Una especie invasiva

Una corriente de data

Madrigal (segunda parte)

Un mes después, el verdadero misterio seguía ahí: ¿por qué cualquier ser que había probado las cien máquinas, doscientos cortes y trescientas láminas plegables (incluso una decena de antiguos tubos de ensayo) podía, en esencia, estar vivo? Se había encerrado en su cuerpo, se había ocultado de todo (para protegerse, ¿por qué si no?), y estaba indemne, a pesar de todo, como una maldición de tiempos demasiado lejanos. Y yo estaba admirado. No podía esperar a que llegara el amanecer de cada día para correr a analizar este misterio una y otra vez. Pero el hecho de que su tejido, sus órganos y todo lo que le daba o dio vida fuera una masa de hielo que se movía en mil formas al contacto de mis utensilios, no fue lo que me causó más curiosidad; necesitaba entonces, como tal vez ahora, entender por qué una criatura tan bella se encontraba ahí, y no en otra ciudad, otra región u otro planeta.

¿Se habría dejado capturar? ¿Querría, tal vez, que yo esté ahí, estudiándolo? ¿Para qué? Mis hipótesis volaban, pero tal vez necesitaba una mente con mayor capacidad inductiva que la mía. O ni siquiera. Y así fue como, en algún momento, dejé ese tema de lado y empecé a pensar que alguna fuerza (el destino no existe), de algún orden cósmico (las religiones y sus dogmas me repugnan), tal vez aleatoriamente (mentira), nos había unido. ¿Por qué no? Y qué mejor modo de estrechar esa unión que dándole un nombre a mi fascinante, quieto, resplandeciente y callado amigo. Le puse por nombre Madrigal. Porque se lo merecía, porque era pura poesía, porque era una rara criatura, demasiado frágil, aunque me presumía, al mismo tiempo, una apariencia inhóspita e inasible.

 

El día que le puse su nombre, vino por primera vez uno de esos insufribles supervisores, despreciables seres que creen encontrar la verdad en cadáveres abiertos y datos estadísticos. Aquellos que creen solo en planillas, radiografías en tercera dimensión, números y cálculos infinitesimales, y ansían ver la verdad del mundo en ellos, son mis enemigos, qué duda cabe. Pero no tengo por qué decírselo. Tampoco tenía que explicarle que aquella “cosa” (como el la llamó) no iba a reaccionar hoy, y tal vez nunca. Pero lo hice. Su respuesta fue algún balbuceo sobre destruir lo que ya no puede ser analizado (no, al menos, como estos seres sin alma desean). En la noche de aquel día, soñé con una ola gigantesca que lo arrasaba todo, y que brotaba desde el fondo de la catarata al lado de mí jardín. Sabía entonces, como sé ahora, que eso no cambia nada. No hay tábula rasa. No para mí, y para algunos otros animales tampoco. Pero mi Madrigal es distinto. Podía verlo y sentirlo. No necesitaba hablar, ni pedirme nada. Ambos entendíamos perfectamente que él no se merecía nada de lo ocurrido y por ocurrir. Al despertarme del sueño, entendí lo que tenía que hacer. Me dirigí al CD al caer el sol, me planté frente a el (o ella) y, mirando hacia su cabeza, le recité el poema de Gutierre de Cetina, uno de mis preferidos:

Ojos claros, serenos,

si de un dulce mirar sois alabados,

¿por qué, si me miráis, miráis airados?

Si cuanto más piadosos

más bellos parecéis a aquel que os mira,

no me miréis con ira,

porque no parezcáis menos hermosos.

¡Ay tormentos rabiosos!,

Ojos claros, serenos,

ya que así me miráis, miradme al menos…

Me senté y, de repente, sentí un movimiento. Ahora no puedo recordar de dónde o de quién. Una vibración, una sensación de sed. Quietud, comezón. Un desplazamiento de formas cónicas y cuadradas en un espacio a millones de años luz de nosotros. Desperté sin haberme dormido, y derramé unas pequeñas y dulces lágrimas. Eran de alivio, por qué no. Finalmente, alguien me entendía, había hecho conexión. Una verdadera, la que anhelan todos los seres vivos desde que nacen hasta que mueren sin mucho sentido. Esa conexión guió mi mano. Deslizándose por el tenue aire, se depositó en mi reloj. Mientras apretaba la nueva carrera de caballos digitales preparada para ese día, noté que una de mis lágrimas había caído sobre la correa de plata del reloj, y otra sobre mi pierna izquierda. Me alegré aún más. Todo tenía sentido, por una vez. Tal vez hasta había un ser Superior que había creado este momento para Madrigal y para mí, ¿quién sabe? Tal vez todo estaba predestinado a pasar, y por fin podría tomar mi primera decisión de verdad (¿sería la última?) sin duda alguna. Fui al baño, lavé mi rostro y volví para ver la cámara abierta y algunos charcos de un líquido similar al agua que se dispersaban por aquí y por allá en el suelo. “Ya está”, me dije. Fue rápido.

