Category: Crónica

Trapitos al sol

Escribe: Mile Schilman

 

 

Trapitos al sol

Eduardo, un sobreviviente de Coronda que da la vida por su viejo

I.

Mediodía soleado. Estamos sentados en un banquito frente al bar “Nicasio”. Los treinta grados de este octubre que anticipa el verano se comienzan a sufrir. Eduardo, conocido también como El Edu, habla y sacude su trapito. Se lo pasa de una mano a otra y por momentos lo agita, como reivindicando su derecho a estar ahí, en pleno Boulevard Oroño haciendo lo que puede para ganarse unos mangos. Me dice que ser cuidacoches no es un trabajo, que ha tenido varios, pero que ahora, con 39 años, lo considera un acto de supervivencia.

Cuenta: “Yo hago de todo: albañilería, pintura, acá también lavo los autos, hasta he salido a pedir. Este estudio jurídico que ves enfrente lo pinté yo el año pasado. Cobro barato, esa vez $2000 por todo”. Pide únicamente que se le compren los materiales y asegura que en dos días termina el trabajo.

Por calle Salta, en donde hace un tiempo estaba ubicado como cuidacoches, también pintó un negocio. “Y bueno, antes, hace mucho tiempo, también salí a robar. Estuve preso cuatro años: primero en la Unidad 3 y después en Coronda. Ahí aprendí un montón de cosas. Sé hacer muebles y esos barcos que van adentro de botellas chiquitas”, enumera.

Dicen las malas lenguas que el año pasado Eduardo debió dejar de cuidar vehículos en calle Salta entre Callao y Rodríguez tras tener la poca suerte de llevarse del asiento del auto el bolso de la hija de un comisario. Él, en cambio, niega esa versión. No recuerda muy bien qué fue lo que sucedió en ese entonces.

La Unidad 3, ubicada en Zeballos y Richieri, la cual se conoce como “La Redonda”, dejó de funcionar desde mediados de este año tras 130 años de actividad. Ahora está vacía y la idea a futuro es desarrollar un plan de viviendas que tenga anclaje en la inclusión.

El cuidacoches relata que cayó preso en el año 2001 y que estuvo presente en la masacre de Coronda que ocurrió en el 2005. Allí hubo un enfrentamiento entre dos bandas que trajo como consecuencia muertos y heridos de gravedad. Víctimas en manos de armas blancas, gente quemada viva, alguien degollado. “Y sí, viste, ya venían agarrandose los santafesinos contra los rosarinos. Vos veías los brazos tirados, las piernas… No me quiero ni acordar de eso. La calle es otra cosa distinta, acá tenés libertad. Podés hacer lo que quieras. Eso sí, siempre que vayas derecho y estés limpio”, explica El Edu.

Si bien la calle es un lugar mucho más tranquilo, a veces efectivos policiales aparecen para pedir documentos o para preguntar por los tatuajes tumberos. “Estos me los hice yo mismo con una aguja, tengo como treinta en todo el cuerpo. Y por eso no consigo trabajo. Por eso y por ser trapito. Ya estuve tirando mi currículum por todos lados pero no hay nada”, se lamenta.

Por otro lado, comenta orgulloso que hace poco consiguió trabajo en blanco de albañil en una empresa constructora pero lo despidieron al mes a él y a diez empleados más porque aumentaron los costos de los materiales y debieron prescindir de sus servicios. Saca de su billetera una tarjeta de débito con su nombre, la cual utilizaba cuando se le depositaba el sueldo. La paga era de $15000 por quincena.

“Anotá que los trabajadores de la Dirección de Control Urbano de la Municipalidad me tiran los baldes y no me dejan lavar autos”, me ordena. El lavado cuesta $150 y el cuidado del vehículo es a voluntad, salvo los fines de semana a la noche. En esos casos se cobra $100 o $150, ya que los dueños de los autos salen hasta entrada la madrugada y él vuelve más tarde a su casa. El resto de los días está aproximadamente desde las ocho de la mañana hasta las cinco de la tarde.

“Anotá también que quiero conseguir trabajo. No sé bien dónde saldrá esto pero vos anotalo”, me indica y agrega: “A mí lo que más me gusta es manejar máquinas en las obras pero para sacar la licencia es un trámite larguísimo. No sé porque te hacen tantas preguntas. ¿Por qué tienen que saber todo de tu vida, qué les importa?”.

