La esquina del agote II

“Yo me puedo recorrer todas las villas y te digo:

todos los pibes conocen a Dios”

Hacetreintaañosquetomomerca dixit

El universo tiene sus ciclos; las personas, las cosas, los eventos aparecen, desaparecen y vuelven a aparecer, en una repetición que parece no tener final.

Hoy estoy de buen humor porque, después de no vernos por un mes, quedé para vernos con mi amigo un rato después del mini. Pero por otro lado, hoy, nuevamente, apareció “hace treinta años que tomo merca”. Ese hombre, ese día en que por primera vez vislumbre su rostro, fue la confirmación de que todas las situaciones del mundo eran posibles en ese mini, un aleph propio en el barrio Agote.

Ya había pasado largo tiempo de aquel primer encuentro. Un mediodía llegué al trabajo y en una mesa cerca de la ventana estaba sentado un hombre canoso, con una remera negra, pantalones a rayas y un morral. No lo había visto antes. La Quilmes que estaba tomando tenía ya sus últimas gotas. Otra Quilmes, dos, tres hasta las cuatro, hora en que Ema salió de trabajar. Ema, hoy tus días en el mini terminaron, y un poco que menos mal, porque con el olor a humano que cargabas últimamente y este nuevo ventilador que apunta al mostrador y me trae todos los aromas, nuestra convivencia hubiera sido penosa, más para mí que tengo esta insufrible nariz de perfumista. Pero ese mediodía era casi invierno y vos todavía venías y saludabas a todo el mundo, y el otro estaba bastante chupado y ansioso de charla, así que fuiste el compañero perfecto. Hiciste las preguntas correctas, bueno, casi ninguna porque el otro tenía más ganas de contar su historia y su filosofía que vos de tomar merca. O no, pero primero charlar y después a los asuntos.

Ese día había salido de una granja de rehabilitación, ese mismo día se instaló con una Quilmes y ese día, día en que lo “liberaron”, día en el que le dijeron “volvé a tu ciudad, volvé a tu trabajo, volvé porque vos volviste a estar habilitado como el resto” y se encontró con vos. Te estaba buscando, estaba buscando a alguien como vos, Ema: manija, sin plata y con dos o tres contactos. A ustedes se les sumó el viejo, el hombre más idiota que conocí y al único que le grité de todos ustedes. Y los tres fueron la santísima trinidad de la manija.

Te dio mil quinientos pesos que el viejo y vos se llevaron lejos cuando el transa de acá a la vuelta no estaba. Le dijiste que esperara ahí y él se quedó confiado. Pasó una hora y mi amigo me pasó a buscar. Se compró un Citric para hacer tiempo y se sentó, sin querer, cerca de treintaaños que, al tenerlo en su campo de visión le dirigió un monólogo que retumbó en todo el mini. “Hace treinta años que tomo merca, treinta años ¿Creés que voy a dejar de tomar? ¿Adónde se fueron esos hijos de puta?”, on repeat. “Gordo, venite acá, a la dirección que te digo, estos hijos de puta me cagaron mil quinientos pesos que les dí para comprar merca, vení, vamos a hacerlos cagar” se escuchaba que le decía a un tal “gordo que, me imagino habrá estado emocionado de escuchar a su amigo después de tanto tiempo y que ahora tenía la dicha de poder reencontrarse con él en el mini. ¿Habrá sucedido el reencuentro con el gordo? Me fui antes de presenciarlo. ¡Qué emotivo hubiera sido! Igual me enteré que esa noche treintaaños no quedó solo, lamentándose por el dinero perdido, sino que ganó una bolsa y dos compañeros para cuando estuviera por el barrio. Un poco, más que poco, bastante, me hubiera gustado que Ema y el viejo se hubieran fugado con la plata en un auto de esos antiguos, nuestras Thelma y Louise de la terminal. Pero otra hubiese sido la historia.

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