Caminé una hora por el jardín del este. Admiré los relámpagos fluorescentes y las primeras gotas purpuras e inocuas que preceden al temporal radiante y radioactivo. Todos cambiaremos, es cierto. Pero esta lluvia es un recordatorio de que todo será antes de tiempo. El tiempo, siempre el tiempo (¿cuánto estuve ahí realmente?) que me corre. Corro. Por largos pasillos llenos de monitores y pequeños robots que recogen cenizas y cabellos no visibles. Pero corro sin saber bien por qué. Iba a quedarme, y ver lo que seguía. Cuando uno se mueve, la atención se dispersa, y no quería eso. Me detengo. Me detuve, quiero decir. Rastreé los pasos de Madrigal con lógica. Asumí que había ido, primero, lejos de su prisión. Los salones de archivos estaban cerca, y un poco después, la habitación que controla las cámaras. El armamento letal estaba en el otro edificio, y el no letal estaba en la planta más alta. Corrí hacia arriba. Abrí esas estúpidas puertas guiadas por acercamiento ocular (la imbecilidad llevó a mis “jefes” a reemplazar las tarjetas por cualquier método que sea aún mas inservible), y… ¡nada! Luces rojas y amarillas, pero mi compañero no está. Y es seguro que si estuviera se haría notar. Caminando despacio o más bien tanteando a oscuras, pensaba qué podría haber ocurrido ahí, considerando que a esa hora no quedaba nadie dando vueltas. De repente, choco levemente contra unos bultos que se encuentran tirados como si nada frente a los controles. Programo la luz celeste y mi reloj cumple, cubriéndolo todo. Reconozco dos pequeños cuerpos. Son los japoneses, muertos y con una expresión de haber visto el más abyecto horror con sus ojos. Mis lentes Quantum revelaron la data al instante: paro cardíaco. Dije en voz alta: “No podía esperarse otra cosa de una creación de Alan y Ricardo”. Y tenía razón; un espantito y al demonio, como unos conejos asustadizos. ¿Y era esta porquería por partida doble la que debía vigilarme en todo momento (o matarme cuando ya no fuera imprescindible)? Junté saliva para escupirlos, pero me arrepentí. ¿Son la peor basura que he conocido? Probablemente. ¿Para qué escupir? No se merecían ni eso. Decidí quedarme quieto un minuto exacto.

Miré alrededor, y no vi señales de lucha. No había sangre. Volví a enfocar la mirada en los hermanos japoneses. Era obvio que este era otro asqueroso, más reprochable que despreciable, caso de degeneración acelerada debido a la mediocre factura de los embriones. Sabía que estos dos eran obra de mis ex colegas Moore y Páez, tal vez en colaboración con ese eterno lacayo suyo de apellido Gutiérrez, obteniendo (como me imaginaba que sucedería) el resultado de un pobre material que no soportó la sorpresa del momento. No valía la pena ni enterrar sus cuerpos. Me sentí nuevamente tentado de escupir sobre ellos, porque, aunque buscara ignorarlo, aún me injuriaba la injustificable mediocridad de algunas (otras) criaturas. En esos dos segundos en que junté saliva, una figura apareció a mis espaldas. No me asusté al voltear. ¿Qué dice eso de mí? Era la criatura, mi Madrigal, mirándome con los ojos vacíos; los únicos que siempre tuvo, al menos. Me aparté lentamente, aunque mis estudios indicaban que esas piernas poseían una gran velocidad y fuerza (como todo su cuerpo), y estando a menos de diez metros de distancia ser ágil no es un problema. Recordé la carpeta adentro del pendiente con toda la información de mis estudios. Todo preparado en el reloj. Oprimí el botón con tanta fuerza que el pendiente salió volando varios centímetros. Lo tomé en el aire y lo deposité en una mesa cercana a ambos. Dije la contraseña en voz alta, y la miniatura se convirtió en un pequeño tubo de plástico. Se lo señalé con la mirada y esperé a que se acercara. Mientras comenzaba a leer no pude evitar pensar en un niño (y hasta observarlo como a uno); una especie de huérfano que se abre a un nuevo mundo (en el cual tal vez deba quedarse, le guste o no). Sentí deseos de abrazarlo, pero me contuve. Lo mejor era dejarlo junto con la carpeta, y que a partir de ahí tomara sus propias decisiones. Nuestras acciones en conjunto debían llegar a su fin. Me quedé mirándolo unos segundos, y después decidí caminar hacia la otra punta de la sala, dándole la espalda. Una mariposa que fungía de mascota salió de repente del bolsillo del traje de uno de los japoneses muertos. Instantáneamente, pensé en la ironía de su existencia, dadas las condiciones reconocibles al salir al “medio ambiente”. Agarré la valija que siempre cargaba a cuesta una de estas sabandijas y que estaba apoyada junto a los cadáveres, y la abrí con mucho cuidado (no le había prestado verdadera atención la primera vez que se las robé). Encontré postales de un lugar llamado Mar del Plata, que ya no aparece en los mapas. Estaba curioseando en los otros elementos (nada importante, como era de esperar), cuando sentí una mirada sobre mi nuca. Me di vuelta, y vi aquellos ojos de una belleza incomparable, penetrantes, evaluándome.

