descubrimientos. Los pueblos originarios, esos que quieren borrar del territorio, tenían la posta. Sus comunidades vivían en equilibrio con la naturaleza, se alimentaban sin depredar, cultivaban sin venenos y se curaban sin medicamentos. ¿Se comprende por qué incomodan? 

Ése es nuestro pequeño fuego de todos los días. Hay que alimentarlo, corriendo la voz, descubriendo, aprendiendo, descolonizándose. También hay que poner el cuerpo, como lo puso la comunidad de Animaná, que hizo historia frente a la dictadura hace casi 50 años. Ese tiempo, el de poner el cuerpo, también volverá, para bien de la humanidad. Mientras tanto, recordate granito de arena de una mole tremenda, adherido apenas por la costumbre y que si querés, te salís. 

“Sepan los que no han sabido

que no estoy de solo estar,

que estoy parado en el grito,

bagualero del Pujllay”

 

(1) http://revistaanfibia.com/cronica/capitalismo-traccion-sangre/

(2) https://www.lamarea.com/2015/04/13/27-millones-de-personas-son-victimas-de-explotacion-laboral-en-las-maquilas/

(3) Según datos del Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sustentable, a partir del año 2007 se ha desacelerado notablemente la deforestación, pasando de más de 700.000 hectáreas deforestadas en ese año a alrededor de 200.000 en 2018.

(4) ¿Ya viste El dilema de las redes sociales?

(5) Buscalo en cualquier etiqueta de productos industrializado como “JMAF”

(6) https://feriasverdes.com/categoria-producto/productos/verduras-agroecologicas/ y en Suelo Común/Huerta de mi Tierra

(7) En el Almacén de las Tres Ecologías, Paraguay y Wheelwright, sobre la costa del río.

(8) Hay experiencias en la Facultad de Arquitectura y muches profesionales que tienen proyectos en marcha. Visitá “Proyecto Activando” en Zavalla, un lugar de producción agroecológica donde además construyen sus casas de esta manera.

(9) Acercate al Taller STS

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