Una especie invasiva

Una corriente de data

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Madrigal (segunda parte)

Un mes después, el verdadero misterio seguía ahí: ¿por qué cualquier ser que había probado las cien máquinas, doscientos cortes y trescientas láminas plegables (incluso una decena de antiguos tubos de ensayo) podía, en esencia, estar vivo? Se había encerrado en su cuerpo, se había ocultado de todo (para protegerse, ¿por qué si no?), y estaba indemne, a pesar de todo, como una maldición de tiempos demasiado lejanos. Y yo estaba admirado. No podía esperar a que llegara el amanecer de cada día para correr a analizar este misterio una y otra vez. Pero el hecho de que su tejido, sus órganos y todo lo que le daba o dio vida fuera una masa de hielo que se movía en mil formas al contacto de mis utensilios, no fue lo que me causó más curiosidad; necesitaba entonces, como tal vez ahora, entender por qué una criatura tan bella se encontraba ahí, y no en otra ciudad, otra región u otro planeta.

PICHAÇAO III

III

   Hace dos días que llegué a Santiago. Recién hoy pude constatar si habían bloqueado mi cuenta de Facebook. No lo hicieron. Siguen usando Facebook para obtener mi geolocalización. Obviamente tuve que deshacerme del celular. Posteo desde cibers o locutorios, lo cual no me resulta muy sencillo. No sólo en Argentina los cibers y los locutorios están casi extintos, en Chile también, y supongo que en toda la región y el mundo. Por suerte, acá en Santiago tengo grandes amigos que me están ayudando mucho. Sin embargo, creo que casi en ningún lugar se puede estar a salvo de las herramientas tecnológicas al servicio de la geolocalización de las personas. El escuadrón contrató dos hackers que destruyeron la computadora de Miguel y la mía, incluso lograron borrar todas las pruebas incriminatorias que yo le había pedido a Miguel que subiera. Pero dejan que use mi cuenta de Facebook para, de cierta manera, decirme: “Te vamos a atrapar cuando nosotros lo consideremos más conveniente, así que seguí usando Facebook todo lo que quieras.” Tengo que ser más rápido que ellos, moverme por Santiago con máximo sigilo. Moverme poco. No me van a atrapar. Voy a recuperar las pruebas, y voy a demostrar la existencia del escuadrón anti-pichaçao. Aunque de a momentos tenga que detener la difusión de la crónica para preservar mi seguridad, no voy a dejar de luchar nunca.

Madrigal (primera parte)

Una criatura tiene sentimientos. Si tiene vida, claro está. Mientras quiera pisar este planeta, un ser vivo va a emocionarse o sentir algo. Mucho o poco, grande o pequeño, pero eventualmente siente. Por otro lado, yo tengo esa certeza y tengo tiempo, pero también algunas dudas: Lo que analizo ¿está vivo? Lo que manipulo ¿reaccionará como espero? Lo que suceda ¿es obra mía? (Y si lo es, ¿lo es exclusivamente?). Así es como vuelvo al tema del Tiempo; solo este me responderá. En mi vejez, me doy cuenta que es lo más cercano a un dios que todo lo rige y todo lo sabe. Y solo me queda esperar. Por lo tanto, en la hora muerta, aburrido de una existencia que ya nada ofrece, me siento e imagino que dialogo con lo que no tiene forma… Así que le doy una, la de una pared que se quiebra lentamente y deja algunas áreas abiertas, negras. Me acerco adonde veo un agujero y, a través suyo, miro de nuevo.

Pescado frito

Tan triste como verte sonreír a través de mi jaula. Es decir, la jaula que con besos y caricias he construido para ti. Mucho tiempo pasamos dentro de ella sin separarnos, dentro de una libertad estrechamente limitada por nuestro amor. Revolcándonos de aquí para allá entre gemidos mientras hacíamos el amor con zarpazos de garras y plumas, y luego, por otra parte, extremando el romance, adivinando lo que piensa el otro.