Habían pasado… ¿cuánto? ¿Segundos, minutos? ¿Otra hora? Me sentí confundido, mirando perplejo a mi alrededor, como si el ambiente se hubiera puesto espeso. Sabía que no había cambiado nada, pero de repente Madrigal se sentía distante. Era de entenderse, había pasado por mucho. Esperaba todo tipo de reacciones, pero solo lo veía quedarse quieto, cerca de la mesa, observándome. Si hubiera querido matarme, ya lo habría hecho. Pensé que lo mejor era irme y dejar que el resto cayera por su propio peso. ¿Sería lo que esperaba él de mí…, o ambos esperábamos lo mismo de mí? Nunca lo sabré. De todas formas, mientras me alejaba de la puerta mantenía la mirada fija en mi Madrigal. Y él en mí. Después de unos segundos me di cuenta de que nevaba, y con intensidad, tras lustros y lustros sin nada siquiera parecido a la nieve en aquella zona. Claro que disfruté (¿por qué no?) de la ironía por un breve instante; antes de preguntarme si Madrigal estaría creando ese fenómeno meteorológico. Ya llevaba varios metros de distancia con mi criatura, y las primeras calles de la ciudad se dibujaban en el horizonte. Fui hacia ellas sin prisa y sin pausa.

Ahora estoy de nuevo en mi sillón, a kilómetros y kilómetros de cualquier evento gracioso o temible. El sillón sigue siendo cómodo, pero apenas lo siento. Mi cuerpo está adormecido. Las manos y los pies están hinchados, pero la sensibilidad no llega a mi cuerpo. Las necesidades físicas parecen, más que nunca, abstractas. Estoy más allá, evidentemente. No hay hambre ni cansancio. El dolor, el verdadero dolor, podría aparecer solo mediante una mano ajena. Pero no será de una criatura bella, ni completa. No será un hermano, ni un compañero, ni un amor. Aunque, por otro lado, tampoco lo estoy esperando. Hice lo que tenía que hacer, ya lo sé. Y ahora, el resto es silencio (realmente lo es).

Sí, en cuanto al futuro: el futuro no existe. Solo el ahora. Los hombres lo olvidan. Pero yo no soy cualquier hombre… “Puse la última piedra en su sitio y la fijé con el mortero. Contra la nueva mampostería volví a alzar la antigua pila de huesos. Durante medio siglo, ningún mortal los ha perturbado. ¡Requiescat in pace!”. Esa era la idea, más o menos (tal vez me equivoque en verlo así, tal vez no, pero es solo una cita). Todo puede salir aún mejor de lo que espero en un extremo; y en el otro, simplemente no será así. Como pensé hace unos minutos, todo es cuestión de Tiempo. Él dirá. La diferencia es que ya no me importa. Sí, claro, vendrán a mi casa, clamando por sangre. O nada pasará. Pero no importa. Ya no me importa. En absoluto. Nada, por siempre (por nunca), y luego por nunca jamás. Y por siempre y por nunca, ya no importa. Nada importa. Nunca más.

Porque yo ya no soy yo.

Y mi casa ya no es mi casa.

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Lisandro Echenique

Nací y resido en Rosario, Santa Fe. Soy escritor y estudiante de la carrera de Comunicación Social. Mis intereses se orientan a los medios audiovisuales, particularmente el cine, la música y la televisión. En mi tiempo libre leo y escribo relatos de ficción y poesía, los géneros que más disfruto.

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