Kierkegaard y Yo (I)

 

explicar con palabras de este mundo
que partió de mí un barco llevándome
Alejandra Pizarnik

 

En el presente escrito intentaré exponer el recorrido de lectura respecto de la pérdida del “sentido original”, es decir, de la perdida de las relaciones de la existencia individual humana experimentado por el sujeto a consecuencia de la marea histórica en Kierkegaard.
La importancia del estudio de la pérdida del sentido en Kierkegaard radica en la marcada anti-sistematicidad que en la singular producción el autor, si así se podría denominarlo, presenta. Quien hace vista hacia el pasado encontrará que la gran mayoría de los escritos o comentarios filosóficos aspiran a la elaboración de un sistema cerrado, es decir, un sistema carente de ambigüedades, equívocos y contradicciones. Dentro de tal empresa se encuentran, en grandes rasgos, quienes pretendieron y pretenden recorrer teleológicamente el camino trazado en el mapa, o bien quienes pretenden desvelar la “verdad” que por diversos motivos se presenta oculta a los hombres. Aunque ambos arcos apuntan a direcciones opuestas, sus flechas aciertan (o así ellas lo anuncian) en la identidad, blanco de aquellas corrientes de pensamiento defensoras de la univocidad y estaticidad en los conceptos, deseosas de erigirse estatuas y petrificando todo pensar, en definitiva, son aquello que Adorno indica como prima philosophia: “aquello que se mantiene inmutable de alguna manera y que, por esto, significa la clave para todo lo posterior” (Adorno, 2013, p.56). Kierkegaard se presenta agonista a tales corrientes y da cuenta que la habilitación de todo movimiento, del pensar, es la marca en el sujeto que generada por la pérdida, lo negativo, lo otro, lo traumático, por todo aquello que es imposible de pensar.
Para ello me basaré principalmente en el capítulo II de “Kierkegaard: construcción de lo estético”, tesis de habilitación de T.W. Adorno.