II.

Sonríe. Cuenta que tiene seis hijos. Que el mayor, de 16 años, además de hacerlo abuelo está jugando en Central y que existe la posibilidad de que empiece a entrenar en un equipo de España.

Eduardo está separado y vive en zona oeste, en los monoblocks de Roullión y Boulevard Segui con su papá y su hermano menor. Su padre tuvo un ACV hace un tiempo y quedó en silla de ruedas, por lo que debió dejar de trabajar. Su hermano es mantero y vende medias en pueblos cercanos a la ciudad.

“Mi mamá nos dejó cuando yo tenía 8 años y mi viejo se hizo cargo de nosotros. Es el mejor padre que pude tener. Nunca, desde que mi mamá nos abandonó, llevó una mujer a la casa. Y eso que para un hombre es difícil estar sin mujer. Arrancó a laburar a los 12 y hasta el accidente, con 76 años, no paró. Él tenía una empresa de pinturas y acá en el centro lo conocía todo el mundo. Lo contrataba mucha gente porque trabajaba muy bien”, cuenta emocionado.

Relata que un día volvió a su casa y encontró a su padre sentado sobre la cama, desvestido y sin poder moverse. Tenía el brazo duro. Llamó urgente al hospital en donde los médicos le diagnosticaron la enfermedad. “Yo siempre le digo a mi viejo que así como él me limpió el culo de bebé yo le voy a limpiar el culo ahora”, remata.

Jonatan, el recaudador de calle Salta que no repetirá el error de su padre

I.

Jony, de 24 años, es quien ocupa actualmente calle Salta entre Callao y Rodriguez. Nació y se exilió de Brinkmann, una localidad al noreste de la provincia de Córdoba. Su mamá es trabajadora sexual y fue quien lo crió, ya que su padre se ausentó durante su infancia. Ella fue víctima de una ex pareja que la golpeaba constantemente mientras Jonatan era pequeño.

El clima conflictivo que vivió en ese entonces generó que a los 19 años se fuera a vivir con su abuela a la ciudad santafesina Carlos Pellegrini. Su estadía fue breve, ya que solo estuvo allí dos semanas. Tras ser echado de ese nuevo hogar conoció a la ONG “Remar”, la cual lo trasladó a una granja situada en General Lagos en donde trabajó haciendo panificación. Esta organización religiosa brinda asilo y recuperación para personas adictas a través del contacto y el amor con Dios. Tiene varias sedes en diferentes ciudades del país. Fue la excesiva demanda de rezos acompañada de la prohibición de fumar lo que hizo que Jony decidiera irse por sus propios medios y venir a Rosario caminando junto con dos amigos.

Tras unos días sin un lugar fijo donde asentarse, los tres se instalaron en el Refugio Municipal Malvinas. Ubicado en Grandoli 3450, alberga a personas en situación de calle. Allí tampoco duró demasiado. “Mirá, yo siempre hice la mía, eso no te voy a decir que no. A mí me gusta fumar porro nomás, pero nunca hice maldades. Nunca robé, nunca tomé merca ni alcohol, ni nada. Y me echaron. Había un viejo que venía todo borracho, otro que caía re en cualquiera. Yo me porté bien siempre, solamente salí a fumar de noche. Me cerraron la puerta y me dejaron afuera”, recuerda.

Vivió dos años en la terminal junto con uno de los dos chicos con quienes vino a la ciudad. Allí dormían y se bañaban. Al poco tiempo, su amigo se puso de novio con una chica. Fue a través de ella que conoció al amor de su vida: Celeste. Con ella tuvo una hija, Alma Valentina. Ahora esperan un nuevo bebé.

Por suerte, su nivel de vida mejoró y actualmente ambos alquilan una pieza en Batlle y Ordoñez cruzando Moreno, ahí nomás del City Center, por $3500 mensuales. Antes de eso y luego de estar en la terminal, dormía junto a su novia en el parque, debajo de “La Isla de los Inventos”. Por desgracia, en más de una ocasión, cuenta que la Dirección de Control Urbano les sacó los colchones. Otras veces fueron indigentes quienes se los robaron.

