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Ensayo – Recuperar la idea del vínculo

¿Notaron que cuando nos enteramos que le sucedió algo a una persona con la cual establecimos en el pasado un vínculo especial, resulta muy difícil no sentir un tenue remordimiento o una nostalgia color ocre? Aun si las cosas no terminaron bien, si pasaron 20 años o si aquello que le sucedió no tenga nada que ver con nosotros; es que basta con que perviva en el recuerdo.

Yo me permito creer que las relaciones humanas reales (y no pasajeras, contractuales u operativas) son como tejidos.
Imaginemos por un segundo que un bicho cae en una red compuesta por dos telarañas. Las dos arañas que habitaban esa zona se ponen a envolver simultáneamente en seda al desafortunado animalito. Muy bien, lo que producen ya no es una obra estrictamente individual de cada cual, sino mutua, porque ambas trabajaron y pusieron predisposición en ella.
Lo mismo sucede con las relaciones humanas: a medida que consolidamos un vínculo (o vamos envolviendo a un bichito), construimos un proyecto que nos supera, porque no es estrictamente para nosotros, de nosotros y con un fin exclusivamente individual.
Ahora imaginemos que aquellas arañas se pelean agresivamente por la presa (o simplemente se alejan) y tanto daño se hacen que optan por huir, cada cual por su lado. La presa queda ahí, inamovible, en alguna parte de la telaraña.
Los vínculos que construimos quedan entonces ahí, atemporales, en alguna parte de nuestra memoria (o de la memoria de otros).

Ese objeto que edificamos con aquella persona, es la suma de nuestros aportes a él; pero también es las instancias que tuvo que atravesar, y que nos involucró a ambos. Ese objeto es trascendente y compartido, y una vez que se agota aquello que unía a las personas que lo motorizaban, queda suelto para siempre, hasta que el último testigo que lo resguarda en sus recuerdos o el último documento que lo resiste en sus letras, finalmente se caiga al olvido.

Somos humanos, pero primero somos mamíferos. Tenemos un instinto gregario que nos impulsa a construir relaciones sociales con las personas. Lo que nos distancia de otros animales, según lo poco que se sabe hasta el momento, es que con nuestra capacidad de razonar podemos darles a esas relaciones infinitos pliegues, bordados y detalles de los más plurales y vivos colores. Que no nos sorprenda, entonces, pensar que un vínculo puede asemejarse a una obra de arte. Si la seda de ambas arañas se mezcla y produce un tejido más sólido, puede que haya más que suerte mediante.

Imagínense que si las relaciones sociales particulares, entabladas de manera genuina y no superficial, tienen tanta fuerza que procrean un estado superior a nuestras individualidades, qué pasaría si recuperáramos la idea de cimentar relaciones sociales colectivas. En donde el objeto construido (el vínculo, la relación) fuera propio de muchos. Y cada uno de los acreedores de esa relación colectiva le brindasen a ella matices, peculiaridades…contribuciones propias de su humanidad personal, en fin.

Si algo me queda claro, y esta vez hablo de manera individual, es que el ser humano tiende e impulsa hacia la libertad. Mientras más libertades obtiene (siempre que sepa clasificarlas e identificarlas racionalmente) más se posiciona para defenderlas, más cree que es injusto que se las quiten y justo que las posea.
Lo mismo sucede con los vínculos. Si se nos desliga de una persona que apreciamos (lo haga el contexto, nuestros propios errores o los errores de la otra persona, etc.) nos va a parecer una situación injusta, o como poco una a la cual no deberíamos haber llegado.
Ahora pensemos la idea de traspolarlo a construcciones humanas aún más numerosas, aún más diversas y heterogéneas. Si culturalmente se recuperase la noción de vínculos cooperativos y mutuales a gran escala, creo que la potencia de lo construido sería muchísimo mayor que si hablamos tan solo de dos personas; y el sentimiento de injusticia se elevaría en las voces de muchas personas si se lo intentase desarmar o descomponer.

Hay cosas que no necesitamos que nos las digan como si fuera la primera vez, sino que nos las recuerden. Eso es porque ya lo sabemos, y sin embargo lidiar contra la podredumbre fecal de una cultura anti-humanista, hace que a veces se nos olvide.

Si tenemos libertad, si nos enseñan a respetar, entender y valorar la libertad, vaya que nos armaremos en defensa de ella, instrumentando multitud de herramientas.
Si construimos vínculos sociales, si nos enseñan a respetar, entender y valorar lo que significan los vínculos sociales, la contención que nos pueden dar en momentos críticos individuales y la potestad que nos pueden dar en momentos críticos políticos y sociales, vaya que nos armaremos en defensa de ellos. No nos construimos individualistas y en soledad, se instaura progresivamente aquella idea en nuestras visiones. Se nos insta a odiar la colectividad cuando constantemente estamos produciendo (¡y demandando, además!) vínculos de esa naturaleza: cuando buscamos escuchar otra campana, entablar una discusión, reírnos, apoyo, reprimendas, consejos, etcétera. Porque nadie jamás pensó que estaba perdiendo su individualidad y su autonomía cuando compartía momentos con los vínculos que decidía y disfrutaba construir. Si reaprendemos el significado que alberga el vínculo, de manera colectiva o dual, difícilmente nos pongamos en su contra. Salvando la posibilidad de que fuésemos unos misántropos empedernidos (aunque yo asociaría eso, precisamente, a la falta de contención en un vínculo).

No soy naturalista, pero creo que la forma de organización social es inherente a nuestra especie. Y sí, hablar de organización social también implica tiranías, jerarquías, democracias de todo tipo, tribalismos, etcétera. No digo que toda forma de organización social (por ser, la propia organización, natural) deba ser avalada. Digo, en todo caso, que hay que tener en miras, que hay que construir, aquellas formas de organización en las cuales todas las personas involucradas se sintieron contenidas, empoderadas y autónomas, perteneciendo al colectivo porque el colectivo no despreciaba su individualidad, sino que la estimulaba desde una plataforma más abarcativa.

¿O acaso no pensamos que son tóxicos los vínculos afectivos que aniquilan nuestra soberanía interna? Y si nos dan nostalgia algunos vínculos, aun cuando hayan sido extremadamente imperfectos o incluso nos hayan lastimado, es porque todavía creemos en las construcciones, incluso a pesar de no haber llegado a algunas que sean progresivas, autónomas y de avanzada. Es la tarea cultural de nuestro siglo recuperar la noción particular y general del vínculo, y profundizarlo de tal modo que la mera idea de asociarnos a otras personas sea un regocijo y no una complicación.

 

fotografía de Costanza Cucuzza

 

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