Un tunel verde por Gisel Zingoni

Lo único que recuerdo previo al parque es que pensé que debíamos ir antes de las dos de la tarde. En vacaciones de invierno después de esa hora se llena de gente. Más con un día así: de sol y temperatura primaveral.

Emma va en el triciclo que le regalaron los abuelos para su último cumpleaños. Se detiene ante unas hojas caídas de algún árbol, levanta dos y las pone en el canasto trasero. Estoy a punto de decirle que no toque nada del piso, pero me rindo ante la imagen de futuro que me inspira mi hija entrando al túnel verde de árboles por el que se filtran algunos rayos de sol. Yo voy detrás de ella, a unos metros de distancia. La gente que corre o camina la esquiva; algunos le sonríen con ternura. Es linda mi hija: sus rulos rubios, sus ojos enormes observándolo todo y la audacia de su pequeño cuerpo de tres años.

Acelero mis pasos si ella pedalea más rápido, tengo miedo de que se aleje mucho. Pero disfruto de la caminata y pienso que ojalá todavía no quiera ir a los juegos. Un poco más adelante, llegando a la curva, una mujer abre la puerta trasera de un auto estacionado. Ni bien lo hace, baja un perro y sale corriendo. Por poco no se choca a Emma. Es un perro grande, como el de Lassie, pero blanco y negro. La dueña ni nos mira, sólo le grita a su mascota: ¡Sergio, vení para acá! No quiero arruinar el momento y enojarme porque esa mujer piensa que su perrazo y mi pequeña hija tienen el mismo derecho de andar por el parque, ni imaginarme que podemos pisar su caca. Borro enseguida esa imagen desagradable de mi mente.

Seguimos avanzando y pasamos delante del sector de arte. Me resulta extraña, más bien ridícula, la moda de pintar en el parque, pudiendo dejar esa actividad sedentaria para todo el tiempo que pasamos encerrados en un departamento. Los niños necesitan moverse, pero de todos modos la mayoría de los atriles están ocupados. Emma, que es como los demás niños, me pide que le compre un dibujo para pintar y se baja del triciclo. Yo lo cargo y nos acercamos. Varios atriles y banquetas rodean una mesa sobre la que hay vasos descartables con témperas de diferentes colores y un tarro con pinceles. La mujer encargada del lugar tiene dos carpetas con fotocopias de dibujos para colorear y unos delantales. Abre la carpeta de dibujos para nenas y le pone a mi hija un delantal de friselina azul. Ella elige pintar a Rapunzel. La mujer cuelga el dibujo en un atril con un broche para colgar la ropa. Emma reconoce los colores, busca los que necesita y se sienta derechita a pintar. Me sorprende la motricidad fina a su edad. Le saco fotos pintando, ella posa y sonríe. Cuando termina con Rapunzel quiere otro dibujo, pero la convenzo de que es mejor hamacarse un rato.

Va con su triciclo hacia las hamacas, hay algunas vacías. Se sube a una, se sostiene de las cadenas y me llama para que la hamaque. También me sorprende lo mucho que habla por su edad. ¡Más fuerte, más alto!, me dice. Le doy varias veces envión y después me pongo frente a ella para sacarle una foto en movimiento. Desde ahí vemos la calesita, también se escucha la música de Piñón Fijo que acompaña las vueltas. Emma se baja de la hamaca y se pone a bailar y a cantar. Me señala el triciclo para que lo cargue y va para la boletería.

Compro sólo una vuelta porque ya hay más gente y prefiero que volvamos a casa. No subo con ella porque me estoy sintiendo un poco rara, como mareada y no quiero empeorar el síntoma. Además Emma sabe ir sola y le gusta sentirse independiente. El autito que elige como primera opción está ocupado y se enoja un poco, pero ve un elefante rosa que le gusta más y se le pasa. Le doy el ticket de la vuelta para que se lo entregue al chico que lo recoge, que es el mismo que sostiene la sortija. Me siento en uno de los bancos que rodea a la calesita. Mi hija me saluda cuando pasa con el elefante rosa. Le saco otra foto para mostrarle más tarde a Juan. Cuando vuelve a pasar el elefante, Emma no va sobre él. Me pongo nerviosa, por un breve instante pienso que pudo haberse bajado, y cambiado de lugar. Pero la calesita da toda la vuelta y ella no está en ningún animal ni vehículo. Empiezo a correr alrededor. Estoy mareada y aturdida, siento que en cualquier momento me desmayo, pero grito el nombre de mi hija varias veces y también pido que paren la calesita de una buena vez. El pibe de la sortija se acerca. La calesita se detiene. Busco por todos lados. Se acerca también el boletero y me pregunta qué pasó. Le digo que se llevaron a mi hija. El pibe de la sortija le dice algo al oído y se miran de una manera extraña.

