Reseña Octaedro 2015 d.C

El Octaedro entre el territorio y la disputa de la belleza

Luego de varias puestas en escena a lo largo de los últimos años, el final de un complejo 2020 nos despide con la publicación de Octaedro 2015 d.C en formato libro publicado por La Ciudad de Las Mujeres. Carla Saccani, responsable de esta obra teatral desplegada en tres actos, retoma el laburo con la editorial siendo ya antecedente su poemario Trece (2019).  En ambos textos, separados por su carácter genérico, convergen las singularidades de su autora: la exaltación performativa y declamatoria de una pluma firme en su lineamento político y estético que, gracias a esa coherencia, se permite oscilar entre las ya difusa línea de la historia y ficción; entre el antagonismo negacionista que se quiere inculcar a la intimidad monstruosa del sujetx poético y la publicidad de una postura militante y mordazmente crítica frente a la coyuntura, no sólo nacional sino también regional. El mismo barrio del Octaedro, nuestro territorio protagonista omnipresente y espectral, es una representación de nuestra ciudad, una mímesis de una totalidad recortada ingeniosamente en unas pocas locaciones y desde un lugar periférico. El Octaedro parece un anagrama metafórico del Matadero de la Convalecencia escrito por Echeverría, pero con ciertos tropos invertidos. En primer lugar, la marginalidad del barrio no desborda hacía el centro de la ciudad, como ocurre en el Matadero, sino al revés. La zona escrita por Saccani empieza a ser intervenida con centros de belleza, se presenta una remodelación de lugares como la Mansión y el Telo, teniendo al centro de la ciudad de Rosario como referencia. La identidad propia del lugar empieza a ser afectada por la participación de personajes como Liliana, quien dirige un Spa recién fundado en el barrio y busca hacerse lugar en la militancia barrial de su marido y suegra brindando cuidados estéticos a las vecinas del Octaedro. Es importante ver cómo la figura de Liliana es incomoda para Teresa, su suegra y representante de una visión militante más tradicional, propia del siglo pasado, como veremos más adelante, y repone una pregunta elevada a oídos sordos, como un silogismo trunco: ¿Por qué la belleza inquieta cuando se presenta en las clases más bajas? Seguramente se piensa que por el hecho de no ser algo “vital” para la existencia no se debe tener en cuenta como asistencia social. El cuidado estético es una obsesión latente en las clases medias y altas. Sin embargo, la agenda política en nuestro país de los últimos veinte años viró alrededor del cuerpo, del cuerpo como gestor, del cuerpo y su identidad, de la expresión del cuerpo como sujeto amante, como sexualidad disidente, entre otras. La importancia del cuerpo como espacio político deja atrás las nociones antiguas de jurisprudencia territorial que poco importan en un mundo de bordes desdibujados por la globalización. La disputa ya no está en las tierras, sino en las mismas personas. Entonces el gesto aparentemente naif de Liliana pone en relieve el carácter clasista de la belleza como un debate que todavía no se termina de dar.

