La casa – por Nacho Llanes

Fotografía: Camila Comi

“Y bajo cada retazo, anda la muerte escondida”

La muerte. José Carbajal “El Sabalero”

La noche comenzaba a cernirse sobre la ciudad. Sobre el horizonte se adivinaba el contorno de unas nubes que cargaban una de esas tormentas de verano que llegan sin mucho aviso y descargan toda su furia durante apenas unos minutos, trayendo un alivio temporal al calor agobiante.

El joven caminaba sin rumbo por las calles desiertas, pateando a cada paso una pequeña piedra para distraerse. Había salido de su escondite para intentar conseguir algo con lo que calmar el rugido de sus tripas, pero la excursión resultó ser infructuosa. Bueno, no del todo, porque había logrado colarse por la puerta trasera de lo que había sido un almacén, que ahora no era más que una ruina, y consiguió rescatar algunas latas de atún que parecían estar en buen estado pese a las abolladuras. Intentó realizar una revisión más exhaustiva del local, pero se lo impidió una pila de escombros que ocupaban casi la totalidad del salón. Al inspeccionarlas más de cerca pudo apreciar que se trataba de una sección del techo que se había desprendido casi por completo, dejando un hueco que dejaba filtrar la poca claridad que aún resistía estoicamente el avance de la noche. Bajo los restos se apreciaba una mancha rojiza que parecía extenderse desde el centro hacia afuera, despidiendo un olor nauseabundo, a carne podrida más precisamente. No tuvo que seguir acercándose para descubrir que se trataba de dos cuerpos en un estado muy avanzado de descomposición. El olor que desprendían le hizo vomitar lo poco que había podido llevarse al estómago, y lo hizo retirarse de allí.

No había un alma en la ciudad. Había pasado días desde que esta fue evacuada por completo por el ejército, temiendo el bombardeo que horas más tarde acabó por llegar. Él se había escabullido del colectivo que debía llevarlo a uno de los refugios y se había escondió en el acueducto, que estaba completamente seco desde que el río había sido bloqueado. No pasó mucho tiempo hasta que se empezó a escuchar el ruido de los aviones, y el estruendo de las bombas que se precipitaban aniquilando todo a su paso. Por suerte para él, su escondite no recibió ningún impacto directo, aunque sí lo protegió de las ondas expansivas que generaban las explosiones. Después de varias horas de aguzar el oído intentando adivinar nuevos ataques, terminó abandonándose al sueño. Al despertar, todo estaba sumido en un silencio sepulcral.

No tenía ninguna intención de irse de allí. No tenía familia ni nadie que lo esperara, y no pensaba pasarse semanas o incluso meses encerrado en un refugio militar sintiendo cómo la desazón y la desesperanza le carcomían el alma. En la ciudad por lo menos era libre.

Había otros como él; de vez en cuando los veía desde lejos mientras se refugiaban en algún edificio que quedara medianamente en pie, buscando protegerse del calor del sol o de los animales que a veces sabían bajar hasta allí en busca de algo para engañar al estómago. Los cuerpos que había descubierto bajo los restos del almacén debían ser de alguna de esas personas sin nada ni nadie en el mundo. Seguramente niños. Volvió a sentir náuseas de solo pensarlo, aunque esta vez no tenía nada dentro que vomitar.

El bombardeo había sucedido el día anterior, pero no parecía que hubiera intenciones de traer de vuelta a los habitantes aún. La ciudad estaba prácticamente destruida, y solo unos pocos edificios se mantenían aún en pie desafiando tercamente la gravedad. Cada tanto se escuchaba en algún punto de la urbe el estruendo de una nueva edificación que se resignaba y aceptaba su destino final, convirtiéndose en un montón de ladrillos y escombros mientras su alma se elevaba al cielo en forma de una nube de polvo.