—Usted estaba sola, señora —me dice el pibe.

—¡Estaba con mi hija! ¿No ves el triciclo? —le digo, y miro para el lugar donde lo había dejado, pero el triciclo no está.

—Usted no estaba con ninguna nena en triciclo.

—¡Me robaron también el triciclo! ¡Llamen a la policía, hagan algo!

El pibe insiste con que yo estaba sola. Hay varias personas reunidas a mi alrededor. Una voz que me resulta conocida pregunta qué pasa y le responden que no saben, que no entienden.

—¿Qué pasa, Flavia? —me pregunta una mujer. La reconozco: es mi vecina del tercer piso. Está con su marido y su hija.

—¿La conoce? —le pregunta el boletero.

Ella dice que sí. Me lleva hacia el banco, me hace sentar y se sienta a mi lado.

—¡Se llevaron a Emma! ¡Me la robaron! —grito.

—¿Estás segura de que viniste con Emma?

Me duele la cabeza, estoy mareada y aturdida, pero pienso que es una idiota. Empieza a sonar mi celular. Lo miro y dice “Laura terapeuta llamando”. Rechazo la llamada. Me acuerdo de las fotos que saqué y las busco en la memoria de mi teléfono para mostrarles y que me ayuden a buscar a mi hija, pero no tengo ninguna foto. Vuelvo a decir que Emma estaba conmigo, pero lo de las fotos me confunde, pienso que quizá tengan razón y estoy sola. No entiendo nada, y al mareo y la confusión se le suman náuseas.

—Voy a llamarlo a Juan —dice mi vecino. Y saca su celular del bolsillo.

Se aleja para hablar. Mi vecina me abraza y dice que me tranquilice, que seguramente Emma está en casa. Su marido vuelve: Juan quiere que me saquen de ahí, dice que ya sale de la oficina y que yo nunca voy sola con Emma al parque. Grito que llamen a la policía, que busquemos por los alrededores, pero es cierto que nunca voy sola. Y las fotos, y el triciclo.

Lo que me saca de ese estado es un mensaje que llega a mi celular. Es otra vez “Laura Terapeuta”. Dice: “Hola, Flavia. Estoy en la puerta del edificio. No atendés, ¿están?”. Me abro paso entre la multitud que se formó a mi alrededor, siento que algunos intentan frenarme tironeando suavemente de mi remera, pero la mayoría se corre para que yo pase. Sigo un poco mareada, pero empiezo a correr. Mi vecina viene detrás de mí, me grita que pare y me alcanza.

—No puedo más —le digo.

Ella me palmea la espalda y la abrazo y me pongo a llorar, pero no puedo perder tiempo, la suelto enseguida, me seco las lágrimas con las palmas de las manos y sigo corriendo. Ella también corre y dice cosas como que tengo que estar bien para Emma, que es un ser especial y me eligió a mí. Le quiero decir que se calle, qué no sabe de qué habla, pero sigo corriendo.

Desde la esquina veo a Laura, la terapeuta de Emma. Está en la puerta del edificio, mira su celular y también mira para arriba, hacia mi balcón. Le grito su nombre y se da vuelta. Camina unos pasos hasta alcanzarme y me pregunta si estoy bien, si Emma está bien. Le digo que no sé, que no entiendo qué pasó, mientras abro la puerta. Entramos, mi vecina se queda afuera y me grita ¡Fuerzas! Le agradezco sin darme vuelta.

Cuando entramos a mi casa mi hija está como la dejé: durmiendo en su cochecito, atada, presa de ese cuerpo de tres años que no responde. La abrazo, la beso y lloro. Lloro como nunca antes. Laura me alcanza pañuelos y un vaso de agua. Y se sienta a esperar, como siempre.

Me seco las lágrimas y tomo agua, le doy otro beso a Emma. Ella abre los ojos. Salgo al balcón para dejarla trabajar con Laura. Pienso en la Emma que perdí en el parque. Miro a la Emma que está con su terapeuta abriendo y cerrando los puños de las manos. Laura levanta la vista y me sonríe. Yo también le sonrío. Después miro los árboles. Los de mi cuadra también forman un túnel verde y se filtran algunos rayos de sol.

 

Foto:  Camila Alejandra Comi

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Comments (1)

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    Lorena

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    Hermoso! No pude parar de leer😍

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