El deterioro del Matasiete y la territorialidad como ofensiva

La otra reversión de tropos que se da entre el Octaedro y el Matadero la podemos observar en la figura del masculino que utiliza el machete. Frente al Matasiete verdugo y viril tenemos a Tito Molleja, el capo del narcotráfico venido a menos por la manipulación y la paranoia producida por una traición que se cuece alrededor suyo y pone precio a su cabeza. En los tres actos del texto vemos cómo es reducido el poder masculino y heterosexual dominante. Ambos degüellan y saben hacer uso de la violencia, pero los tiempos son distintos. En el Octaedro, la masculinidad y sus representantes son venidos a menos debido a la imposibilidad de poder controlar el territorio frente a la capacidad que tienen las mujeres (y los cuerpos feminizados) de armar alianzas para sobrevivir a la violencia reinante del lugar. Me gustaría para este punto tomar el trabajo de Rita Segato (2014) que postula la noción de pensar al cuerpo de la mujer como un territorio de disputa en los conflictos bélicos. Desde las guerras tribales, pasando por la colonización de nuestra América, las nefastas conclusiones de los enfrentamientos pasan por la afectación de los cuerpos femeninos del bando vencido que se despliegan en la apropiación de la mujer como esclava, concubina y cuerpo gestante, pasando por violaciones y otros actos de dominación mucho más crueles que solo buscan hundir el estandarte del vencedor sobre el estado moral del pueblo contrincante. Bajo la violencia sexual se busca expresar autoridad, señorío y un acto de apropiación en el cuerpo femenino, que fue tradicionalmente entendido como cuerpo frágil, cuerpo no guerrero. En Octaedro, texto territorial como venimos analizando, la categorización de territorialidad en las mujeres es un gesto empoderante y mediante esta noción pueden tomar cartas en el asunto del declive del aparato paraestatal que sostiene el barrio. Clave para entender esta idea es el personaje de Gladys quien se identifica como la responsable de la creación del Octaedro.

GLADYS.— La que armé todo esto fui yo. Todos ustedes, pendejos de mierda, no serían nada si no hubiera puesto el culo yo, para todos lados, como lo puse.

Además de ser la madre del Octaedro, Gladys es tia de Hugo, mano derecha de Tito. Aquél en conjunto con la mujer de su jefe planean entregarlo a las autoridades para tomar el control de la organización criminal. Gladys hace uso de una infalible intuición y descubre los planes de Hugo y Georgina y confabula con Olga para salvarse tanto a ella como a Tito. Este, mientras tanto, deambula nervioso por las escenas, perdido y temeroso, sin capacidad de acción salvo la de degollar los gatos que misteriosamente volvieron a aparecer por la zona. Tito como narcotraficante representa las nuevas maneras en que aparece hoy los conflictos bélicos en la actualidad. Las guerras y las facciones cobran una apariencia menos oficial que ya no pasan por conflictos entre gobiernos o administraciones, sino se presentan en disputas privadas, por hechos criminales supuestamente aislados, pero extrañamente similares en todo el mundo, como si estuvieran interconectados de algún manera u otra. Los sujetos bélicos, sobre todo los vinculados a la criminalidad, pierden ese carácter oficial, no representan al estado sino a intereses privados y de esta manera las nociones de honor y dignidad se recrudecen. Gladys menciona que Georgina fue raptada por Tito. Podemos pensar que la traición por parte de Georgina se alimenta también de este hecho. Sin embargo, este recrudecimiento y violencia en Tito se presenta ante nosotros como impotente. Como un pasado que no se puede mantener en el presente. Lo mismo pasa con Heidi, el encargado de los medios de comunicación, entre ellos el noticiero De 12 a 14. Heidi está a punto de caer en la bancarrota y en cana debido a los encubrimientos y las múltiples deudas que no solo marcan su persona jurídica sino la de sus dos hijas. Una vez más, tenemos a Olga su mano derecha como la capaz de actuar frente al declive y aspira a controlar los medios a nivel nacional fuera de Buenos Aires. Todo esto gracias a la alianza con Gladys. De esta manera se superpone la territorialidad de la mujer a la violencia del hombre. Gladys en la defensa de su propio trabajo y Olga influida por el deseo de expansión. En Octaedro 2015 d.C., la actuación de los hombres que se expresan por la violencia queda imposibilitada ante la performatividad de las mujeres que se sirven de su identificación territorial para sobrevivir y expandirse. Es más, resulta muy llamativo que Tito solo puede cobrar venganza solamente cuando deja el cuerpo de hombre y se viste como mujer al final de la obra.