El sol ya se había ocultado del todo, y las estrellas comenzaban a aparecer aquí y allá. La luna era la única fuente de luz, pero las nubes amenazaban con taparla en cualquier momento. Decidió que le convenía encontrar algún lugar para refugiarse de la oscuridad y de una posible tormenta cuanto antes, así que levantó la vista del suelo y escrutó los edificios cercanos. Divisó una casa antigua y desvencijada que debía sostenerse tan solo por arte de magia, ubicada a una cuadra de distancia. Tenía que servir.

Recorrió sin prisa la distancia que lo separaba de la estructura, con el bolso rebotando contra su espalda y emitiendo un sonido metálico producto de las latas chocando entre sí. Al llegar frente a ella, se detuvo un instante para observarla. Se trataba de un viejo caserón de principios de siglo, que debía de haber sido el hogar de una familia acaudalada. Una antigua y oxidada reja delimitaba el terreno y servía de separación con las casas vecinas, las cuales ya no eran más que un montón de escombros. Una pesada cadena trabada con un enorme candado cerraba la única vía de entrada, aunque la reja ofrecía suficientes puntos de apoyo como para treparla y saltar del otro lado sin mayores esfuerzos. Aterrizó sobre la tierra dura, en la cual no quedaba ya ni una brizna de pasto, y se dirigió hacia la edificación.

El patio que circundaba la casa daba cuenta del abandono que se evidenciaba en toda la propiedad. El césped había desaparecido por completo, y en varios lugares se podía ver pilas de basura y ladrillos destruidos. Incluso le pareció ver alguna que otra rata investigando en busca de algo que mordisquear.

En el frente había una pequeña escalera de mármol que desembocaba en una enorme puerta que reconoció de roble. Trepó hasta allí y accionó la manija, pero la puerta no se movió de su sitio. Tomó un poco de carrera e intentó empujarla con el hombro, pero rebotó y estuvo a punto de perder el equilibro al resbalarse con los escalones, aunque en el último momento atinó a aferrarse a la baranda. Decidió que no iba a lograr entrar por allí, y se dispuso a rodear el edificio. Mientras caminaba se dedicó a estudiarlo: evidentemente se trataba de una casa de lujo, que había visto tiempos mejores. Todas las ventanas estaban tapiadas del lado de adentro y las persianas estaban arrancadas de los goznes. Aún se podían ver algunas colgando como hojas muertas que esperan una ventisca para abandonar su árbol en invierno. La pintura de las paredes se había salido casi por completo, aunque se podía adivinar el rosado que debía cubrir todas las paredes exteriores en su época gloriosa. Había una puerta trasera apenas más pequeña que la del frente, que también se encontraba cerrada a cal y canto. Evidentemente hacía años que nadie ponía un pie allí, y el abandono y la pálida luz de la luna que iluminaba entre las nubes le conferían un aire espectral de mansión embrujada.

Sintió al viento colarse por los pequeños resquicios que dejaban las tablas que cegaban las ventanas, produciendo un sonido mezcla entre el ulular de una lechuza y el aullido de un lobo, y se le puso la piel de gallina. “De todas formas”, se dijo, “es el mejor prospecto de refugio que tengo. Habrá que hacer de tripas, corazón”.

Continuó su recorrido y consiguió divisar una pequeña puerta de madera en uno de los laterales de la casa. Se acercó y giró el picaporte, pero también se encontraba cerrada. Al examinarla descubrió que había una pequeña separación entre la puerta y el marco en donde faltaba un pedazo de material, como si alguien hubiese intentado entrar por la fuerza con anterioridad. Revolvió su bolso hasta encontrar lo que buscaba: una palanca de metal que había encontrado esa tarde entre los escombros de una ferretería. La apoyó en el lugar donde la madera estaba rota y comenzó a hacer fuerza. La puerta no pareció inmutarse ante su esfuerzo. Intentó un par de veces más. Las manos se le comenzaban a cansar y el sudor hacía que la barreta se le resbalara de las manos. Estaba a punto de darse por vencido cuando escuchó un crujido y la puerta se movió unos centímetros hacia el interior. La tuvo que empujar con toda su fuerza hasta que se abrió un hueco suficientemente grande para que él se colara, y finalmente entró.

