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Estar pirinola y pelearme con patovas por Milena Schilman

Pirinola: escabio, ebria, choborra. Gran término, gran.

 

La historia de mi vida en el mundillo del cachengue rosarino puede encapsularse dentro de ese título. Durante mi adolescencia, más de una vez fui echada de boliches por armar algún tipo de escándalo. En más de una ocasión fue por manifestar algo que creía injusto dentro de esos lugares, en los cuales el patriarcado y la discriminación se encuentran a la orden del día. Desde hace unos años que, salvo por cumpleaños, me alejé de ciertos sitios nefastos.

El relato comienza con el festejo del cumple de una amiga en “India”, que queda en “La Fluvial”. Al ser un cumpleaños con muchas personas decidió reservar un lugar en la parte vip. Al momento de acercarnos a tan exclusivo espacio, luego de una mirada fulminante por parte de los dos patovicas que controlaban la entrada del mismo, fuimos descartadxs con un contundente “Ustedes no pasan”. Obviando la cuestión de lo espantosa que resulta la división entre un sector vip y otro no vip, y lo mal que considero que hice en haberme enojado por no formar parte del grupo de gente “top” detrás de una soga, me enojé. Me enojé tantísimo. Puede que solo me haya enojado porque por algo me iba a terminar enojando, pero me enojé por lo que menos deseo enojarme: por quedar excluida de la gente que quiere excluir.

Por supuesto que son los patovas quienes deciden a dedo quienes entran y quienes no, basándose en “gente bonita – pasa al vip”/ “gente no bonita – no pasa”. Sin embargo, hay algo muchísimo peor y más grave que no ser del grupo de los seres bonitos que pasan al vip: la gente considerada “varios puntos menos que bonita” que ni siquiera puede ingresar al boliche. Escuché y leí cosas de un grado de maldad que resulta aberrante, como que en “Bound” (ubicado en Oroño y Salta) no dejan pasar a personas con sobrepeso, con discapacidad o de nacionalidades vecinas.

Esa noche estaba en un estado máximo de pirinolaje, lo cual con frecuencia me genera un enojo muchísimo mayor y sumamente desmedido al que tengo cuando estoy sobria y que puede ser despertado con la más mínima molestia. Ante la negativa a entrar al vip me acerqué a pedirles a los patovicas sus datos personales y les saqué fotos exclamando a los gritos que iba a denunciarlos al Inadi mientras subía historias movidas y poco claras a mi cuenta de Instagram en las que se leía “INADI YAAAA”. Parece ser que, lejos de retractarse y pedirme disculpas como esperaba, no les agradó en lo absoluto mi comportamiento. Luego de decirme de un modo no muy amable que me vaya muy lejos, llamaron a una patovica mujer, quien a los empujones intentó expulsarme del recinto. El misterio de dónde saqué fuerzas para agarrarme de las columnas y las paredes sigue sin ser develado. Al grito furioso y tenaz de “Voy a llamar al Inadi” logré permanecer dentro. Al rato, decidí irme por mi propia cuenta, pues intensamente pirinola, por ende, enojadísima.

A la mañana siguiente estuve pensando y debatiendo con varixs compas acerca de si lo correcto es dejar de ir a esos lugares por siempre y para siempre o ir y exponerlos cada vez que hagan de las suyas (o sea todas las noches que abren). Una vez creí verme convertida en ser de luz luego de que un distraído tarjetero, que no leyó el tipo de publicaciones que hago en Facebook, cometió el error de etiquetarme en una foto de “Costello” en la que aparecían dos tetas hegemónicas sin cara y parte de pelo rubio y largo junto a la frase “Globos all the night”. Por suerte tengo gente re piola en mis redes sociales, que al igual que yo, decidió compartir la imagen y escribir bellos e intensos mensajes en la fan page de Facebook en la cual la publicaron. Tuvo un grado de difusión tal que debieron darse de baja tanto la publicidad sexista como la fan page. Posteriormente, crearon una nueva página y varias de las personas que participamos en el escrache fuimos bloquedas de la misma.

Me pregunto entonces: ¿El escrache es la solución? ¿Dejar de ir a esos sitios también lo es? ¿Somos cómplices yendo a esos lugares pese a que sea el cumple de amigues a quienes queremos mucho? ¿O vamos con libreta y cámara en mano para exponer lo injusto? ¿Estos lugares deben desaparecer o mutar? ¿Qué grado de responsabilidad tenemos si vamos? ¿El grado de responsabilidad es mayor si entramos al vip?

Esta catarata de preguntas a modo de catarsis me acompaña desde hace varios años. No hay conclusión, no tengo respuestas concretas. Todo es caos y confusión. Tal vez soy hipócrita si sigo yendo a estos espacios, tal vez no soy tan buena amiga si no me banco ir una vez cada tanto a un festejo, o tal vez solo soy una persona y eso suficiente para tener contradicciones (como suele señalarme mi psicóloga). Lo único que me queda claro es que, por lo pronto, cada vez que tenga un cumpleamigue en un boliche del horror y esté muy pirinola me enojaré más de lo habitual. Malditos boliches del horror, son la reencarnación de todo lo que quiero que se termine. Sin embargo están ahí, una vez cada ocho o nueve meses, esperándome mientras hago una fila interminable y me preparo para sacar mi DNI, como cuando tenía catorce y no advertía que eso que se avecinaba era el mal.

 

Ilustración: v3nus.as.a.b0y

 

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