Claudia y las nuevas identidades trans en el siglo XXI

Me gustaría apuntar algunas observaciones sobre el personaje de Claudia. Ella es el personaje central en esta obra, con su “resurrección” representa la contraofensiva de la violencia del hombre en el cuerpo de la mujer. El 2015 d.C representa la vuelta de ella al Octaedro luego de haber sido trasladada en contra de su voluntad al Paraguay como prostituta y haciéndola pasar por muerta. Ella es parte de la secta de Los Héroes de la Fe, la cual entre sus líderes hay personas transgénero, entre ellas ella misma, liderando a un grupo de feligreses numerosos entre los que se encuentra mucha gente del barrio. La secta es una mezcolanza entre evangelismo y show de talentos donde ocurren números musicales y se imparte un mensaje de esperanza. El poder de la secta es tal que una agrupación de izquierda llamada La Baso busca aliarse con ellos para poder llegar a conseguir banca en la cámara de concejales. Claudia, por lo que deja entender, era la líder indiscutida de la secta por lo que fue borrada de la mesa chica gracias al accionar de Tito Molleja que es su hermano con la complicidad de Sandra, su mujer, Luis María y Mónica, lxs cuales quedaron como jefxs de la secta. Lo interesante de la figura de Claudia como persona trans, como sujeto femenino, es la capacidad de gestión de poder político que es codiciado por organismos militantes más tradicionales. En la actualidad, la identidad dentro de los colectivos sociales tiene más importancia que las ideologías que éstos pueden contener. El valor de pertenencia, en la afiliación, en el “existir como rebaño” (Segato, 2014) tienen más fuerza que los proyectos políticos más complejos y utópicos. La idea del hombre nuevo proveniente de los sectores de izquierda latinoamericanos y todo el cambio que impera alrededor de este queda apartado en un presente en el que la política pasa por los cuerpos y no por un territorio. Claudia representa la visibilización de las nuevas subjetividades frente a la política. Pensemos en los personajes travestis de Puig y Lemevel. Tanto la Loca del Frente (Tengo Miedo Torero) como Molina (El beso de la mujer araña), son sujetxs marginales, desplazadxs por no corresponderse a la norma binaria en la cual el hombre heterosexual es la voz de la razón. Ambxs llenxs de un sentimentalismo desbordante y menospreciados por sus contrapartes masculinas militantes y universitarias como no aptxs para la política. Nadie puede negar la homofobia presente en la revolución de mediados del siglo XX y resulta hasta justiciero ver cómo las influencias cambiaron en la actualidad y cómo el debate se torna en otra forma, donde ciertas voces dejan de ser conducidas y mediadas para tomar protagonismo. Tanto Molina como La Loca son menospreciadas y solo se les permite una colaboración liminar, sin llegar a estar completamente adentro de la militancia o del accionar político. En el Octaedro estuvo a punto de ocurrir lo mismo, pero la resurrección de Claudia revirtió la manipulación de su territorio eclesiástico, de su influencia social como líder religiosa, para ser ella participante activa de la política. Claudia representa esta centralización de las subjetividades disidentes, que siempre estuvieron ahí pero que fueron acalladas como anómalas y solo se le dieron voz en los proyectos políticos de forma accesoria, como un simple instrumento para llegar a determinados fines.

Detengo un análisis interminable de la multitud de aristas que tiene Octaedro 2015 d.C para que el lector mismo encuentre las suyas. Carla Saccani demuestra una vez más una rigurosidad de escritora y militante tan contundente que es capaz de crear personajes monstruosos, tan monstruosos que parecen reales. No quise hacer referencias a nuestro presente porque los hechos están a la vista, desde la fecha en que ocurre la trama hasta las alusiones a diferentes figuras de nuestra política actual. Eso sí, la operación que demuestra esta obra es clave: Octaedro es un golpe de coherencia para nuestro accionar político que debe ver más allá de la representatividad política en un Estado cada vez más débil en su jurisdicción, en el que las decisiones que más nos afectan como ciudadanxs no pasan tanto por la oficialidad de las cámaras sino por los acuerdos en negro entre diferentes grupos de poder como lo son los grupos religiosos, los medios de comunicación y las organizaciones criminales. Una puesta bajo la lupa de nuestras contradicciones más fuertes, el barrio del Octaedro como toda buena literatura sabe ser historia y estética al unísono.

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