Se encontraba en una habitación recubierta en su totalidad con cerámicos. Con la poca luz que se filtraba por la puerta apenas podía distinguir el contorno de algunos muebles ubicados contra las paredes, que tenían aspecto de ser alacenas: evidentemente esa había sido la cocina, y la puerta debía haber servido como entrada para la servidumbre, cuando aún había. Se internó en la oscuridad entrecerrando los ojos para ver mejor, y extendiendo sus manos por delante para evitar tropezar con algo. El silencio invadía la casa y lo único que alcanzaba a escuchar era el sonido de sus pisadas y su respiración.

Sintió un estruendo a su espalda y de pronto todo se sumió en una penumbra absoluta. El viento debía haber cerrado la puerta, pero no se atrevió a desandar sus pasos para volver a abrirla. Se acercó a tientas hasta uno de los muebles que había podido ver con la luz de la luna y rebuscó como pudo en los cajones. Estaban todos vacíos, aunque le pareció sentir el contacto de algún insecto contra su mano en uno de ellos. Continuó inspeccionando como pudo en las alacenas cercanas hasta que tuvo la suerte de dar con un objeto cilíndrico, que rogó que fuera una vela. Para su suerte, lo era. Extrajo de su bolso la caja de fósforos casi vacía y encendió la vela con el último de ellos. La casa volvió a dibujarse ante sus ojos. Recorrió todo el piso de abajo pasando frente a innumerables habitaciones, todas con el mismo aspecto de abandono y ruina: el papel tapiz estaba arrancado del todo, no quedaba ningún mueble (aunque aquí y allá podía apreciarse  marcas de los lugares que habían sido ocupados), los pisos de madera estaban completamente levantados y las paredes y el techo mostraban grandes manchas negras de lo que debía ser humedad, aunque parecían aterradoras criaturas que sobrevivían alimentándose del cadáver de la mansión.

Llegó al pie de la escalera con la idea de plantar bandera en el piso superior, pero se encontró con una muralla de maderas desprendidas bloqueándole el paso. Podía intentar despejar el camino, pero no lo seducía la idea de llegar arriba y volver a descender a la planta baja a través de un hueco abierto a sus pies, por lo que decidió quedarse allí. Estaba a punto de volver a una de las habitaciones para instalarse, cuando descubrió a su derecha la única sala que aún conservaba la puerta en su lugar.

Se trataba también de una puerta grande de madera, aunque a diferencia de todas las otras esta estaba ricamente tallada. Desde el centro hacia afuera se apreciaban distintas formas geométricas y arabescos hechos en relieve que le daban a la puerta un aspecto vivo, como si fuera la piel de un animal fantástico. Por un momento no pudo evitar pensar que la casa era una bestia gigante milenaria, y que detrás de aquella abertura se escondía su corazón. Extendió su mano hacia el picaporte pero antes de que pudiera tocarlo la puerta se abrió suavemente, como si lo estuviera invitando a entrar .Penetró en la sala sosteniendo en alto la vela para apreciar el espectáculo, mientras la puerta se cerraba a su espalda sin que él lo notara.

El lugar no se parecía a nada que hubiera visto en su vida. Era una estancia enorme y altísima, casi como si los límites de la casa no se aplicaran a ella. Las paredes estaban cubiertas en su totalidad con estanterías, las cuales estaban repletas de libros de todos

los tamaños y los colores imaginables. Cuando levantó la vista hacia el techo descubrió que las paredes continuaban hasta que la oscuridad las devoraba, aunque no lograba dilucidar si era porque la habitación estaba únicamente iluminada por su vela o porque realmente no tenían fin.