En torno al encasillamiento de la figura de Kierkegaard

La respuesta a la pregunta de si la producción kirkegaardiana pertenece a la filosófica, a la poética o a la teológica no es univoca, ella dependerá desde qué óptica se la analice.
El encasillamiento burocrático basado en un mero análisis superficial de los escritos sufrido por las diversas disciplinas surge en el siglo XIX, a causa de la irrupción del paradigma científico en filosofía, en el cual “se exigía a la filosofía científica que sus conceptos se constituyeran en unidades marcadoras de los objetos comprendidos bajo ellos” (Adorno, 2006, p.9). Ello impone responder al paradigma de la identidad en toda enunciación donde inequívocamente, de manera certera, tal palabra correspondiese a tal concepto y tal concepto correspondiese a tal objeto, en el cual la mera denominación diferencial de los objetos, que más allá de del origen de la relación significado-significante, se pretende erigir como la panacea a todo problema de interpretación de los textos, negando de tal manera toda mediación. El problema de la interpretación, del significado del significante, de “lo que quiere decir el texto”, se resuelve metódicamente mediante la lectura propia de un autómata, lectura mecánica y homogenizante, donde los diversos textos con sus singularidades y características propias y únicas son leídos de la misma manera tanto por la forma de abordarlos como por el contenido “interpretado”. El propio método al que nos referimos da cuenta en la praxis de su propia deficiencia, pues en palabras de J. Ritvo en referencia a la imposibilidad de repetir cualquier enunciación en metalenguaje relativo, este método sería “la perfecta equiparación de un decir que muestra lo que dice con un mostrar que ya no requeriría demostración alguna” (Elizondo, E., & Bianchi, R., 2017, p.82). Ritvo da cuenta que un concepto no puede, no debería mejor dicho desde esta perspectiva, ser explicado por otro u otros. Esto implicaría equívocos debido a que dos significantes marcarían el mismo objeto, he aquí el problema en la explicación de un concepto, o en el mero parafraseo, en este decir otro, en esta medición hay traición. El problema de la interpretación es “resuelto” con la no interpretación, y si hay verdadera interpretación, y con esto me refiero a si hay acto de lectura en la relación mediatizada y mediatizante entre el texto y el lector, se traiciona la concepción de concepto de la filosofía enmarcada en el paradigma científico.
Frente a esta concepción científica de la filosofía se erigieron diversos pensamientos. Mediante una lectura sistemática (por la vía del sentido) de Hegel, la filosofía es llevada a un nuevo paradigma, es “elevada” a status de ciencia. La misma posterga temporalmente la univocidad de los conceptos: “la clarificación de los conceptos, entendida como la definición completa de los mismo, solo puede llevarse a cabo desde la totalidad del sistema elaborado [aufgehoben], y no en el análisis del concepto particular aislado” (Adorno, 2006, p.10). Aquí la panacea es la completitud del método dialéctico concebido desde el esquema del movimiento ternario en su hacer positivo, siendo la figura de la síntesis, de la identidad de la identidad y de la no-identidad, tal panacea, es decir, que es desde la totalidad donde cada uno de los momentos de cada concepto se presentan diferenciados. Siendo el fin de la historia donde se define cada significado, y se comprende todos sus sentidos fallidos, de cada concepto. En este movimiento dialéctico ternario, si bien todo concepto es un concepto partido, ya que se origina en la identidad y en simultaneo parte a la no-identidad (deviene otro), el concepto está temporalmente en constante movimiento hasta su completa definición (identidad de identidad y de la no-identidad) en y desde la totalidad, desde el fin del tiempo y la historia, desde parálisis absoluto generado inmanentemente. La deficiencia aquí radica en la necesidad que las partes tienen del todo para que en y desde él mismo se concluya su verdad, es decir, aquí la mediación última, la verdad, está puesta en el todo, en el aufgehoben, concepto de la identidad de la identidad y de la no-identidad, para ello se prestan de la frase de Hegel en su Fenomenología del espíritu “lo verdadero es el todo”. Otra vez vemos, pero abordado de distinta manera la solución del problema de la identidad, y por ende la solución unívoca al problema de la interpretación de los textos. La inconsistencia no radica en que toda interpretación realizada por un sujeto sea fallida, sino en su definición por el todo, en el violento y absoluto sometimiento que ejerce sobre el concepto, ya que completa el concepto tanto en relación al porqué de su existencia como a su vez pone punto final a su existencia, y con ello da cuenta del verdadero valor, la importancia, de su papel en la historia. Pero ello así planteado es realizado acríticamente, desde fuera del movimiento de la cosa, de la historia y del tiempo.
Ambas teorías concluyen en un mismo resultado por medio de distintas operaciones. Ambas teorías conciben que los textos que no se dirigen directo a la cosa, para la primera, o renuncian a la totalidad, para la segunda, son encanillados como poesía, y sus escritores como pensadores subjetivos. Frente a estas caracterizaciones se encuentra en la tesis de habilitación de Adorno un fragmente tanto esclarecedor: “la ley formal de la filosofía exige la interpretación de lo real en relación acorde de los conceptos” (Adorno, 2006, p.9). Ley ante la cual ni los conceptos como unidades marcadoras ni la definición completa de los conceptos desde la totalidad del sistema elaborado realizan, sino que es en la labor de interpretación y de escritura, del acto de lectura, de la mediación de este movimiento generado por la no-identidad entre el texto y el lector, y a su vez de la no-identidad de estos mismos, esta no-identidad que es lo real acontecido en la historia es lo que necesariamente, para la ley formal propuesta por Adorno, debe enfrentar constantemente el sujeto. Quienes como Kierkegaard centraron su producción intelectual, entre otros intereses, en reflexionar sobre la transcendencia fallida que entiende es el sentido existencial humano transcurre errante atravesado por laberínticos callejones sin salida aparente.

 

Santiago Rodríguez Mayola

santimayola@hotmail.com

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