“Mi mujer no trabaja. Una vez acá a la vuelta limpió una casa dos horas y le dieron doscientos pesos. ¡Doscientos pesos! En dos horas ganó más que yo en todo el día. ¿Vos podés creer? Mejor que se ocupe de la beba porque la señora se hizo para estar en la casa y el hombre para trabajar para su familia. Salvo que la señora sea cachivache y te ande gorreando. Yo en un momento, cuando Celeste me dejó estando embarazada -me dejó a mí, que siempre hice todo por ella, que le doy todo- pensé que la nena no era mía. Pero viste, eso es algo que se siente. Y vos a eso lo sabés. Yo por eso ya le puse mi apellido”.

Celeste tiene 17 años y antes de mudarse con su novio vivía en el “Hogar Maternal Virgen de la Medalla Milagrosa”, que queda en Laprida al 1100. Este espacio irregularmente constituido como lugar de tránsito fue clausurado varias veces. Hace unos días se denunció el abuso de una nena de 8 años por parte de dos hombres que viven allí: uno de ellos se hacía pasar por sacerdote y es quien regentea el lugar y el otro es el encargado del inmueble. La novia de Jony terminó en ese lugar debido a que tuvo una infancia terrible. Su padre y su hermano abusaban de ella y su hermana fue asesinada en manos de su progenitor.

“Mi amigo al principio estaba acá conmigo como trapito, pero después empezó con la milonga y ya era cualquiera. Con otro pibe me decían: Dale, vamos a robarle a un viejo en Villa Gobernador Gálvez o vamos a robarle a un puto en Cañada de Gómez. Pero yo no hago esas cosas. Empezó a cobrarle mucho a la gente, robaba, le pegaba a la amiga de Celeste. Después se fue a Paraná con ella porque él es de ahí. Pero ahora me dijeron que mató a uno para robarle y está preso. Yo espero que la familia del loco la quiera a la piba, porque ella es re buena y se bancó todo lo que le hizo”, comenta el cuidacoches.

II.

“Yo acá cobro a voluntad. Otros trapitos me dicen que ponga una tarifa fija, pero a mí no me gusta eso. Que la gente colabore con lo que quiera. Aunque a veces me dan quince pesos. O sea que vengo desde la mañana y me llevo poco. Acá en la escuela de enfrente a veces me miran mal, me dan re poca plata. Mirá, ese que se baja del auto seguro es de esos. Me va a dar quince pesos o no me va a dar nada. Mirá el auto que tiene. Yo acá nomás también tenía una canilla pero ahora me la sacaron y ya ni siquiera puedo lavar autos como antes”, resopla. La escuela a la que se refiere Jonatan es el “Colegio San Patricio”, una institución privada y bilingüe perteneciente a la colectividad irlandesa. La canilla que daba a la calle y de la cual él sacaba agua salía de una concesionaria de autos que cerró. Hace poco se instaló la Superintendencia de Riesgos de Trabajo, del Ministerio de Producción y Trabajo de la Nación y se quitó la canilla.

Una señora pasa con una nena y saluda al trapito con simpatía. Él se pone contento porque la pequeña también lo reconoce y ya no le tiene miedo como antes. “Las señoras del barrio me quieren. La de acá a veces me pide que la ayude a sacar la basura y otra que está por allá lo mismo. El cura que está a la vuelta me regaló algunos muebles y una tele. El chino de enfrente me da comida, aunque a veces me da cosas vencidas. Si es para mí no tengo problema, pero como me va a dar eso para la nena. Yo a mi hija le brindo lo mejor, le brindo todo lo que mi viejo no me brindó nunca. Antes tenía plata y me compraba porro, me compraba puchos. Ahora todo para mi mujer y para ella”, dice orgulloso. Por Callao, entre Salta y Jujuy se encuentra la Congregación “Siervas de María”. Frente a donde estamos, está el super de Rocco y Weng, el cual merece una crónica aparte. Me atrevo a decir que es el supermercado más sucio de la ciudad y el más querido de Pichincha.

III.

Quién sabe cuál será el próximo cuidacoches de calle Salta y cuántos más vendrán. ¿Su historia podrá ser contada o formará parte de los “extorsionadores de la mafia de los trapitos”? Detrás de cada “Maestro, se lo cuido” hay un Edu o un Jony que quieren vivir dignamente.

 

 

 

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