Cuando se acercó a examinar los tomos descubrió algunos títulos familiares, clásicos de la literatura universal de todas las épocas, pero también descubrió otros que nunca había visto, de autores que no tenía idea que existieran, e incluso muchos escritos en idiomas desconocidos. Acarició los lomos con una mano y le pareció sentir una vibración, como si fueran animales que ansiaran el contacto de sus dueños. Intentó tomar uno al azar, pero parecía estar fijado a la estantería de alguna forma.

-No los vas a poder sacar.- dijo una voz a sus espaldas.

Estuvo a punto de dejar caer la vela por el susto, pero alcanzó a atajarla y evitó lo que hubiese sido un incendio de proporciones bíblicas. Se dio vuelta lentamente mientras asía la barreta dentro de su bolso con la mano libre. Sentía cómo le temblaban las piernas, pero hizo lo posible por controlar su miedo. Escudriñó las sombras buscando el origen de la voz. La visión de las paredes al ingresar lo había obnubilado y no había reparado en lo que se encontraba en el centro de la habitación. Ahora, pudo observar que había varias pilas de libros organizadas en forma de círculo, y también muchos tomos desparramados por el suelo, aunque no parecía que hubiera ningún hueco libre en los estantes. En el medio del círculo, sentado en el piso con las piernas cruzadas y un libro abierto sobre el regazo se encontraba un niño. Por su aspecto calculó que debía tener cerca de diez años. Llevaba puesto lo que parecía un pantalón de vestir negro sujeto por tiradores, una camisa blanca y un moño también negro. Remataban la vestimenta unos zapatos de charol asombrosamente brillantes, que reflejaban el resplandor de la vela. Su pelo estaba perfectamente peinado hacia atrás, probablemente fijado con algún tipo de producto para el cabello. El atuendo le confería el aspecto de un invitado a una boda muy elegante entre dos infantes con mucho dinero.

Se acercó unos pasos hacia el niño, pero él no parecía prestarle demasiada atención. Estaba completamente enfrascado en su lectura, aunque no entendía de qué manera podía leer con la penumbra en la que se encontraba la habitación. La presencia de la criatura le generaba una mezcla entre miedo y curiosidad, aunque más la primera que la segunda. Parecía emanar de él un aura siniestra, y a la vez familiar. Le dio la impresión de que se trataba de alguien a quien conocía, pero que el tiempo transcurrido entre su último encuentro le hubiera dado un aire espectral y sombrío.

-Te podés sentar si querés, me pone nervioso que te me quedes mirando.- le dijo, sin levantar la vista del libro.

El joven caminó algunos metros más y se sentó sin despegar la vista del niño. Inclinó la vela hasta que comenzó a gotear cera derretida sobre el piso de madera. Una vez que se hubo generado un pequeño charco, la apoyó encima, logrando que se sostuviera por sus propios medios. Extrajo disimuladamente de su bolso la palanca y la dejo a su lado. Si bien se trataba de un niño había algo en su forma de hablar y en su tranquilidad que le resultaba sumamente inquietante. Transcurrieron varios minutos en silencio, en los que solo se podía oír la respiración de ambos. No había ninguna ventana en la estancia, pero sin embargo parecía correr una suave brisa que hacía oscilar la llama, proyectando en las paredes unas sombras siniestras.

-Me gustan los libros. ¿A vos te gusta leer Juan?- le preguntó el niño.

El joven palideció, si aún le quedaba algo de color en el rostro como para palidecer. Los ojos casi se le salían de las órbitas y sintió un frío que le recorría todo el cuerpo mientras un peso caía con fuerza en su estómago.

-¿C… Cómo…?

-¿Cómo sé tu nombre? Ya nos conocemos Juan.-le contestó como si adivinara la pregunta, mientras seguía pasando frente a sus ojos las páginas del libro.

Finalmente, luego de un rato, terminó la lectura, cerró el libro y lo dejó en la cima de una pequeña pila que Juan podía jurar que hacía unos segundos no se encontraba allí. El niño posó su atención en él, mirándolo a los ojos. Su mirada parecía honda, dando la impresión de ser la de un anciano que había vivido mil vidas y cargara todo su bagaje en los ojos. Era extrañamente penetrante, casi como si pudiera leerle la mente solo con mirarlo. Juan no pudo evitar perderse en esa mirada. Por más que lo intentaba no podía dejar de verlo, y a cada segundo sentía que su miedo y su desesperación crecían. Tuvo que utilizar toda su fuerza y concentración para conseguir cerrar los ojos. Los mantuvo así unos instantes, sin animarse a volver a abrirlos. Cuando lo hizo descubrió que el niño seguía mirándolo, pero ahora de un modo amable, casi con ternura. Tenía los codos apoyados en las rodillas, y su cabeza descansaba sobre sus manos entrelazadas.

-No tengas miedo, no tiene sentido tener miedo. No me contestaste antes, ¿te gustan los libros? A mí me encanta leer. A veces pierdo un poco la noción del tiempo, aunque de todas formas no importa demasiado. Me gustaría escribir un libro alguna vez, pero no se me da bien escribir. ¿Vos escribís Juan?

Juan no sabía si contestar o no, no comprendía nada de lo que estaba sucediendo. Evidentemente el niño no era una criatura normal. Tal vez era una especie de ángel o demonio. Tal vez sólo existía en ese momento y ese lugar, confinado para siempre a permanecer en esa habitación y sumergirse en la lectura de los libros que la poblaban. Finalmente movió la cabeza de un lado a otro, contestando su pregunta.

-Qué lástima, pensé que a lo mejor tenías algo escrito que pudiera leer. Ya me leí todos los libros que hay acá, aunque a veces los releo de puro gusto. ¿No es curioso cómo todos los libros hablan siempre sobre la muerte? La muerte es el tema universal.

-¿La muerte?- la pregunta se le escapó a Juan casi sin querer.

-Por supuesto, la muerte. Todo se refiere a ella, y ella lo encierra todo.

-Pensé que el amor era el tema universal.

El niño sonrió con dulzura.

-Entiendo que pueda parecerte eso, pero no. El amor es apenas una de las tantas cosas en las que nos refugiamos para escapar de la muerte. Todo lo que se narra en cualquier libro, todo lo que hacemos en la vida, absolutamente todo es la forma que tenemos de esquivar la muerte, de retrasar aunque sea por un tiempo su abrazo. Lo único que buscamos es que cuando ella nos encuentre podamos recibirla como a una vieja conocida, y marcharnos con ella en paz.

-Entonces, ¿cada acto de la vida es simplemente un intento de escapar a la muerte?

El niño asintió mostrando una sonrisa afable en su rostro.

-Por supuesto. Lo único que hace a la vida digna de vivirse es la certeza inexpugnable de la muerte aproximándose. ¿Le temés a la muerte Juan?

-¿A… a la muerte?

-Sí.

-No lo sé… Calculo… Todo el mundo le tiene miedo a la muerte en definitiva.

El niño suspiró.

-Es cierto, aunque es una lástima

-¿Por qué?

El niño esbozó una sonrisa y se encogió de hombros.

-Porque, a fin de cuentas, la muerte solo hace su trabajo. ¿No te parece?

A cada momento que pasaba, Juan entendía menos lo qué estaba sucediendo. Miró al niño con la confusión reflejada en su rostro. Decidió que no quería seguir estando allí; era mejor abandonar la casa y arriesgarse a pasar la noche a la intemperie que seguir en presencia de esa criatura cuya presencia se le antojaba cada vez más y más extraña. Apoyó sus manos en el suelo e intentó ponerse de pie, pero no lo consiguió. Sentía que  una fuerza sobrenatural lo empujaba hacia abajo, fijándolo en ese punto. El terror lo comenzó a invadir. Siguió haciendo fuerza para levantarse, pero era inútil. Su desesperación aumentaba a cada segundo, y ya no pudo disimular más sus temblores. Volvió a mirar al niño a los ojos, con una mirada suplicante. El niño le respondió, mientras posaba gentilmente una mano sobre la suya.

-No te preocupes, todo va a terminar pronto.

Cuando el niño acabó de pronunciar estas palabras, la corriente de aire se hizo más intensa. Era como si la tormenta hubiera desatado toda su furia contenida y estuviera azotando la casa con violencia, aunque no parecía haber ningún resquicio en toda la habitación por el que se pudiera colar el viento. Al ver que la vela comenzaba a correr el riesgo de apagarse, Juan puso sus manos alrededor de la llama para evitar que se extinguiera. El niño lo miró y pudo adivinar tristeza en sus ojos, mientras movía la cabeza hacia los lados, negando lentamente. Las pilas de libros comenzaban a desmoronarse y los tomos golpeaban el suelo con un ruido sordo, mientras sus páginas eran arrancadas y llenaban la estancia girando en un torbellino que se elevaba y se perdía en la oscuridad.

La luz que emitía la vela era cada vez más irregular, pese al esfuerzo de Juan de protegerla con todo su cuerpo. Las sombras que se proyectaban sobre las paredes parecían haber cobrado vida propia y adoptaban formas terroríficas que se deslizaban lentamente hacia el centro de la habitación. Volvió a mirar al niño, que parecía no notar el fenómeno natural (o sobrenatural) que estaba teniendo lugar allí y había vuelto a enfrascarse en otra lectura, como si se hubiese cansado de su compañía.

El terror se había apoderado de Juan. Quería huir, pero su cuerpo estaba completamente paralizado, y tampoco quería arriesgarse a que se extinguiera la única luz que lo protegía de la oscuridad absoluta. Sentía el sudor frío bajar por su espalda, y un vacío profundo en el pecho. Cerró los ojos esperando lo peor.

-Te dije que no tiene sentido tener miedo.- dijo la voz del niño, haciéndose oír claramente por encima del rugido del viento pese a sonar como un murmullo.

De pronto, se oyó un leve siseo. La vela se había apagado finalmente, y simultáneamente el torbellino se detuvo. Juan se negaba a abrir los ojos, temiendo ver la oscuridad que debía de haberse engullido la sala. Un silencio sepulcral se había extendido por cada rincón. Después de lo que le pareció una eternidad, decidió abrir lentamente los ojos.

La habitación tenía un extraño resplandor azulado, como si un único rayo de luz de luna se filtrara por un hueco en el techo, aunque no estaba seguro de que hubiera un techo allí. Todo parecía haber vuelto a su lugar. Ya ni siquiera estaban las pilas de libros: todos parecían haber regresado a su sitio en las estanterías. El niño seguía en el mismo lugar, sentado en el centro de la habitación, con las manos entrelazadas en el regazo, mientras jugaba con sus pulgares.

-Me caés bien Juan, la verdad no quería que terminara así. Evidentemente, no puedo tener amigos.

Lo último que vio fue el rostro del niño, con una sonrisa triste en los labios, mirándolo casi con lástima. Un segundo después todo se sumió en una oscuridad que lo oprimía todo, y sintió el frío extenderse por cada rincón de su cuerpo. En el aire quedaron resonando las últimas palabras que pronunció el niño, casi como una queja. “Por desgracia, nadie se puede escapar de mí”.

Pasaron varios días hasta que los grupos de rescatistas removieron los escombros de todas las casas destruidas por el bombardeo, en busca de sobrevivientes. En una de ellas, que tenía el aspecto de haber sido una mansión por el tamaño de los restos, encontraron un único cuerpo, el de un joven. Se encontraba encogido sobre sí mismo. Cuando lo sacaron descubrieron que entre sus manos sostenía lo que parecía ser los restos de una vela, a la que sus dedos se habían aferrado como si se tratara de su única salvación.

Ignacio Llanes     Medium: medium.com/@nachollanes Instagram:@nacho_llanes Facebook: facebook.com/Nacho293

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